El muñeco de nieve (1)

  30 Octubre 2017

Nieve derretida

el-muneco-de-nieve-1Tutelada por la producción de Martin Scorsese —en quien se pensó en primer lugar como director y al que algún ángel de la guarda (que también parece huido de sus últimos trabajos como director) le hizo desistir de tal empresa—, concebida, pues, desde un prisma industrial hollywoodiense, con todos los revestimientos propios de una gran producción, el último film del director que renovó el género de terror vampírico con Déjame entrar (2008) zozobra cual Titanic cinematográfico al menor roce con el iceberg de la exigencia y de la calidad, por mucho que su morfología estructural también procede del hielo, en este caso de la nieve (lasa, amorfa, incorpórea).

Ni la base literaria de la que se nutre el guión amortigua el hundimiento de un proyecto mal articulado en todos sus frentes. Valga decir que la novela negra nórdica es un subgénero literario que en las últimas dos décadas ha logrado auparse a las mesas de éxito de las librerías de medio mundo (del occidental y adláteres). En ese boom literario fueron Henning Mankell y su inspector Kurt Wallander los artífices que impulsaron la moda del noir escandinavo, aunque su popularización y masificación corrieron de la mano de Stieg Larsson y su inefable Los hombres que no amaban a las mujeres. Que cada espectador añada su autor favorito (Amaldur Indridason, los precursores Sjöwall y Wahlöö, el propio Jo Nesbo, de cuya novela homónima se ha partido para esta adaptación cinematográfica que nos ocupa).

El elemento común a todos ellos reside en evidenciar el malestar existente debajo de la moderna y avanzada sociedad del bienestar escandinava, modelo socialdemócrata por antonomasia. Bajo los logros aparentes de un modus vivendi envidiable, laten unas pasiones reprimidas y unas pulsiones escabrosas que desmienten la aparente felicidad externa. Lo que los clásicos de la novela negra desmantelaron en la rutilante sociedad norteamericana (Chandler y Hammett, pero también Macdonald y Thompson y Goodis) ahora sus colegas nórdicos desmontan en la pulcra sociedad sueca, noruega o islandesa.

Pero ni siquiera esta coartada literaria le sirve de asidero a este The snowman al que poder agarrarse; no hay ningún salvavidas que le conceda algún tipo de supervivencia parcial en medio del estrepitoso naufragio. La elección desafortunada del casting sirve como ejemplo de que el proyecto estaba gafado desde sus orígenes. Se busca como protagonista que encarne al detective Harry Hole al casi siempre eficiente y artesanal Michael Fassbender, aunque últimamente su ritmo estajanovista de trabajo empieza a mostrar cierto agotamiento y cansancio: Fassbender aparece hasta en la sopa. Su caracterización como sujeto detectivesco estragado por la vida (el fracaso vital) y el alcohol resulta epidérmica, maquillada, falsa.

Si se buscaba a una especie de Harvey Keitel en plan teniente corrupto, por el contrario se nos ofrece un bobó, una especie de burgués bohemio con barba de varios días (perfectamente arreglada) y un desaliño más propio de desigual que de un reflejo de un cansancio anímico profundo. Su alcoholismo es un adorno, un oropel: despertarse tirado en un banco con una botella de vodka vacía en una mano es el signo mayor de su dipsomanía. Para la construcción de su personaje y para su funcionalidad narrativa, lo mismo hubiese servido que fuese epiléptico, hemofílico, sifilítico o esquizofrénico: para nada. Así pues un bobo apenado de su vida y dispuesto a enderezarse nada más se le dé una ocasión de redimirse.

Junto a Fassbender, toda una galería de actores de carácter cuya sola presencia en la pantalla ha servido para que se la coman y atrapar al espectador en otros filmes, no en este: Chloë Sevigny, cuya incipiente carrera como it girl sirve aquí de pretexto para imbuirla en un personaje antitético; Tobey Jones, cuya insignificancia física lo convierte en arquetipo de nulidad humana; J. K. Simmons, redivivo Karl Malden, que igual sirve para desempeñar a un canalla (es el caso en la película, un arribista hipócrita, abusador y tratante de blancas; disfrazado de ciudadano ejemplar y moralista) que a un tonto inocentón; Val Kilmer, transmudado en una especie de alter ego del John Wayne de Valor de ley (vía Kurt Rusell y Jeff Bridges), interpretando a un detective tan alcohólico y estrafalario como eficiente, remedo del propio Fassbender; e, incluso, a Charlotte Gainsbourg, dando vida, cómo no, a una progre elegante y sofisticada pero desorientada, todavía enamorada de su anterior amante (Fassbender).

Toda esta pléyade de estrellitas desempeña una función de simple acompañamiento, de relleno, en lugar de ofrecer brillo propio. Son un añadido más en un guión que los arquetipiza y los convierte en meros moldes de yeso vacíos de cualquier atisbo de vida narrativa. Una historia y unos personajes subsumidos en la cándida pulcritud de unos omnipresentes paisajes formados por un manto níveo que los deglute sin compasión.

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Esa grandilocuencia al modo Scorsese parece haberse adueñado de la mirada de Alfredson, incapaz de sacar partido alguno a unos escenarios cuya inmaculada blancura, cuya pulcritud de diseño debería ser hollada por su mirada, tal y como lo hizo en Déjame entrar, pero que aquí se convierte en mero decorado, en tramoya, en postal turística.

Los escenarios reales (Noruega: Telemark, Oslo, Bergen) subrayan la falsedad de los personajes, al ser la máscara hollywoodiense incapaz de mimetizarse con la realidad referencial. Vamos, que hay más orientalismo en los escenarios de Casablanca (tan artificiales), que hay escandinavismo en los escenarios naturales de El muñeco de nieve.

Este reparto deslavazado es coherente con la incoherencia de la historia pergeñada. La trama principal —la búsqueda de un psicópata feminicida— se acomparsa con la vida privada, por definición desastrosa, del detective. Ambas discurren por las sendas más trilladas y arquetípicas, restando cualquier tipo de garra, de tensión, de galvanización al relato.

Más aún: los movimientos de cámara del director no sirven para encauzar la narración, sino que todavía dispersan más las de por sí dispersas tramas. Entre las secundarias, un anhelo de venganza por parte de la joven ayudante de Harry Hole, cuya fama le precede (en las novelas, porque lo que es en la pantalla no ha habido ni un mero indicio de ese pasado esplendoroso), ayudante con la que habría de suscitarse una tensión sexual, una química emocional inexistente.

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Lo que sí desprende el guión es un tufillo moralista propio de la ética protestante en que se incardina la novela negra norteña, tufillo adobado con la ideología de lo políticamente correcto y que concitan un aroma pútrido por lo relamido de la puesta en escena, no por la corrupción de las almas y de la sociedad que las cobija y que las ha generado y cuya putrefacción debería ahogar el relato e incomodar al espectador. En cambio, huele a colonia, a Nenuco.

La orfandad se alza como carencia y pecado original de unos personajes y de una sociedad que enmascara sus más terribles demonios. Los huérfanos adultos arrastrarán sus carencias infantiles y las canalizarán a través de la frustración y del homicidio. Los diálogos y las situaciones, así como el desenlace, son más que previsibles, son soporíferos.

Ni tan solo la artimaña con la que Alfredson pretende engañarnos cumple su cometido. Que las secuencias del prólogo (especie de rosebud que estigmatizará a los personajes) sean atribuidas por el montaje al detective protagonista no consiguen engancharnos y suscitar un mínimo interés. Llega un momento en que da lo mismo dos que veintidós y que cualquier otro quiebro tramposo del guión sería válido, tan válido como ineficiente, inoperante, contingente.

La secuencia final es más propia de un episodio piloto para una serie televisiva (aunque sea de pago o de la afamada y prestigiosa HBO) que de un robusto filme noir, de un vigoroso thriller.

En suma: ni historia ni argumento ni personajes ni intriga ni suspense ni tensión. Nieve, mucha nieve, pero derretida.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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