Morir (3)

  11 Octubre 2017

Honestidad y sencillez llevadas a la gran pantalla.

morir-1Fernando Franco —quien fue montador durante numerosos años (y lo sigue siendo) antes de pasarse a la dirección— vuelve a la gran pantalla con otro duro e impactante retrato que comparte varios aspectos con su obra anterior, La herida, que fue su ópera prima. Y es que gracias a ambos filmes se puede entrever claramente un estilo. Dicho estilo esta caracterizado no sólo por los temas que trata en cuanto al contenido de las películas sino también por las formas que utiliza para transmitir su mensaje.

Si nos centramos en aquello que Franco cuenta, observamos un gran interés por la psique humana. Sus dos películas tienen un protagonista y un punto de vista definido, ya que es a ese personaje a quien vamos a seguir constantemente hasta el final. En ambas obras el papel está poderosamente interpretado por la actriz Marian Álvarez.

Con respecto a su mensaje, Fernando Franco parece desprender una visión pesimista del mundo, sobre todo en Morir. Sin embargo, esto es algo que no puede afirmarse a ciencia cierta ya que puede ser que Franco utilice este camino para despertar pensamientos en el espectador y que él mismo alcance sus propias ideas, tengan esperanza o no. Lo anterior sólo puede lograrse si el cineasta guarda un respeto por el público y no le trata como a alguien inferior a quien se debe dar todo bien mascado. Y Fernando tiene ese respeto. Sus dos obras están realizadas con honestidad y sencillez (palabras que volveré a repetir más adelante) y demuestra que no quiere imponer una visión concreta de la realidad, sino hacernos meditar sobre la nuestra para que alcancemos así nuestras propias conclusiones.

Lo más importante para que lo anterior funcione es que el director sea honesto. Los pedantes y los pretenciosos no caben aquí. Lo que debe destacar no es la figura del realizador, sino la del espectador. No se hace cine para convertirse en un dios o en una diva, sino para dialogar con el público y ayudarle a crecer y a enriquecerse (así como ellos también ayudan al cineasta a crecer y a enriquecerse). Se suele decir que no es el director quien elige un tema, sino que es un tema quien elige al director.

Otro elemento igual de relevante es el de la sencillez. De nuevo se excluyen aquí la pedantería y la prepotencia. Y es que un cineasta debe encontrar la forma mas directa y cómoda para hacer llegar su idea, es decir, la forma más sencilla. No hay necesidad en edulcorar y decorar una obra con numerosos aspectos que nada aportan y tan solo la complican. Ya hay mensajes que de por sí son lo suficientemente complicados como para hacerlos todavía mas extraños y crípticos.

Entramos ahora de lleno en el campo de las formas. Si nos centramos en ellas, veremos que Fernando Franco apuesta claramente por una sobriedad narrativa. Esta austeridad es patente tanto en La herida como en Morir. Ninguna de las dos obras presenta escenas o secuencias que entrañen aparatosos ejercicios de rodaje, porque no hace falta. Los planos son escasos, sin movimientos agresivos o extremadamente complicados. Las localizaciones tampoco son despampanantes o grandiosas, ya que no tienen que destacar por encima de la historia. Todo en el encuadre esta preparado para rodear y acompañar a la figura humana, a los personajes, a los actores. Ellos son quienes tienen que sobresalir por encima de todo lo demás, ellos son los verdaderamente importantes.

En todo lo expuesto en el párrafo precedente tiene mucho que ver el director de fotografía Santiajo Racaj, que ya había trabajado con Franco en su anterior film y también ha desempeñado este puesto en numerosas películas de los últimos años. De su carrera tan sólo destacaré que es también el director de fotografía de confianza de los realizadores Javier Rebollo (cuyo hermano es justamente el director de arte de Morir) y Jonás Trueba. Pues bien, como decía, Racaj también tiene un gran papel a la ahora de escoger esa mirada narrativa que va a tener la película. Para ello tan sólo hay que ver distintas obras en las que ha trabajado y observar cómo todas ellas tienen unos puntos en común muy importantes. Entre ellos destaca el ya citado anteriormente sobre la sobriedad o austeridad de la puesta en escena. También cabría citar el uso de tonos grises y fríos que suelen crear ambientes tristes, nostálgicos, extraños o claustrofóbicos.

Morir supone por tanto una obra muy interesante, autoconsciente y honesta que merece la pena ver. No hay nada más grato que acudir al cine para encontrarse con unos cineastas inteligentes que se equiparan con el público y no tratan de conducirlo o manejarlo como si de un rebaño de ovejas se tratase.

Escribe Pepe Sapena  

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