Blade Runner 2049 (2)

  18 Octubre 2017

El peso de la historia

blade-runner-2049-0No insistiremos demasiado en lo evidente: Villeneuve tenía muy difícil escapar a las comparaciones con la Blade Runner original de Scott, que contaba no sólo con su indiscutible originalidad y calidad para convertirse en una película de culto, sino con un envejecimiento en barrica que la había mejorado a lo largo de los años. Su sombra monumental se cernía desde el principio sobre el proyecto del canadiense, y las dos únicas maneras de escapar a este poderoso y negativo influjo eran, o bien hacer una obra de altura mayor —cosa casi imposible— o bien hacerse elegantemente a un lado para no competir por el mismo rayo de sol.

Villeneuve ha renunciado, con sus constantes homenajes a la película original, a la salida elegante, poniéndose a sí mismo en el aprieto de competir con su predecesora: la estructura fílmica de esta replicante es prácticamente calcada a la de la obra de Scott, tanto en lo que respecta a su querencia por el género policíaco como en los personajes que la pueblan: hay jefes de policía duros y desalmados, creadores endiosados, blade runners solitarios y redentores... y hasta puede decirse que salen J. F. Sebastian —un personaje aislado en su propio mundo gracias a una enfermedad, con sus juguetes por única compañía—, Pris como prostituta casi maternal que no acaba de ser lo que parece, y la voz en off explicativa de la primera versión, transmutada ahora en la atractiva inteligencia artificial que acompaña a K (Joi/Ana de Armas). Por no faltar no falta ni un minimalista remedo de la escena cumbre de Roy Batty, cambiando la lluvia por nieve y reafirmando con ello la idea de la frialdad de una película que ha congelado las pasiones que despertó su predecesora.

Todo esto ha sido un enorme error; nadie puede jugar en el oscuro terreno de Blade Runner sin perderse en el tétrico tenebrismo de sus muchos callejones: el clásico de 1982, una película con aires de mito cosmogónico perfectamente relatado, se abría a tantas interpretaciones, transitaba por tantas y tan enigmáticas vías que resultaba casi inagotable en su riqueza. Sugería, y el público captaba la sugerencia; mostraba, y todos nos sentíamos sobrecogidos ante su fiereza; ocultaba y escondía, y todos nos aprestábamos a resolver los enigmas.

Villeneuve no ha resistido la tentación de hermanarse con Scott. Ha pensado que debía rendir homenaje y ha equivocado el trazo, haciendo una película a medio camino entre un remake con guiños demasiado evidentes y una continuación de una historia que no necesitaba ser continuada. El resultado es que no encuentra el pulso, confundiendo serenidad con parsimonia y aforismos certeros con declaraciones grandilocuentes. Ya que disfruta con el homenaje, habría que recordarle a Villeneuve que la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo.

En resumen, esto no es filosofía ni mito; es una bella catedral erigida en un tiempo en que los dioses han muerto, asesinados por los ídolos de silicio. En la medida en que Villeneuve decide reconducir el culto con acierto, vuelve a fracasar porque se queda en la anécdota, al querer abarcar tanto con tan escasas fuerzas. Con todas sus limitaciones, Ex-Machina de Garland o Her de Spike Jonze nos dicen más sobre las inteligencias artificiales y el mundo virtual que Blade Runner 2049, a pesar de querer erigirse ésta en la heredera y continuadora de la película que revolucionó el género.

También hay errores de principiante para un realizador que paradójicamente ya ha mostrado solvencia narrativa en otras películas: la historia apenas tiene peso y a veces bordea con peligro la telenovela: los enigmas y sus resoluciones se ven desde lejos. La torpeza de los enemigos es proverbial, asesinando con impunidad a quienes no suponen una molestia y dejando vivos a quienes pueden ocasionar un problema. El recurso al Deus ex machina es gratuito, en la medida en que la situación que lo genera podría haberse evitado, con lo que se llega a la conclusión de que es un relleno para poner unas cuantas explosiones. Algunas escenas resultan chocantes cuando no verdaderamente ridículas, como la de Harrison Ford peleándose con Ryan Gosling al ritmo de Elvis Presley. 

Pero no nos asustemos, la película no es, desde luego, un desastre: hay suficientes elementos como para recomendar su visionado.

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Villeneuve —o Fancher y Green, los guionistas— han encontrado vías interesantes que no han explotado del todo: ese nada disimulado racismo de los humanos a los replicantes que se adivina en el tratamiento del forense, en las pintadas en la puerta de casa o en los policías que hacen apartar del camino a los pellejudos con una sola mirada. Una actitud que encuentra un adecuado contrapunto en el recurso al clasismo, cuando el humano archivista dobla la cerviz frente a su superior jerárquica, a la sazón replicante.

También ese nunca lo suficientemente bien perfilado apunte sobre lo ficticio de unos recuerdos que reconstruimos cada vez y según nuestro estado emocional, tesis sostenida por António Damásio en su libro El error de Descartes. Ese afirmar que no son sólo los recuerdos, sino la socialización lo que nos hace humanos, reflejada en el despertar de K a las emociones reales en cuanto empieza a contar sus "vivencias" y sentirse comprendido en la empatía de los demás. Este recurso muestra, con acierto y matizando la película original, que no somos "contenedores" de experiencias y que era imposible poner puertas al campo emocional de los replicantes en cuanto éstos empezaran a convivir con el resto de humanos.

También unos ligeros toques de humor cínico, como el efecto "llamada entrante" en un momento culminante de afecto entre K y Joi, el comportamiento del perro de Deckard o los guiños a la fealdad del archivista humano. Momentos que brillan pero enseguida se apagan en un océano de seriedad autoimpuesta: lágrimas en la lluvia. 

Y evidentemente, está esa sobrecogedora e imponente factura técnica, que sí ha sabido, con su punto de originalidad, distanciarse del ambiente opresor de la película de 1982 para conseguir un estilo propio. Ahora hay frío, realidad difusa, contaminación invisible; hemos pasado del humo y la suciedad al espectro radioeléctrico y la penetrante y destructiva actividad de los núcleos atómicos descompuestos.

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Males actualizados, pero no menos nocivos para una sociedad degradada, también en sus relaciones humanas: la soledad y el silencio de los distintos, los abandonados. La ciega ambición de los que buscan revoluciones masivas desde su egoísmo individualista intelectualmente justificado; tanto da que sea el mantenimiento del orden mediante los muros de contención de las clases sociales, la rebelión de los replicantes o la reproducción sexual —la multiplicación— de los esclavos para la colonización de los mundos: todas estas luchas hablan de una sociedad insensible a la escucha, al acuerdo político; un remedo de lo que actualmente somos y siempre, de muy diversas maneras, hemos sido.

Villeneuve ha dado también la oportunidad a Ford de demostrar que solo con su rostro puede llenar de emoción una pantalla. Ha transmutado su papel en el de Gosling, y ahora es éste —de un modo coherente— quien apenas muestra humanidad en su hieratismo faccional. Ford necesitaba esta oportunidad. También merecía un epílogo mejor, pero está visto que no se puede pedir todo.

Los demás actores y actrices están sólo correctos. El único que no acaba de brillar, más por la grandilocuencia del guión que por demérito propio es Jared Leto. No, no es tan divinamente humano como lo era Joe Turkel, el antiguo Tyrrell: la frialdad del personaje de Wallace dista mucho de ese genial y equívoco paternalismo del dios de la biomecánica. Esto viene a redundar en la idea de que de cada personaje de Blade Runner podía sacarse petróleo, y que de aquí uno sólo puede recrearse en la belleza de los rostros.

Villeneuve y Ana de Armas han sugerido la posibilidad de que exista una tercera parte. Mucho habría que corregir para que esto no se convierta en la saga de Matrix. El director canadiense haría bien en encontrar su propio relato, del modo en que lo hizo con La llegada o Sicario. Hay tantos guiños freudianos en Blade Runner 2049 que quizá habría que recordarle al bueno de Denis que va siendo hora de matar al padre y apartarse de su sombra. Paradójicamente, en esto también habría un homenaje implícito a la película de Scott.  

Escribe Ángel Vallejo 


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