Madre! (4)

  20 Octubre 2017

Oda a la destrucción masiva

madre-1Durante el decurso del año cinematográfico siempre hay alguna obra que nace con vocación de convertirse en un referente de esa temporada y en testigo poderoso de su tiempo. Madre! es una de esas y Darren Aronofsky es su padre y creador todopoderoso, en la que se revela como su obra más rupturista y redonda, surrealista e irracional. Y es que dentro de toda su alienación, de su carácter destructivo y de su insensatez, también encontramos un inusitado brío, una enorme conmoción y un extraño poder de fascinación. Y resulta una auténtica joya.

Aronofsky nos arroja inmisericordemente a su particular universo paroxístico, esquizofrénico y desmadrado en la que es una de las cintas más moralmente depravadas de los últimos años. Y es que esta obra ha nacido para crear y arrastrar consigo toda polémica posible, amén de ser saludable divisora de opiniones allí donde se estrena. Desde luego, no es una cinta para todos los públicos ni para todos los estómagos.

En una de las campañas de marketing más sugerentes del año en lo que a estrenos cinematográficos se refiere, Madre! cuenta con toda una retahíla de posters diferentes que sugieren las pistas sobre su argumento: en uno de los carteles vemos a Jennifer Lawrence ofrecer su corazón arrancado del pecho en un marco paradisíaco; en otro vemos a Javier Bardem envuelto en llamas y con algunos atributos cuanto menos curiosos; otro póster alude directamente al cartel original que lució La semilla del diablo (1968), de Roman Polanski; en otro vemos las dos caras de Jennifer Lawrence —el bien y el mal— partidas por la mitad…

El mundo contra Ella

Pretender explicar Madre! equivaldría a algo así como querer explicarle a un niño de 4 años las leyes de la termodinámica y es que, ya desde su concepción, es una obra pensada como una experiencia traumática, fatigosa y casi masoquista, algo cercano a un via crucis por el que debe pasar Jennifer Lawrence, y el espectador se ve obligado a acompañarla en su particular periplo. No en vano, ella aparece constantemente atacada por los que la rodean y hasta por la propia casa en la que habita. Es como si la lucha del individuo contra el colectivo alcanzara aquí altas cotas de resonancia deontológica.

Para lograr ese efecto de transmutar los ojos del espectador en los ojos de la protagonista, Aronofsky tira de la cámara al hombro constante y mareante para pegársela en el rostro de su amada (Lawrence y él son pareja oficial desde el rodaje) todo el tiempo.

En la planificación, el rostro de Lawrence en primerísimo detalle lo inunda todo: sus ojos, sus mejillas o sus labios son la guía que tiene el espectador para materializar el conflicto, mientras que el director impide ver casi siempre la geografía física del hogar en el que se mueven y en el que se desarrollaran los acontecimientos.

Es como si deliberadamente todo sucediera dentro de los ojos de la protagonista, un personaje sin nombre, y no pudiéramos ver nada más que su angelical y quebradiza cara, así como los pensamientos que por ella transitan. Curiosamente, dentro de un planteamiento exageradamente teatralizado (una casa, unos pocos decorados y cuatro personajes principales que desfilan por ese mismo decorado todo el tiempo), la magia del cine hace que vivamos este play como si lo viviéramos a través de su epidermis y se elide la visualización de los escenarios con una finalidad estética y narrativa que aquí no conviene desvelar.

A este efecto de “ver poco” de lo que sucede alrededor de la mártir, cabe añadirle una música y efectos de sonido ensordecedores que crean ese clima malsano y agónico que parece vivir la joven. También toda una gama de colores ocres y terrosos son los que embalsaman siempre la pantalla. En este mundo de tenebrismo efectista y de claroscuros amenazantes, es difícil que nadie se sienta sobrecogido.

madre-5

El dolor del cómplice

Pero vamos a intentar al menos acercarnos al plano más tangible de la cinta: todo arranca cuando Ella (Jennifer Lawrence) se despierta buscando a su marido, un poeta reconocidísimo pero falto de inspiración en el presente (Bardem), en una casa enorme en medio de la nada que están reconstruyendo después de un incendio acontecido. Ninguno de ellos tiene nombre ni apellidos, es evidente que la pareja tiene una importante diferencia de edad y también se hace palpable que dicha pareja no tiene química alguna. Más bien diríamos que ambos son personajes dañinos para su contrario.

Todo cambiará cuando llegue al hogar otro matrimonio (Michelle Pfeiffer y Ed Harris) completamente opuesto a ellos: se trata de un matrimonio maduro, rebosan sexualidad por sus poros y no hay una distancia impenetrable entre ellos. Sin embargo, se inmiscuirán en sus vidas como si se trataran de familiares y el personaje de Bardem les dará plena libertad y confianza para que usen su casa como si fuera la suya propia. Mientras, una Jennifer Lawrence atónita que se asemeja a la imagen de la Virgen María, observa cómo su marido la ignora para volcarse en todos menos en ella. Las tensiones y la locura de los acontecimientos irán en aumento.

Javier Bardem nos recuerda de nuevo el actor que siempre ha sido y la imponencia de su presencia física destaca en un rol enmarcado en la ambigüedad extrema que le va como anillo al dedo. Mientras, Jennifer Lawrence confirma que su meteórica carrera no es fruto de la casualidad, enfrentándose aquí al papel más difícil que ha realizado en toda su carrera. 

No conviene saber demasiado sobre el argumento y desarrollo de Madre! porque cuanto más puro va uno a su descubrimiento, más desgarradora es la violación que nos propone Aronofsky. Y lo hace con una estructura sibilina y circular de hechos y una narrativa que roza el absurdo para erigir una alegoría bíblica que puede ser leída e interpretada a infinidad de niveles.

Madre! encierra sus claves fundamentales en las teorías de la destrucción, la reconstrucción y el resurgimiento. Bien podría ser una crónica sobre el devenir de nuestros tiempos, obra metalingüística sobre la creatividad y la narrativa, parábola social llevada al extremo, crítica al fanatismo de cualquier índole, o análisis destructivo de las relaciones modernas o bien podría no ser nada de todo lo anterior, lo que la hace aún más bella dentro del horror que nos propone.

Escribe Ferran Ramírez


 

Más información sobre Darren Aronofsky:

Noé

Cisne negro

El luchador

Requiem por un sueño

madre-3