Primero mataron a mi padre (They first killed my father) (2)

  29 Septiembre 2017

La mirada inocente sobre el horror

primero-mataron-a-mi-padre-1De 1975 a 1979 Camboya sufrió uno de los mayores genocidios de la historia. La subida al poder de los Jemeres Rojos, encabezados por su líder, Pol Pot, en un periodo histórico convulso para el sudeste asiático (los últimos coletazos de la guerra del Vietnam, extensión de conflictos bélicos en diferentes países, etc.), propiciaron que durante ese periodo de tiempo se instaurara en Camboya un régimen de ideología maoísta que pretendió regenerar el país casi de cero.

Anticapitalista, contrario a la industrialización y con una economía basada principalmente en la explotación agrícola, Pol Pot impuso una dictadura comunista que forzó la despoblación de las ciudades y el aniquilamiento físico de las personas (asesinatos, torturas, campos de internamiento conocidos como killing fields) considerando opositores a prácticamente toda la población en general. En apenas cuatro años, se calcula que el número de asesinatos fue de 1,7 millones, casi la cuarta parte de la población.

El reflejo de estos terribles acontecimientos en el cine tuvo su mayor exponente a través del filme Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984), la película dirigida por Roland Joffé. Basada en experiencias reales, en ella se describe el genocidio a través de la historia de amistad entre un periodista americano y su ayudante camboyano.

Aunque el genocidio tiene su representación más dura en el documental S-21: La máquina de matar de los jemeres rojos (2003), dirigido por Rithy Panh, en el que muestra los dramáticos sucesos de la mano de los testimonios de dos prisioneros. Rithy Panh, el director camboyano con mayor reconocimiento internacional, participa en Primero mataron a mi padre como coproductor.

El hecho de que Angelina Jolie esté al frente de esta producción tiene múltiples razones. Desde el año 2001, Jolie ha viajado por todo el mundo como enviada especial del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), lo que obviamente le ha servido para conocer directamente las situaciones dramáticas pasadas y presentes generadas por los conflictos bélicos.

Su primera película como directora fue el documental A place in time (2007), sobre la educación de los jóvenes en 27 países, y su primera película de ficción, En tierra de sangre y miel (In the land of blood and honey, 2011), era un violento retrato de la guerra de Bosnia. Con Invencible (Unbroken, 2014), también retrataba una historia real de un joven atleta que fue hecho prisionero en la Segunda Guerra Mundial.

En el terreno personal, uno de los hijos adoptados por Angelina Jolie es camboyano, por lo que la actriz y directora siempre ha estado interesada y comprometida en la historia reciente de este país.

Para abordar el relato de los hechos acaecidos durante esos años el filme toma como base el libro de Loung Ung que da título al filme, First they killed my father: A daughter of cambodia remembers, un relato autobiográfico en el que la activista por la paz camboyana desvela la aterradora experiencia que sufrió cuando era una niña.

Con este soporte testimonial directo de quien padeció el régimen de los Jemeres Rojos, Angelina Jolie, productora del filme (junto con el mencionado Rithy Panh) y coguionista junto a Loung Ung, pone en marcha el filme para Netflix, que en este caso compagina su distribución no sólo a través de su plataforma televisiva sino también estrenando la película en salas de cine en determinados países.

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El filme comienza con unas imágenes de noticiarios sobre la actualidad del país mientras suena Sympathy por the devil de los Stones, fundido en negro, y pasamos a una casa donde la cámara se dirige a la televisión donde se está emitiendo esas noticias en la televisión. La imagen de una niña aparece reflejada en la pantalla. Una niña que mediante este reflejo está inmersa en el propio conflicto que se avecina, es la protagonista inocente de la realidad que la rodea. La cámara deja la televisión y se dirige a una terraza donde esa realidad de la televisión se materializa en la realidad de la calle. No hay diálogo sólo la continuidad del sonido del noticiario y el ruido de la calle.

El planteamiento queda fijado desde el principio. El foco se centra en esta niña pequeña, inocente, en un contexto histórico que trastocará toda su vida para siempre. Rodeada de una familia numerosa (padres, hermanos, tíos), sin embargo, es la niña la que interioriza o sufre el conflicto.

El éxodo forzado que toda la familia emprende de la capital a los campos de trabajo es vivido por la niña como un acontecimiento íntimo. A pesar de estar rodeada por todas las personas la mirada de la cámara se concentra en resaltar la soledad, la fragilidad y la incomprensión de los hechos que ocurren alrededor de la protagonista.

Por ello el punto de vista coincide mayoritariamente con los ojos de la niña. Todo lo que ocurre en la película está tamizado por su visión. El mundo de los adultos que la rodea significa peligro, por eso suelen ser filmados mediante contrapicados que los hacen más amenazadores.

La presencia de los padres ya no es garantía de seguridad pues, a pesar de su corta edad, todo lo que le rodea implica dolor y sufrimiento.

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Este sufrimiento va aumentando y termina por impregnar todo el mundo de Loung. Hay padecimiento físico por el trabajo esclavizado al que son sometidos todos, incluidos los niños; y hay también una tortura psicológica que abarca desde el adoctrinamiento en la educación de la revolución hasta el miedo físico a la desaparición.

La violencia física, al contrario que otros filmes de estas características, es mostrada de soslayo. Son más bien las consecuencias de esa violencia las que se van asomando, aquí y allá. Un cadáver que aparece flotando en el río y que los niños presencian incrédulos, las personas heridas o muertas  por el trabajo o las ejecuciones.

El filme funciona mejor cuando la muerte se adivina, la escena en que el padre se despide de la familia sabedor del trágico destino que le espera, es muy potente; sin embargo, cuando esa violencia se explicita directamente pierde interés, como es la escenificación de la muerte del padre imaginada por la niña y que es una escena redundante pues con la despedida ya estaba representada la tensión dramática de una manera suficientemente clara.

Con todo, es esta elección adecuada del enfoque —a través de los ojos de la niña y sus hermanos— la que también termina perjudicando el filme, pues la película se queda en la observación y no en la reflexión, por lo que el resultado final acaba siendo reiterativo. Salvo el inicio (las escenas en la capital) y el final (una huída un tanto forzada), la mayor parte de la narración no avanza, estancándose por la falta de capacidad de análisis de los hechos (apenas unas indicaciones críticas sobre los efectos de la intervención americana en la zona o pocos elementos para valorar el genocidio más allá de los datos sobre las víctimas en los títulos finales) en un metraje excesivamente alargado.

Película de buenas intenciones que funciona mejor como exposición de las dramáticas consecuencias que tienen los conflictos respecto a la infancia, esas pequeñas víctimas colaterales de la guerra, que tiene su mejor baza en la captación de esa mirada inocente que no entiende ni comprende lo que pasa a su alrededor, aunque el resultado final no profundiza en el hecho histórico concreto, siendo Camboya un decorado, un escenario, para una reflexión general sobre el horror de esas pequeñas víctimas que no entienden lo que pasa a su alrededor.

Escribe Luis Tormo

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