Rehenes (3)

  28 Septiembre 2017

Suicidio y castigo

rehenes-1Reciente película del cineasta georgiano Rezo Gigineishvili, presentada en la sección Panorama de la Berlinale, en el Festival de cine de Edimburgo y ganadora del premio al Mejor Director y a la Mejor Fotografía en el festival de cine ruso de Sochi.

Después de varias películas comerciales —Heat (2006), Love with accent (2012) y No borders (2015)— el director se decanta por una película técnicamente impoluta, de corte independiente, basada en hechos reales que retrata con calculado y expresivo distanciamiento un trágico suceso ocurrido en noviembre de 1983 cuando un grupo de siete jóvenes georgianos secuestraron un avión en Tiflis (Georgia) con la intención de huir a Turquía.

El incidente se saldó con ocho muertos (tres tripulantes, dos pasajeros y tres secuestradores) después de la intervención de la unidad especial de asalto Alfa, y la subsiguiente ejecución de los supervivientes implicados en el secuestro, entre ellos un cura de la iglesia ortodoxa acusado de instigador.

A partir de datos históricos, el guion —escrito por Gigineishvili en colaboración con Lasha Bugadze— equilibra tensión e intención en una clara propuesta equidistante de prejuicios conformados. Aunque la puesta en escena se revela como un elemento significativo para determinar su aparente imparcialidad, la película no ofrece respuestas. Se limita a contar los acontecimientos jugando, incluso, a la incertidumbre en ciertos pasajes. 

A intensificar la acción dramática del guion coadyuva una cuidada fotografía, expresivos encuadres, una acertada planificación y un montaje, a ratos, heterodoxo, que dan cierta originalidad estética a la propuesta. 

El argumento se desarrolla en tres partes bien diferenciadas, con prólogo y epílogo incluidos, cuya estructura dramática coincide con el desarrollo de los acontecimientos combinando con naturalidad drama y thriller.

Antes de entrar en acción la película comienza con un preámbulo en blanco y negro de un programa de televisión. Sobre la pantalla desfilan impresionados los retratos de los secuestradores. El locutor, a la vez que anuncia su identidad, conmina a que sean castigados.   

Inmediatamente después, ya en color, la acción nos sitúa en Batumi en 1983. La fotogénica secuencia (encuadre manierista, tonos fríos…) de unos jóvenes alegres bañándose en una solitaria playa al anochecer nos presenta en vivo a los protagonistas. Parecen disfrutar. Ríen y juegan en el agua, despreocupados. Pero su felicidad es solo aparente. Están vigilados. Intentan prolongar un poco más su espejismo de libertad, sin conseguirlo. Son obligados a salir del agua. La ilusión se termina. Ningún elemento tan intencionadamente expresivo, como el aire libre y el mar como significantes de la claustrofobia emocional que padecen.

La presentación continúa con un retrato somero y algo confuso del perfil de este grupo de bañistas privilegiados y del entorno en que se desenvuelven. Son un puñado de estudiantes y jóvenes profesionales de la élite cultural georgiana —tres pintores, un actor y su mujer y dos hermanos médicos—, románticos y apasionados, que tienen idealizada la cultura occidental.

Su rebeldía parece más generacional y existencial que política. Según la película no son activistas clandestinos, ni están profundamente implicados en temas reivindicativos más allá de los puramente intelectuales. Parece que su necesidad de libertad tiene más que ver con lo prohibido —donde leer la Biblia o escuchar a Hendrix o a los Beatles era perseguido— que con la ideología.  

La acción en esta primera parte transcurre alrededor de los preparativos del secuestro, encubierto con la inminente boda de Nika y Anna y su posterior viaje de luna de miel, un plan suicida, temerario y chapucero, donde nada sale como lo habían previsto. En ellos se rebela su inexperiencia e inmadurez —no sabían ni utilizar las armas— y su falta de alternativas.

Durante la secuencia del secuestro desaparece la confusión argumental de la primera parte. Diseñada con gran meticulosidad, es directa e intensa. Funciona con ritmo de thriller y rebosa tensión dramática, emoción y precisión.

La película no exime de responsabilidad a ninguna de las partes, haciéndose eco tanto de la temeraria decisión de los jóvenes de seguir adelante con el secuestro cuando se enteran que las circunstancias del vuelo han cambiado, de repente, como de la mala gestión que las autoridades soviéticas hicieron de la situación. Ambos hechos desencadenaron una matanza innecesaria, de la que solo se culpabilizó a una de las partes. 

La violenta intervención de la unidad de asalto precipita los acontecimientos. Este hecho, junto al rechazo del líder georgiano a permitir la negociación con los secuestradores por parte de sus familiares para liberar a los rehenes, así como la muerte de una de las azafatas, son dos puntos negros de la investigación en los que el director hace hincapié en la película. En este último, en especial, siendo bastante explícito sobre la autoría de los disparos.

El último tercio, dedicado al juicio, es quizás la parte más convencional de la película. Se limita a exponer los acontecimientos y posteriores condenas sin entrar pormenores. El epílogo, en cambio, es una clara reivindicación de la memoria histórica y la última secuencia, con Anna consiguiendo al fin la ansiada libertad, el broche final a su trágica historia. 

En definitiva, ni héroes ni villanos. Rehenes de una sociedad oscura y asfixiante a los que el plan les vino grande.

Escribe Leo Guzmán

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