It (3)

  24 Septiembre 2017

La rebelión de los perdedores

it-0Parece imposible escribir una crónica sobre la película de Andy Muschietti sin referirse a la novela que constituye su sustrato argumental. Las aproximaciones que puedan hacerse al filme desde este punto de vista, pueden ser diversas: o bien debe calibrarse la fidelidad, aun siendo conscientes de la imposibilidad de adaptar fielmente un libro de mil páginas, o bien debe atenderse a la capacidad del realizador para completar un ejercicio de síntesis que no desmerezca el sentido de la obra.

Yo, que me adhiero a esta última corriente, prefiero mirar al fondo, allá donde los más oscuros terrores de King se vuelven terrenales, para saber si Muschietti y sus esforzados asistentes han dado con lo que considero el meollo del libro y sus eficaces maniobras de distracción.

Hay una traza —ignoro si consciente— obstinadamente realista en la literatura del genio oscuro de Maine. Que ésta se vista con ropajes sobrenaturales no la convierte en menos real. Lo que un buen adaptador de sus libros debe saber es cómo desnudarla y volverla a vestir, para dejarla presentable ante el público. Si logra esto, puede decirse que ha conseguido hacer una buena película. Lamentablemente, King es el peor escritor —con escasas excepciones— a la hora de ser adaptado de la historia de la literatura, y esto es así en buena medida porque no se ha llegado a comprender en qué consisten realmente sus obras.

Cuando Stephen King publicó It en el año 1986, era ya un escritor de éxito. Su vida, sin embargo, era un desastre de alcohol y drogas. Por aquel entonces los Estados Unidos entraban en la era post industrial de mano de Ronald Reagan y las desigualdades se acrecentaban a marchas forzadas. Aunque la economía crecía a ojos vista y la mayor parte de la gente tuvo la sensación de que no había nada malo en las políticas económicas y sociales impulsadas por el viejo actor, el supuesto milagro de la reaganomics dejó a las minorías a los pies de los caballos y con enormes restricciones en la protección social: los gritos de los desarraigados no se escuchaban en medio del bullicio neoliberal, del renacimiento cíclico de América.

It, el libro, es en realidad la metáfora sobre una sociedad sorda y ciega contada por un tipo sensible y desahuciado: lo que tenemos es un grupo de marginados —los perdedores— que vienen a representar cada una de las minorías abandonadas o maltratadas por el sistema socioeconómico imperante y que resultaba invisible para los integrados. Así, las mujeres, los obesos, los negros —desescolarizados—, los que no tienen voz —los tartamudos—, las minorías religiosas e incluso los delincuentes y los enfermos imaginarios, explotados por un sistema que o bien los conduce al abismo y los abandona o les vende placebos, sufren el terror encarnado por un payaso —del que no hace falta tener mucha imaginación para saber a qué corporación representa— que los convierte en víctimas ante la pasividad de unos adultos —fundamentalmente los padres— que no son capaces de ver el daño que tal sistema produce, convirtiéndose en colaboradores necesarios del mismo.

No olvidemos, para completar el cuadro, que los terrores que atenazan a estos niños son en gran medida encarnados por las amenazas que representan sus progenitores: el acoso sexual, la hiperprotección, el autoritarismo o la incomprensión y el abandono son caras de la misma moneda, ese penique astuto que adquiere múltiples formas pero que siempre conduce al dolor.

Paradójicamente, los llamados a ser defensores de los débiles —los Padres de la Nación, que aparecen como de rebote en la narración de Ben, el niño obeso— fueron devorados por el payaso  hace ya tanto tiempo que sus ideas no tienen alcance hoy día. Nada queda en la nueva libertad de aquella llamada al pueblo soberano. Este detalle aparentemente nimio es el que nos da la clave de que Muschietti y sus acólitos han captado el mensaje.

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It, esa entidad maléfica con nombre de dinero, domina Derry en ciclos temporales —como las crisis económicas— para despertar hambriento y devorar a los desprotegidos, a los que ya no tienen sustento en las leyes, aquéllas que proclamaban la igualdad intrínseca de todos los seres humanos.

Así pues, lo que hay que decir de la película de Muschietti es que el libreto no sólo ha captado perfectamente los entresijos de la metáfora de King, sino que los ha plasmado de un modo que, en mi opinión, no resulta ridículo. Puede que el argentino abuse del efectismo, de los sustos y de la música ambiental —detalles a pulir urgentemente por un director que se precie y quiera aspirar a marcar la diferencia— pero su película es de todo menos estúpida.

Reconozcámoslo: la trama de la novela parecería totalmente idiota si no suponemos este juego metafórico: cualquiera con dos dedos de frente se preguntaría cómo es posible que niños cobardes y flojuchos muestren esa valentía, se adentren en los escondrijos de la bestia y la desafíen sin miedo a ser devorados... porque la gracia de la historia reside en vencer, de forma racional, una pasión irracional como el miedo; algo en principio metafísicamente imposible si no suponemos que hay un truco interpretativo: las cosas no pueden ser lo que parecen, aquí lo que hay es una llamada a la unidad, a la rebelión y a la toma del poder sobre el monstruo por parte de los perdedores.

Cierto es que para resolver esta paradoja sobre el miedo, en el libro se cuenta con un sustrato de centenares de páginas que dibujan fielmente la psicología de los personajes; también, en su contra, que hay pasajes totalmente incomprensibles, lisérgicos y hasta ridículos y por mucho que se empeñe King —por nombrar sólo una escena—, el ritual infantil del libro es bastante chabacano.

Así pues y volviendo al tema que nos ocupa, hay que decir que sin contar con ese enorme caudal de recursos literarios, la paradoja fundamental sale bien resuelta en la película. Algunos de estos aspectos problemáticos —sobre todo el ritual, más sencillo, más emotivo, con un significado más igualitario— quedan incluso mejor en la versión fílmica. No puede obviarse que algunas cosas importantes no se han contado —aunque queda una segunda entrega, prevista para 2019, por visionar—, pero quizá no sea necesario hacerlo para llegar al fondo de la historia: recuerden que yo no soy de los devotos de la adaptación literal.

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A favor de la película juega también el magnífico juego actoral: no hay un solo intérprete fuera de su sitio, todos rayan a gran altura... y no olvidemos que la mayor parte son niños, una de las eternas prohibiciones de Hitchcock junto con los animales y Charles Laughton para realizar una buena película.

En su contra, que no consigue transmitir el horror psicológico que se supone los niños sufren.

Esta objeción es importante: con un material de esa calidad, con el desafío de disolver una paradoja aparentemente irresoluble, la habilidad del director debe ser exquisita para que un filme de terror no se quede en una película de sustos. En el aspecto estilístico Muschietti deberá trabajar mucho para conseguir transmitir angustia verdadera, porque aquí sólo lo consigue lejanamente en algunas escenas de pánico colectivo —la proyección en el garaje— y en el enfrentamiento de Beverly con su padre.

No, It no alcanza las cotas de terror prometido. Bill Skarsgård está bastante bien en su papel de Pennywise —la sonrisa es auténtica, no es maquillaje ni infografía— y algunos escenarios resultan bastante tétricos. Pero la atmósfera opresiva de Derry no es una cuestión ambiental, sino psicológica, y eso no hay escenografía que lo consiga.

Quizá transmitir esa opresión sea demasiado pedir para una película comercial, con aspiraciones en taquilla. Después de todo, no estamos frente a Funny games o Henry, retrato de un asesino, películas que buscaban dar donde más dolía: la bovina comodidad del espectador frente a la violencia real.

Así pues, la otra paradoja de It es que quiera mostrar el terror de un supuesto sistema socioeconómico haciéndolo comercialmente atractivo.

Escribe Ángel Vallejo

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