Verónica (3)

  12 Octubre 2017

La amenaza interior

veronica-1Aunque coquetea con el terror adolescente (no tan en boga como hace una década) y con los presuntos documentos reales sobre casos del más allá (Expediente Warren en la memoria), Paco Plaza ofrece una película original, con las dosis justas de sustos y sangre, donde los protagonistas (novatos y niños) ofrecen un gran recital interpretativo y las referencias menos evidentes hablan del mundo interior, de la tortuosa mente de niños y adolescentes. Una ensalada que el valenciano convierte en su mejor título en solitario hasta el momento.

Fue el productor de la película, Enrique Lavigne, quien tropezó con la historia del único caso documentado por las fuerzas de seguridad españolas de posesión o actividad paranormal visible o como queramos llamarlo. Sucedió en los años 90 en Madrid y es el punto de partida de la película…

Pero un punto de partida no es una película, sino una idea sobre la que construirla.

Y eso lo tuvo muy claro Paco Plaza tras la fase de investigación, en la que descubrió que seguramente ese informe policial daba para poco más. De hecho, salvo en el prólogo (la película comienza con la noche final y lo que sucedió, aunque no lo vemos) y en el epílogo (por fin vemos lo mismo que el policía que elabora el informe oficial), no hay más presencia de cuerpos de seguridad. Y el informe, prácticamente aparece en un rótulo final, sin más presencia.

Luego el tema central de la película no debe ser esa “veracidad” de lo narrado. Ese “caso auténtico”, un tema hoy tan de moda por la saga basada en la película Expediente Warren.

Efectivamente, Plaza toma la historia real como punto de partida para contar otra película, una más subjetiva: las dificultades para crecer e insertarse en la sociedad de una joven de quince años en un barrio que podría ser cualquiera, tanto de los años 90 como de hoy mismo.

Verónica tiene quince años, pero ya ha tenido que asumir responsabilidades en la vida. Su madre trabaja a todas horas en un bar, por lo que es la joven quien debe cuidar de sus dos hermanos menores: levantarlos, el desayuno, llevarlos al cole, atenderlos en casa… una rutina que va más allá de las obligaciones habituales de sus compañeras de colegio.

Porque ese centro privado es el otro espacio vital para Verónica: de educación religiosa, regido con mano férrea por unas monjas que sólo dejan para respirar la terraza del edificio (donde significativamente está situado el patio de recreo: el centro no tiene ni siquiera lugar de juegos en la calle), y donde la que más claro lo ve todo es una monja ciega.

Un centro educativo donde sus amigas van descubriendo otros placeres de la vida, como los chicos, placeres para los que Verónica no tiene tiempo por sus quehaceres domésticos.

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En ese contexto familiar y escolar aparece un tercer eslabón. Al igual que Carrie en la película homónima de Brian DePalma —y la novela de Stephen King—, Verónica aún no ha tenido la menstruación, lo que la sitúa aún más alejada de sus compañeras de estudios que, ya más adultas en algunos aspectos, la van dejando arrinconada como un patito feo más.

Una sesión de ouija va a ser el detonante de la trama central. Realizada en un momento mágico, mientras se produce un eclipse de sol que todos observan desde la terraza del colegio, algo sale mal.

O quizá, en realidad, sale todo bien.

Porque algo viene del más allá para trastocar el mundo de Verónica. Algo que en principio podría ser el espíritu de su padre, fallecido hace un tiempo. Pero que pronto se revela como un elemento más perturbador. Sus compañeras de juegos espiritistas —porque no pasa de eso, un juego a escondidas— no ven nada, aunque el ambiente de credulidad en que se mueven les lleva a pensar que algo pasa.

Algo que nadie ve. Excepto Verónica.

En todo momento, Plaza mantiene su cámara cercana a la protagonista (digámoslo ya, una excelente Sandra Escacena, elegida entre 800 candidatas), salvo algunos planos sueltos de apoyo a la narración que incluso serían prescindibles en determinados momentos.

Ese punto de vista subjetivo, llevado con habilidad por el director valenciano, es el que constata que el verdadero interés de la película está en el mundo interior de Verónica. Ese mundo en el que mezclan los temores familiares (la falta del padre), el ambiente opresivo del colegio (incluida la marginación por parte de las amigas) y la búsqueda de algo más (aunque sea en un más allá que han descubierto a través de fascículos coleccionables anunciados en televisión).

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Vista así, Verónica es una película que explora el interior de una mente humana necesitada de una vía de escape. Una película subjetiva en la que gran parte de lo que vemos transcurre en la cabeza de la joven protagonista. Pese al gancho del informe oficial que da “veracidad” a un caso “real” de posesión, la película ni es objetiva, de habla del mundo real, ni aspira a la veracidad.

Muestra la mente de un niño, algo que la emparenta directamente con un clásico de Robert Mulligan, El otro (1971), donde descubrimos al final que la historia cruel de los dos hermanos gemelos no existe salvo en la mente del único superviviente… el otro había fallecido al nacer. Una idea que de alguna forma retomó al año siguiente DePalma con Hermanas, también una incursión en la mente de dos hermanas separadas de forma traumática al nacer.

Esa búsqueda del mundo interior acaba por emparentar Verónica con el personal mundo de Carlos Saura, algo que Plaza reconoce en distintas entrevistas (como la realizada por Roberto Morato para la revista Imágenes de actualidad, nº 382, septiembre 2017): “Realmente no es una película de terror adolescente por mucho que la protagonista tenga esa edad o haya críos en la película. Una de mis referencias a la hora de empezar a rodar fue Cría cuervos de Carlos Saura, precisamente por esa mirada sobre una edad con concreto, pero el hecho de que la película sea adolescente es un hecho coyuntural, no considero a la película como una muestra de terror adolescente. Creo que juega en otra liga”.

Y la cita no parece gratuita cuando uno comprueba que el papel de la madre de Verónica es interpretado por Ana Torrent… precisamente la niña de Cría cuervos.

Este enfoque convierte el film de Plaza en una de las propuestas más atractivas del fantástico español reciente, pese a que por momentos la película pierde fuelle y la trama no siempre se desarrolla con el equilibrio y la solvencia que uno desearía.

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Y conste que en el lado positivo de esta Verónica hay que anotar el valor de Plaza para plantear una película en la que los únicos intérpretes profesionales (la madre, el policía) tienen una presencia meramente testimonial. El grueso de la trama descansa sobre el trabajo de niños y adolescentes. Una apuesta arriesgada, sin duda, que se salda con unas interpretaciones convincentes. Algo de lo que no puede presumir en general el cine español.

Como puntos de anclaje con el “universo personal” de Paco Plaza, encontramos diseminados a lo largo del film algunos elementos fantásticos que acercan la trama a títulos anteriores del valenciano.

Así, ese eclipse a pleno día se emparenta con las noches de luna llena del licántropo en Romasanta (2004), un fenómeno lumínico que afecta a la mente de los protagonistas y desencadena la tragedia.

O la monja ciega, personaje absolutamente alejado del mundo real —lo que debería despejar las dudas de quienes piensan que esto es un film sobre un hecho auténtico—, y que no deja de ser un guiño a un fantástico más convencional, como su debut El segundo nombre (2002) o incluso algunos de los elementos terroríficos presentes en la saga Rec, de la que Plaza ha sido responsable de tres episodios —dos de ellos en colaboración con Jaume Balagueró—.

En definitiva, un film que en principio no acaba de entusiasmar, pero que mejora cuando uno lo repasa con calma. Este cronista no puede por menos que mostrar cierta sorpresa y admitir una notable coherencia en la propuesta. No se dejen engañar por la publicidad… es otra cosa.

Escribe Mr. Kaplan

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