La seducción (3)

  28 Agosto 2017

Las vírgenes maduras

la-seduccion-1Resulta curioso de entrada que Sofia Coppola haya escogido la novela homónima de Thomas Cullinan (The beguiled, en su título original) por haber sido ya adaptada al cine con ferocidad y arrojo por Don Siegel en 1971, con Clint Eastwood como protagonista. Sin embargo, una vez vista la labor de Coppola con el material literario, a uno ya le deja de sorprender la elección de la directora y guionista.

A sabiendas de que las comparaciones son odiosas, sería completamente equívoco el parangón entre ambas películas, la de Coppola y la de Siegel, cuando ni siquiera se parecen. Donde la primera pone el énfasis en la mirada femenina, la segunda era un filme eminentemente focalizado en un prisma masculino; donde Coppola construye un universo preciosista en pleno declive emocional, Siegel apostaba por un cinismo malsano y virulento sobre las relaciones hombre-mujer.

Si atendemos a la filmografía de Coppola, ya desde su primera obra, Las vírgenes suicidas, atendemos a la soledad de la mujer y al modo en que esta, sea de la edad que sea, puede lidiar con el mundo que la rodea. Siendo este tema uno de los que componen la espina dorsal de su obra, se entiende que la novela de Cullinan haya servido de base para explorar una vez más a esta comunidad de vírgenes sureñas a las que parecen haberles expropiado la sensualidad y la feminidad.

Coppola nunca muestra nada que no sea el universo en el que viven estas mujeres, sabemos que estamos en la Guerra Civil Norteamericana de 1864, pero no la vemos en ningún momento; oímos sus disparos, se vislumbran rastros de pólvora en el aire pero nunca llegamos a ver más allá de la visión de las féminas que viven recluidas en una escuela para señoritas en Virginia.

Para encarnar a estas bellas criaturas, Coppola ha tirado una vez más de su actriz fetiche, Kirsten Dunst; otra de sus adeptas, Elle Fanning, y la bienvenida a su microcosmos es Nicole Kidman, que una vez visto el resultado parecía casi obligado el encuentro entre ambas. Dunst y Kidman están fantásticas en sus respectivos roles de directora y ayudante, de controladora y controlada. Y con este elenco y un argumento decididamente girlie ya tenemos los elementos suficientes como para que Coppola edifique otra de sus subyugantes odas nihilistas.

Un mundo de rosa y negro

La acción, si es que podemos llamarla así, arranca cuando una de las jóvenes de la escuela encuentra a un soldado confederado malherido escondido en el bosque. La muchacha lo llevará a la escuela para ser curado y, por supuesto, una presencia masculina y viril levantará ciertos ánimos silenciados por estas mujeres encerradas.

Como ya sucedía en Las vírgenes suicidas o en Lost in Translation, o incluso en Somewhere, sucede mucho más en la psique de los personajes que lo que se ve en pantalla. Con una trama ridícula que parece inspirada en una película de cine X, atendemos a un fascinante juego de miradas, gestos, ademanes, poses, señuelos y pérfidos juegos que podrían resultar imperceptibles y que Coppola domina con mano maestra para atrapar al espectador.

Logra que cada plano sea una embellecida obra de orfebrería, que todos y cada uno de los diálogos no resulten absurdos o sobreros sino que creen adicción por la elegancia y la intertextualidad que contienen, que el ritmo narrativo y el tempo utilizado sean admirables, aun cuando el filme decae por su previsibilidad o su planteamiento argumental. Coppola y sus personajes sencillamente han madurado a la par que han ganado en sutileza y en aplomo.

Este mundo femenino pone el acento en las relaciones entre los personajes, realiza un elegantísimo estudio de caracteres y propone una mezcla de dramatismo e intriga con un finísimo humor negro que es digno de admirar.

La seducción se revela en su conclusión como una sinfonía sensitiva y melancólica, bellísima, tremendamente agradable, que termina por seducir mediante los sentidos. Además, resulta expansiva por la contemporaneidad de algunas —o muchas— de sus ideas, lo que no deja de hacerla más meritoria cuando uno más piensa en ella.

Escribe Ferran Ramírez

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