Spiderman: Homecoming (1)

  07 Agosto 2017

Cómo sentirse Tony Stark

spider man homecoming-1De nuevo ante una película Marvel, que retuerce la continuidad de sus sagas de un modo laberíntico. Ahora estamos frente a la continuación cronológica de Civil War, una película del Capitán América que fue precedida por la última entrega de Los Vengadores y que será sucedida igualmente por una aventura del grupo de superhéroes más heterogéneo que imaginarse pueda. Siempre que no se decida sorprendernos con algún spin off sobre cualquiera de sus integrantes, claro. Sea como fuere, ya se prepara una continuación de la reiniciada saga del Hombre Araña —recuperada por Marvel junto a Sony, que sigue explotando derechos— para 2019. Una locura.

Bien; puede que Marvel haga esto para mantener ocupada nuestra mente intentando situarnos mientras visionamos alguna de sus películas. Y digo esto porque no conviene tener enchufado el cerebro mientras se contempla la última de Spiderman. Corre el riesgo de cortocircuitarse.

En realidad no hay malicia en el enredo: el Universo Marvel es aún mucho más complejo de lo que las películas muestran. Aún recuerdo, cuando leía sus cómics, cómo unos se remitían a otros en espirales de locura sin fin. Creo que sólo alguien como mi amigo José Manuel Yeste, que tenía las colecciones completas, era capaz de no perderse en ese laberinto.

¿A qué viene tanta digresión? A que no hay mucho que contar sobre Spiderman: Homecoming. Nos hallamos frente a un pastiche despojado de mítica y atiborrado de hormonas que no casa bien con la última y más seria entrega de Marvel, la ya mencionada Civil War. Si alguien esperaba que las cosas continuaran por ese cauce, estaba muy equivocado.

En realidad, Homecoming puede considerarse una especie de continuación integrada —hay escenas comunes— de aquella película, pero desde el punto de vista de un pre-adolescente acelerado sabe Dios por qué sustancias. Sólo los cinco primeros minutos —no olviden desconectar el cerebro— son insoportables: Peter Parker lleva una cámara y nos muestra todo lo que graba con ella, volteando los ángulos, distorsionando el enfoque y con un continuo parloteo de voz pre-adolescente que saca de quicio. En cinco minutos estuve a punto de salirme del cine.

No, éste no era mi Peter Parker. El Peter Parker original era un adolescente sólo en su edad física. Un tío inteligente, aunque inmaduro. Cachondo, pero no estridente. Era capaz de pensar y también de equivocarse, pero no era un absoluto irresponsable. No hay nada que objetar en esto a la libertad de los creadores, simplemente hay que constatar que el Parker que nos han entregado es insoportable. Quizá no ayude a rebajar la severidad del juicio el doblaje que le han puesto a Tom Holland, absolutamente ridículo. Ya de paso constato que tampoco le hace justicia a Michael Keaton.  

De resultas de esta transformación de adolescente angustiado a saco de hormonas, lo que el relato quiere contar es cómo Spiderman deviene un tío serio y responsable, capaz de integrarse en Los Vengadores. Tony Stark es, digamos, su mentor, y a fe mía que no se encuentra muy satisfecho con su pupilo. Así pues, el interés de la película es meterse en la piel —cárnica— del Hombre de Hierro para entender cuántas ganas puede tener Tony Stark de collejear sin descanso a Peter Parker.

Hasta ese momento —que llega bien entrado el nudo, casi en el clímax— todo lo demás es superfluo: no nos interesa la protonovia de Parker ni su amigacho, el hombre de la mesa. No nos conforta la tía May —una desperdiciada Marisa Tomei— y su sano sentido común. No nos asusta El Buitre ni nos sublevan los conflictos escolares del Hombre Araña. Casi todo es superficial, casi indigno del drama vital del superhéroe original. Se salva quizá, el extraño personaje de Michelle Jones, una alumna lo suficientemente borde como para no parecer repipi.

No ayuda en absoluto la pérdida de la sencillez del cómic o incluso de las primeras películas de Raimi. Aquí, como mal de nuestro tiempo, se impone la tecnología: Spiderman porta un traje que es casi un remedo de la armadura de Stark. Los incontables chistes a costa de su funcionamiento agotan. Spiderman ha ganado un traje, aunque no se sabe si por ello ha visto atrofiado su sentido arácnido. No ha sido Venom, sino Iron Man quien ha colonizado al hombre araña y no creemos que haya ganado con el cambio: si Venom mostró a Parker cómo el exceso de poder conlleva irresponsabilidad, Tony Stark no ha hecho más que malcriarlo con un juguetito.    

Así pues, dejando a un lado los avatares de la historia, decir que la película sólo es recomendable en sus últimos treinta minutos. Queda como siempre abierta una historia que dará muchas vueltas en el futuro. El Capitán América nos recomienda paciencia en la escena post-créditos. Si Spiderman no madura en las próximas entregas, les aseguro que vamos a necesitar toneladas.

Escribe Ángel Vallejo

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