Sieranevada (4)

  01 Agosto 2017

Palabras y silencios

sieranevada-1Al comienzo de la película un largo plano (toda ella, en sus casi tres horas de duración, está compuesta por la yuxtaposición de este tipo de planos) nos va a dar las claves de lo que a continuación veremos. La cámara, situada en una encrucijada de calles, parece otear, un tanto retirada, lo que por allí ocurre. Desde esta perspectiva va a ser tan importante lo que vemos como lo que no oímos.

Lo que vemos es a una pareja que habla en medio de un gran atasco. Su conversación, adivinamos, linda en la discusión. Después saldremos de dudas. Como no puede aparcar él sale con el coche y vuelve al poco tiempo. El ambiente es frío, con nieve acumulada en las calles y los coches. La ciudad se muestra sucia, un tanto deteriorada.

Y de la conversación que los protagonistas mantienen nada sabemos. Hablan, pero la distancia de la cámara y el ruido de fondo nos impiden escuchar lo que dicen. Tampoco importa demasiado.

Y de repente la película cambia por completo. O no, si bien se mira. Quizá el director nos está contando lo mismo por otros medios, a través de un contraste que acabará confirmando el planteamiento inicial.

Tras una escena en el interior del coche que al principio hemos visto la trama se desarrollará casi por completo entre las paredes de un angosto piso. Allí se acumulan más y más personajes que se estorban, chocan entre ellos, van y vienen. En resumen, reproducen el atasco con el que comenzaba el filme. Y la cámara, como allí, adopta el papel de testigo mudo, incompleto, de lo que ocurre. El exterior ha sido sustituido por el interior, reproduciendo incluso la ligera degradación del marco, pero el esquema básico, la estructura, apenas ha cambiado. Lo mismo ocurre con los diálogos.

La ignorancia de lo que se decía va a ser suplida ahora por una verborrea incontenible. Los personajes hablan sin parar de los más diversos temas, banales a la vez que repetitivos en la mayoría de los casos. ¿Debemos aferrarnos a los que dicen para seguir el hilo de la historia? De ninguna manera. No importa tanto lo que dicen como el hecho de decir, como no importaba lo que la pareja del principio decía sino la relación que a través de sus palabras no escuchadas se establecía.

En algunos momentos la realización subraya esta toma de posición. Cuando parece que se está tratando un tema esencial, como por ejemplo las múltiples conspiraciones a las que es aficionado uno de los personajes, la cámara abandona a quienes participan en el debate para centrarse en otros que nada tienen que ver con lo que se está diciendo, permaneciendo la discusión como un ruido de fondo que poco a poco va diluyendo su interés.

De manera similar ocurre con la esperada llegada del cura que va a celebrar la ceremonia religiosa que allí los ha reunido. En lugar de atenderle la cámara se ocupará de otras situaciones en apariencia más marginales.

Y de esta manera se va articulando el mecanismo del relato. La observación fragmentada y acumulativa de una familia y algún allegado que acaba construyendo el mosaico de algo que los transciende, aunque tampoco, porque el valor de la película no está en la simbología que algunos se empeñan en descifrar, sino en el dibujo creíble, intenso incluso, de unos personajes que paso a paso van tomando cuerpo ante nuestros ojos. Y todo ello respetando la verdadera óptica del espectador. Lejos de adoptar una posición omnisciente la cámara se somete a las mismas limitaciones e insuficiencias de cualquiera que estuviese en su lugar, convirtiendo así a quien está frente a la pantalla en un personaje más de la acción.

La maestría con la que Cristi Puiu, el director, va elaborando la narración es deslumbrante. Al caos que en apariencia lo inunda todo subyace una férrea estructura que va dosificando los hechos y perfilando a los allí congregados, al mismo tiempo que desvela sus miserias. Es algo así como un puzle que, partiendo de la confusión inicial de las revueltas piezas, vamos a ver construirse, siquiera parcialmente, ante nuestros ojos, asistiendo al proceso y no sólo al resultado final.

El personaje principal, Lary, se constituye un poco como el trasunto del espectador. Su mirada resulta siempre un tanto ajena, irónica. De hecho ha llegado de fuera y parece no sentirse demasiado afectado por los hechos. Él más bien recopila información y la mantiene un poco en cuarentena.

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Hasta que en un momento dado se produce un giro un tanto inesperado. Lary sale del edificio solicitado por su mujer. Esta escena es esencial para redondear el filme. Allí se va a encontrar con lo que ya conocíamos desde el arranque de la película: el mismo caos de tráfico, la misma frialdad, la misma degradación, acentuada en este caso por gritos y amenazas. Pero ahora podemos dar un paso más y establecer la conexión con lo que dentro está ocurriendo, tendiendo puentes entre el marco y el contenido.

Y una vez fuera Lary, a pesar de sus esfuerzos, no puede mantener la cómoda posición observadora que mantenía. Se involucra en la disputa, y al hacerlo se despertará el pasado que lleva consigo y que intentaba mantener aplacado. Su confesión sirve por una parte para redondear la acción que hasta ese momento hemos presenciado, dotándola de un sentido pleno, y al mismo tiempo, en tanto que representante nuestro, nos hace partícipes, en primera persona, de las miserias que la película cuenta. La neutralidad, nuestra neutralidad, salta por los aires.

Y nos ofrece además uno de esas bellísimas imágenes que dignifican el cine. En medio del caos Lary deja su número de teléfono en el cristal de su coche para que le avisen en caso de que moleste. Un destello de racionalidad, de civilización, en la vorágine de la barbarie.

Puiu utiliza de manera muy elegante el humor. Pero es un humor surgido de la cotidianidad, que acentúa el carácter humano de los protagonistas (alejado por tanto del esperpento, a veces rayando en el disparate, que ha caracterizado algunas de las obras de otros autores como Berlanga, Fellini o incluso Kusturica, sin que ello suponga desdoro ninguno para ellos. El punto de vista y el tono que buscan difieren de lo que el director rumano pretende). Sería como una investigación que revelara que, tras la ruindad expuesta, existe un nexo que la toma comprensible, disculpable. En la película no hay grandes malvados, o quizá todos lo son en alguna medida. Sus imperfecciones quedan atenuadas por la mirada amable que los rescata.

El relato llega a su fin, que no es un fin, porque lo que hemos presenciado es un extracto casi aleatorio de unas vidas que continuarán adelante como buenamente puedan. Pero hay que aligerar en la medida de lo posible la carga, repartirla, soportarla, y para ello nada mejor que la risa cómplice y, por qué no, responsable con la que Lary se toma su situación. Vivamos como podamos, parece querer decirnos. Y de esta manera, a pesar de la dureza que se ha ido desvelando, una breve pincelada nos reconcilia con las imperfecciones del ser humano. O dicho de otra manera, nos da una tregua que nos permite aceptarnos a nosotros mismos.

Tras casi tres horas hemos asistido a un fragmento de vida que sigue su curso. Esta vez ha adoptado la forma de una entrega más de lo que se ha llamado Nuevo cine rumano. Hubo un momento en que la brillantez de estas propuestas nos sorprendía. Ahora ya no. Nos hemos acostumbrado a ella.

Escribe Marcial Moreno  

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