Dunkerque (3)

  16 Agosto 2017

Sobrevivir

dunkerque-1Del 27 de mayo al 4 de junio de 1940 tuvo lugar la operación  Dynamo, que los ingleses y franceses habían diseñado para el traslado de las tropas inglesas a su país después de la invasión alemana y las batallas que iban teniendo lugar en Bélgica y Francia. Mientras los soldados franceses llevan a cabo un cerco para proteger las playas, los ingleses por diferentes medios intentan llegar a Gran Bretaña.

Dunkerque se encuentra al Norte de Francia, a 10 kilómetros de la frontera belga. Es el tercer puerto de Francia después de Marsella y El Havre. Fue allí donde tuvo lugar esa retirada, apoyada por el ejército francés, que fue considerada por los ingleses como una gran victoria. Se evacuaron alrededor de 300.000 soldados ingleses, algunos franceses e incluso unos pocos belgas. Murieron en esa operación cerca de 60.000 soldados, mientras que unos 40.000 franceses que habían estado defendiendo la retirada, creando un perímetro atrincherado alrededor de la playa, se vieron obligados a rendirse sin condiciones.

Periódicos como el Dayly Mirror llamaron a esta operación “milagrosa”. Lo más sorprendente, una de las grandes incógnitas de la Segunda Guerra Mundial, es por qué Hitler permitió la salida de todos estos hombres de aquel infierno/encierro en el que se había convertido la larga playa de Dunkerque, una decisión que ha llevado a algún historiador a plantearse si el dictador alemán fue un buen estratega.

El londinense Christopher Nolan (1970) con Dunkerque realiza su décimo largometraje. Una filmografía corta en la que se ha dedicado a tratar temas y géneros muy diferentes (salvo en su trilogía sobre Batman). Ahora ha saltado de la ciencia ficción (Interestellar) al cine bélico. Su osadía, en ese sentido, es digna de aplauso, pero no tan exagerado como el que bastantes fans (que tiene y muchos, tanto entre espectadores como entre críticos), proclaman, ya que le consideran uno de los grandes realizadores del cine actual. Probablemente, por su sentido del espectáculo y las variaciones de su obra, tendría una cierta semejanza con la de Spielberg, incluso en el discutible sentido autoral que se le quiere otorgar (algo que él mismo pretende).

Lo suyo es lo complejo; es decir, partiendo de algo sencillo cruzar historia y tiempos (Origen lo expresa de forma muy directa) con el fin de obtener un sello personal. Memento, su segundo largometraje, es toda una carta de presentación sobre lo que luego nos dará: complicar narrativamente historias manidas dándoles la vuelta o procediendo, desde unos claros referentes, a una relectura de lo expuesto (Interestellar bebe, entre otras, de 2001: una odisea del espacio de Kubrick).

Con Dunkerque prueba suerte en el cine bélico y a raíz de los comentarios, críticos y no críticos, ha logrado una obra maestra. En realidad, el conjunto es notable por momentos, pero no es ni mucho menos uno de los grandes filmes del cine bélico.

Sobre el tema de la retirada de Dunkerque que recordemos existen dos filmes anteriores, eso sí, sin dudarlo, de mucha menor calidad que la película de Nolan.  Serían Dunkerque (1958) de Leslie Norman, con  John Mills, y Fin de semana en Dunkerque (1964) de Henry Verneuil, con Jean Paul Belmondo (además de una olvidada coproducción hispano-italiana de serie B titulada De Dunkerque a la victoria).

La película de Nolan cuenta con un diseño de producción notable y con un excelente equipo. Sensacional, y muy bien utilizada, es la música de Hans Zimmer, así como inmensa es la fotografía de Hoyt von Hoyteman de tonos grises y azulados, totalmente acorde con lo que se cuenta.

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Una buena idea es dejar en segundo plano los diálogos. Hay muy pocos, como corresponde a lo que realmente debió ocurrir entre unos seres solamente preocupados de salir de aquel lugar. Se ha querido también crear una masa en vez de unos personajes claros no identificados, en su mayor parte, con ningún nombre.

Estamos, pues, antes un grupo de soldados moviéndose por una misma idea: la de sobrevivir. Idea excelentemente expresada en la secuencia con la que se abre el filme: la presencia de un grupo de soldados caminando por una ciudad vacía tratando de buscar una salida en un cerco real pero también psicológico (las decenas de octavillas que caen sobre ellos recordándoles que no tienen salida, que están rodeados). Luego serán atacados y comienza su huida. Poco a poco irán cayendo los componentes del grupo. Sólo uno, corriendo, abandonando su rifle, buscando una fuga como sea, logra salir de aquel cerco… para ir a dar a otro: la playa de Dunkerque donde será un extraño, perdido, sin sitio, en principio en ninguna compañía, en ningún grupo de su mismo ejército.

La tesis del filme y el lugar donde se van a desarrollar la mayoría de los acontecimientos quedan expuestos en ese inicio de manera admirable: la supervivencia. Cómo lograr sobrevivir a la guerra. Excelente cómo lo cuenta Nolan. Un prólogo que nos lleva a la playa repleta de soldados.

Así se inicia la primera, y más interesante, de las tres historias que se alternan en la narración y en el tiempo, es decir, la película se mueve por distintos lugares y tiempos pasando de unos a otros de forma aleatoria al comienzo, después desde claros elementos de suspense angustioso o, mejor será decir, de acciones conflictivas (ya presentes en el cine de Griffith y potenciadas en las películas de episodios donde siempre los héroes se dejan en situaciones comprometidas). En algún sitio he leído que este planteamiento se parece al utilizado por Hitchcock. Personalmente creo que no, el cine de Hitch no utiliza una narrativa tan burda, y en muchos puntos, ingenua. Y mucho menos al multiplicarla por dos o tres en el paso de una de las partes a las otras. Todas ellas, claro, al final se unirán.

La primera historia, la del espigón o de la playa que transcurre en siete días, es la que consigue los momentos mejores y deja a un lado, salvo el epílogo, totalmente innecesario, la componente patriótica, en una exaltación de glorias y deberes. Quizá en la parte señalada se exagera al cargar todos los males del mundo (le pasa todo lo malo habido y por haber en su camino hacia la huida) sobre el soldado británico del comienzo.

Pero, insisto, en esta parte se logran muy buenos momentos: el encuentro con el soldado francés que está enterrando en la arena a un soldado. Sin palabras (ese pie desnudo) se indica cómo se ha quedado con todo su equipamiento (se ignora hasta avanzado el metraje que es francés). Será otro soldado más dispuesto a salir de la playa. Bien rodado (con un excesivo sentido comercial del suspense) el momento en que ambos quieren llegar al barco que va a zarpar llevando una camilla con un herido.

También es destacable la marcha de un grupo de soldados (en formación) para apoderarse de un barco varado. Aunque luego no quede muy claro los tiros de prueba que desde fuera (¿quién?) se hacen sobre ese barco. Por cierto en esta angustiosa espera de salir se muestra el suicidio de uno de los soldados adentrándose y ahogándose en el mar (ante la indiferencia de quien lo observa) que recuerda la muerte del fracasado artista en las diferentes versiones de Ha nacido una estrella.

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La negativa a admitir a los franceses en la huida, unos soldados pasando por encima de sus compañeros, pisoteándolos para subir a un barco que va a zarpar, el egoísmo, la avaricia y el feroz individualismo de los soldados son apuntes rápidos y elocuentes. Aquí si está un buen Nolan y no en ese ya citado suspense que antecede, varias veces, el paso de una parte a otra.

Pero ¿qué son esas partes a las que me estoy refiriendo y se entrecruzan en la narración? Se trata de una que tiene lugar en el mar, otra en el aire y otra en la tierra, variando su duración: la del espigón transcurre en una semana, la del mar dura un día y la del aire unas horas.

La parte segunda, correspondiente al mar, nos narra la entrega y el heroísmo de las buenas gentes inglesas, de clase tirando a alta, gente que poseía yates y embarcaciones y que emprendieron la gesta de ir a buscar a sus muchachos. El conductor de esta parte será el padre de un chico, piloto de la RAF muerto en combate. Le acompaña otro hijo y un amigo, introducido por las buenas en la acción, al parecer una inutilidad en los estudios y, por qué no, un tanto infantil.

Su historia, de un día de duración, se circunscribe a mostrar la bondad de esta familia, su trato con un aviador derribado en el mar, asqueado de la guerra, sólo pensando en volver a casa: “Dé la vuelta”, dice constantemente. Para el espectador es sin duda un personaje negativo, cuya empatía será nula. Incluso será el culpable de la muerte del amigo que va en el barco para ayudar y que —otro detalle de honda raigambre patriota sentimental— termina por ser incluido en el periódico local como un héroe de guerra. Una persona cuya vida sería un ejemplo de vulgaridad y nadería (muerto casual, o mejor dicho, forzadamente por Nolan guionista) se hará aparecer, para la posteridad, como alguien grande e heroico.

Al lado del negativo y enfurruñado inglés, tenemos (también recogido por la embarcación en su marcha al rescate de los sitiados) la otra cara: un aviador-héroe, uno de los personajes de la tercera parte del filme, narración que tiene lugar a lo largo de un día y que se corresponde con la poco convincente marcha de tres aviones ingleses para ¿proteger? la retirada.

No se tiene muy clara la misión de tres aparatos y mucho menos que de vez en cuando aparezca un caza alemán para enfrentarse al trío. Naturalmente los tres aviones, y pilotos, son objeto de cada una de las posibles situaciones posibles de vivir en estas circunstancias, es decir derribo-muerte, derribo-rescate, aterrizaje forzoso en terreno enemigo siendo, el tercero del grupo, hecho prisionero. Antes, faltaría más, provoca el incendio de su avión para que no caiga en manos enemigas.

Esta parte es, sin duda, la más floja de la película. Enfrentamientos de los aviones siguiendo el patrón de los numerosos filmes de guerra pero sin intensidad dramática, sin ir más allá de la copia o la mirada sobre múltiples luchas áreas mejor llevadas. Aparte, como he dicho, que esta parte resulta un tanto incomprensible salvando su sentido paradójico de abarcar, si no todas, sí la mayor parte de posibilidades a las que se pueden enfrentar unos pilotos.

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Esta parte, con diferencia de tiempo, con la nada angustiosa trama en la que ni siquiera falta comprobar que uno de los aviones pierde gasolina, resulta tópica y repetitiva, terminando por engarzar con las otras dos, saltando por encima de tiempos y lugares. Aquí tenemos al Nolan constructor, mejor o peor, de puzles, engreído de su discutible genialidad. Su montaje, de las diferentes partes, en un intento de unir la angustia o la tragedia del momento al saltar de estados peligrosos a otros, no creo que demuestre ese sentido ejemplar de genialidad en el que (él cree) se asienta su cine.

La razón de supervivencia se extiende, de todas maneras, a la principal: el grupo de soldados que desea salir. Se olvida a los franceses atrincherados para hacer posible la operación Dynamo. No se tiene, tampoco, una dimensión de la presencia del enemigo. Ni dónde se encuentra, ni desde dónde dispara y el porqué de esos aviones aislados que como moscas molestas aparecen de vez en cuando. En todo el caso el enemigo es algo que está fuera, que no tiene ni rostro, ni forma. Es, como sus aviones, una máquina de matar. En esto tampoco innova demasiado Nolan.

Queda el final centrado en tres momentos: la negativa del jefe naval (protagonista de una buena replica irónica: la que hace al jefe terrestre sobre el horario de repetición de las mareas) a abandonar el lugar ya que debe “pensar en los franceses que quedan”. Una reacción del tipo no abandonaré el buque aunque se hunda. Con lo que, su jefatura es un grado, se distingue de los soldados sin nombre y sin galones que sólo piensan en sobrevivir.

O sea que en ese momento la película está volviendo sobre sus pasos para convertirse en una exaltación del heroísmo y de la necesidad de la batalla. Lo cual se refuerza con la llegada de los hombres a Gran Bretaña. La conversación en el tren entre dos soldados (uno de ellos el introductor del espectador, en la primera secuencia, en la playa), la noticia en la prensa hablando de ellos como héroes, reforzado por su recibimiento en las estaciones.

Para acabar de cerrar el filme, y su extraño viraje temático, queda la última rubrica de un soldado a otro sobre lo necesario de la venida del Nuevo Mundo para salvar al Viejo. Evidentemente lo que se está reclamando es la entrada en la guerra de los Estados Unidos, que durante tanto tiempo se negó a entrar en la contienda, pero escuchar esta frase-cierre en plena era Trump resulta falaz.

Lástima de esta deriva final, lastima de convertir un filme contra la guerra en una especie, por momentos, de suspense multiplicado por tres (la simultaneidad de las tres partes), haciéndolo encallar en definitiva en el mundo transitado por el Nolan falso salvador del cine en general y de los géneros en particular.

Con todo, estamos ante una de sus mejores obras. Grandes momentos se ven empañados por desequilibrios narrativos, ansias de autoría. Eso sí, y es muy de agradecer, el gigantismo del que hacen gala la mayor parte de sus películas de una duración excesiva, aquí no existe, adecuándose a una duración normal. Independiente de que el tono repetitivo, necesario la mayor parte del tiempo, o de plantear situaciones idénticas resueltas de igual forma, terminan dando la sensación de largura, de, como los soldados encerrados en Dunkerque, pensar que no podemos salir de allí.

Dentro del cine que nos llega, con muchas limitaciones, hay que alabar este título. Ahora bien, no se crea, ni de lejos, que estamos ante la obra máxima del cine bélico o antibélico. Hay enormes filmes sobre el tema realizados con, aparentemente, menos ambiciones y mucho menos dinero.

Escribe Adolfo Bellido López

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