La guerra del planeta de los simios (2)

  07 Agosto 2017

Redención

la-guerra-planeta-simios-0Concluye, con esta película, una más que correcta trilogía dirigida desde la mesura y con multitud de resonancias añejas, tanto en lo que respecta a su estructura de western clásico como a las múltiples referencias a películas icónicas como Apocalypse now, Espartaco, Senderos de gloria o incluso El puente sobre el río Kwai.

La primera de estas características, la que refiere a la estructura, es una tendencia que viene acentuándose desde la segunda entrega: Matt Reeves se hizo entonces cargo del proyecto sustituyendo a Rupert Wyatt. A nadie se le escapa la asimilación de los simios a los indios americanos, que viven en comunión con la naturaleza y que se ven forzados a defender su hábitat frente a un ser humano expansivo y predatorio.

El hecho de que los simios tal y como los conocemos sean resultado de un experimento biológico, no invalida la metáfora, en la medida en que este hecho sólo sirve como detonante —y en la última entrega como extintor— de un relato que trasciende con mucho sus muy discutibles planteamientos científicos. Recordemos, como ya dije en su momento, que éstos apenas tienen más intención que el de situarnos en un mundo ideal abonado para el conflicto que desarrolla la historia.

Reeves ha planteado sus películas, desde el principio, como un juego de espejos entre los simios/indios y los humanos/blancos. Esta dialéctica tuvo siempre su punto de superación en la identidad esencial de ambos contendientes. El relato del buen salvaje frente al invasor europeo se diluyó sutilmente en el discurso sobre la naturaleza humana común —no olvidemos que los simios son en realidad humanos devenidos— y sus aristas, que se constituyen en los sentimientos de amor, odio, admiración, liderazgo y venganza.

Las dos primeras entregas se centraron en el planteamiento de estos conflictos, a mi parecer, de un modo mucho más acertado en Origen que en Amanecer; el equilibrio entre acción y reflexión de la película original de Wyatt se mantuvo alejado de los excesos de pirotecnia bélica de la secuela de Reeves. Del mismo modo, el ansia de libertad de los simios no derivó en afán justiciero y vengativo de los protagonistas de la segunda entrega. También hay que conceder que Amanecer resultaba más intimista y menos dada al efectismo que su predecesora.

Lo que la conclusión de la saga viene a resolver es ese mal sabor de boca dejado por Amanecer, una película que acababa justificando la pena de muerte con la excusa de la negación de la esencialidad simiesca a Koba, el rival de César. Nótese que también se estaba estableciendo una extraña comparación ética entre el caudillo bueno —Julio César— y el malo —Stalin— por motivos más románticos que puramente históricos: nadie niega la maldad intrínseca de Iosif; lo que resulta difícil es establecer la bondad intachable del romano.

Pues bien, como decía, La guerra del planeta de los simios viene a pulir esos afilados excesos mediante recursos como la sabia intervención de Maurice, la maestra orangután que muestra a César cómo su madera de líder arde con el mismo fuego del odio que consumió la de Koba. Reeves parece habernos dado una tregua reflexiva entre película y película para resolver este conflicto mediante la redención consciente de César, o bien puede ser que simplemente se haya dado cuenta de su equivocación y la haya corregido en la última entrega.

Sea como fuere La guerra del planeta de los simios es una película mucho más sosegada que sus antecesoras, más entregada a la belleza de la devastación pos apocalíptica y con un tratamiento de personajes en ocasiones menos maniqueo: aunque el coronel McCullough —con claras resonancias al Kurtz de Brando en Apocalypse now— sigue siendo un malvado de libro, se molesta en entregarnos sus justificaciones desde la apelación al bien común y la serenidad reflexiva. César tampoco es un héroe impoluto: es impulsivo, vengativo y a veces irresponsable, lo que lo hace también de un modo irónico, mucho más humano y digno de compasión en sus momentos de duda y arrepentimiento.

Los peros de esta película son los mismos que pueden achacarse a las otras dos: hay una clara disonancia entre su afán comercial y un supuesto mensaje de calado intelectual. Dado que es imposible que éste llegue a todos los públicos, se opta por simplificarlo y no ahondar en sus pliegues. Esto es una renuncia del creador, que puede interpretarse como una traición a su arte.

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Por otro lado, su estructura es simple, cuando no poco original: salvo en la primera entrega, los cauces de la historia se desarrollan por vías clásicas: el asalto al fuerte y la resistencia, el escape de prisioneros de guerra, el enfrentamiento entre grandes temperamentos y modos de vida, las cuitas del líder con sus seguidores, aliados, enemigos... y hasta consigo mismo.

Y es en este último aspecto en el que la saga no acaba de convencer: sigue habiendo un elemento al que Reeves no ha renunciado, y es el absoluto mesianismo de César, que en esta última película encuentra su reflejo en el de su némesis McCullough, un tipo que se considera Alfa y Omega, último bastión de la humanidad, pastor de mujeres y hombres...

César acepta sin rubor las muestras de devoción y seguidismo, y frunce el ceño ante las objeciones. Uno se muestra incapaz de distinguir si eso responde a una sana intención crítica del autor o simplemente éste da por descontado que el líder debe llevar el peso de la razón en la historia. Sea como fuere, un elemento de interpretación poco claro que debe anotarse en el debe del filme, porque el exceso protagónico del padre de todos los simios desdibuja a los personajes que no se le contraponen. Lo único que en esta película ha modulado en cierta medida este efecto, es la introducción de un acertado comic relief que no resulta excesivamente pesado y que descarga de solemnidad los actos simiescos.

Un último detalle debe considerarse acertado y hasta positivo: la manera en que la saga nos conduce hasta las películas de 1968, hacía necesaria la práctica extinción de la humanidad. La metáfora final de la película, en que la naturaleza responde a los actos humanos de un modo causal —pero inesperado—, brutal y efectivo, es todo un hallazgo visual al que los simios asisten atónitos.

Lo interesante es que ignoramos si esta nueva especie inteligente habrá sabido interpretar este hecho como aviso, puesto que por lo visto hasta el momento, nosotros aún no lo hemos captado.  

Escribe Ángel Vallejo

 


Más información sobre El planeta de los simios:

 

 

El origen del planeta de los simios

El amanecer del planeta de los simios

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