Gru 3: Mi villano favorito (1)

  24 Julio 2017

El mal ya no es lo que era

gru-3-0Definitivamente, Gru no acaba de encontrar su lugar. Resultó francamente atrevido poner a un villano de protagonista en la película inicial de la saga que nos entregaría uno de los iconos culturales de la década pasada, los minions. Pero este atrevimiento pronto fue diluyéndose, a medida que Gru, el supuesto villano, se pasó con más pena que gloria al lado del bien y la justicia.

Esta dialéctica resultaba gratamente confusa en un principio, dado que los verdaderos representantes del lado oscuro eran los bancos y los centros comerciales, con sus filiales tecnoinformáticas y las franquicias de restauración y Gru apenas un artesano del mal que pretendía sobrevivir en un cada vez más competitivo negocio. Gru conseguía caer bien porque parecía un tipo íntegro; su malicia no tenía doblez, aunque pecaba de inocente: ¿Robar el Jumbotrón o la Luna? Parecía más malvado el encargado del tiro al blanco de la feria en la primera película, que estafaba a indefensas niñitas que un soñador como Gru.

La paternidad y el matrimonio irrumpieron, cada una en su momento, como diluyentes de la inocente malicia del protagonista. Gru había sido domesticado —en el sentido estricto de la palabra, atado al domos— y su maldad esencial devino accidental, como un trabajo remunerado en una empresa "decente" con un horario establecido. En esta última entrega sólo quedaba recurrir a la familia fraterna y a los años ochenta para acabar de reformar al villano.

Así pues, cada vez con menos margen de sorpresa, completamente independizados los minions —que no sólo exigen ya una película propia, sino que incluso en ésta protagonizan su aventura lejos de Gru—, nuestro héroe vuelve para enfrentarse a un ex niño prodigio ochentero y a su propia identidad, ya sea en lo espiritual —ser o no ser malvado— o en lo carnal, reencontrándose con un hermano perdido que actuará de espejo que devuelva una imagen distorsionada de sí mismo y, paradójicamente, real.

Con respecto al malvado, cabe decir que sí está a la altura de la saga. Balthazar Pratt es un juguete roto de la industria televisiva —de nuevo un icónico epítome del mal contemporáneo—, que no pudo superar el tránsito a la adolescencia. Anclado en los éxitos cosechados en los años 80, clama venganza contra los que lo despidieron, reivindicando el trono de villano supremo y enfrentándose a Gru para obtener el cetro.

Todo bien con la Némesis; sin embargo, las aventuras de la recién constituida familia de Gru hacen perder fuelle al relato. Ese empeñarse en asignar roles clásicos —madre, padre, adolescentes problemáticas— a una familia tan poco convencional, no acaba de producir el efecto chocante deseado. En su lugar, se nos conduce a situaciones cómicas que resultan forzadas, cuando no edulcoradas.

La gracia de las películas de Gru está en la acción a lo James Bond invertido, no en la comedia de situación: aunque ésta a veces genere situaciones ocurrentes, debe ser de un modo casual, no principal. El contrapunto minion adquiere fuerza en la oposición torpe e inconsciente a los planes de Gru, y no en la gracia intrínseca de los muñecos, que aunque la tienen, no se basta a sí misma para sostener un relato. La prueba está en que la película que protagonizaron adolece del encanto de la saga matriz.

Creo que son estas pequeñas confusiones de objeto las que lastran cada vez más una saga en un principio maravillosamente concebida.

No se puede negar, por otro lado, que Gru tiene química consigo mismo —o con su hermano gemelo— y que el hallazgo de este alter ego no es desafortunado: juntos protagonizan algunas de las escenas más ocurrentes del filme, y no está exenta de socarronería la comparación de ambos destinos: aquél que se dedica a lucrativos negocios —no olvidemos la asimilación de mal y capital, como en la bruja avería— es sin embargo un fracasado a ojos paternos. El que se dedica al mal que el padre ansiaba, es un fracasado en lucrativos negocios a ojos maternos. La pregunta vuelve a ser entonces: ¿Es Gru bueno o malo? ¿Depende todo de los ojos que lo miren?

Si hay algo que no puede pedirse a la saga Gru es, desde luego, que no sea previsible: todos sabemos quién lleva las de ganar, porque al fin y al cabo es una película para niños. Lo que no sabemos muy bien es cómo, y eso es lo gracioso. Son más las torpezas afortunadas que los aciertos las que apuntalan los felices desenlaces. Esperemos, eso sí, que los responsables de esta icónica trilogía tengan tanta fortuna como acierto en próximas entregas.

Mal que nos pese, el abominable mundo de los negocios no perdona a los torpes.    

Escribe Ángel Vallejo


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