Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (2)

  17 Julio 2017

Los padres de la criatura

piratas-caribe-5-1Uno acude casi con desgana al visionado de la quinta entrega de la otrora refrescante saga de Piratas del Caribe. Nada hubiera oscurecido su prestigio si Disney se hubiese conformado con una trilogía, pero evidentemente esto le hubiese supuesto unos cuantos centenares de millones de dólares menos a la corporación. En Disney se prefirió tener barcos sin honra a honra sin barcos (piratas, claro).

La decadencia se inició muy levemente, todo hay que decirlo, en la tercera entrega. A pesar de algún altibajo, el conjunto de las películas que contaban la historia de Elizabeth y William era digno y contó con una conclusión que por lo agridulce, resultaba acertada: no puede haber una película de piratas que no acabe por equiparar el amor romántico al amor oceánico, y aquél que no acepte esta dualidad, no puede considerarse un verdadero marino.

Pero todo se vino extrañamente abajo en la cuarta película, que a pesar de contar con actores de renombre como Ian McShane, no conseguía remontar el curso de las aguas. Un Jack Sparrow potencialmente enamorado, una parejita de clérigo-sirena absolutamente insulsa y una aventura más melodramática que humorística, traicionaban completamente el espíritu de las predecesoras.

Ahora, a la quinta oportunidad, la saga parece recuperar un poco el pulso, a pesar de que el villano es un muerto. No nos engañemos, la mejora no es debida a Javier Bardem, que sólo está correcto —tanto maquillaje y maldad oscurecen cualquier interpretación, que se queda sin matices— sino a que se ha querido re concluir la aventura que se inició con la primera película. Tanto es así, que hasta se repite el esquema: hijo en busca de padre, jovencita en busca de aventuras, piratas malditos que buscan redención y venganza...

El resultado es más que aparente, porque se retoma el humor, se reivindica la sinvergonzonería intrínseca de los piratas —y de su actor protagonista, un Sparrow al que se llega a mostrar en su juventud como ambicioso y sin escrúpulos— y se le da un protagonismo especial al grandísimo capitán Barbossa, probablemente el personaje que mejor encarna las “virtudes” del genuino pirata, siempre tan bien interpretado por Geoffrey Rush.

La película además juega con la decadencia de sus protagonistas. No es extraño constatar que la mayor parte de la aventura sucede en tierra, y que algunos de sus más insignes marinos se hallan varados: la pérdida del liderazgo se halla vinculada a la pérdida del mando sobre una nave y también, sobre la venta del propio destino por un poco de ron. Atrapados unos en un mar eterno y oscuro y los otros en la tierra ingrata, debe ser la juventud la que los libere de una decrepitud prematura. Hay un reinicio generacional de las mismas aventuras de siempre, aunque luego acaben por tomar el mando los veteranos, padres que saben conducir a sus criaturas por mareas misteriosas.

Vinculada a esto último, cabe señalar la habilidad para la autorreferencia y los guiños ocurrentes. Si en la tercera entrega aparecía el padre de Jack Sparrow —un Keith Richards al que el papel le venía que ni pintado—, aquí aparece su tío. Y ha de decirse que a pesar de tener menor protagonismo que el Stone, no deja de ser agradable su inclusión en la trama. Un guiño verdaderamente sorprendente para el público adulto, que no puede dejar de pensar que esos dos sean, en cierta medida, hermanos.

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La venganza de Salazar se reivindica así como un entretenimiento digno, pero sin pretensiones. Como un retomar esa inteligente mezcla de terror ligero, magia negra y piratas que ha revitalizado y modernizado un género que agonizaba, sin referentes claros desde Polanski.

Pero también hay que decir que esa modernización a veces tiene su lado oscuro; el discurso feminista está totalmente equivocado: pretender “empoderar” —esa palabra tan de moda— a las protagonistas dándoles un plus de inteligencia, habilidad y personalidad no consigue sino el efecto contrario, máxime cuando el resto de figurantes femeninas cumplen con los roles clásicos. Una sola mujer que destaca como inteligente y resolutoria se convierte en excepción, y eso es todo lo contrario a una reivindicación igualitaria. Aunque esa sea una tendencia presente en casi todas las entregas, con Elizabeth Swann como referente principal, no hay que negar que aquí alcanza su paroxismo, porque ni siquiera hay una diosa-hechicera que compense un poco la falta de poder del género sobre los dominadores del océano.

Hay que decir también que la saga de Piratas del Caribe no parece, visto lo visto, querer concluir. Tanto la escena post-créditos, como la conclusión del filme en sí mismo, dejan varios interrogantes abiertos: ¿Volverá a magificarse un mundo desmagificado por la magia, o ésta es intrínsecamente la causa y el efecto, el alfa y omega? ¿Qué sucede realmente con uno de los personajes principales? ¿Por qué reaparece ese otro, cuya llegada se intuye en la última escena?

Preguntas lícitas en un final más abierto que el de otras entregas que no hacían presuponer una continuación y que sin embargo, la tuvieron. Preguntas que nos hacemos nosotros: ¿Está capacitado Johnny Deep para seguir siendo el capitán de la Perla Negra? ¿Sigue dando de sí una saga que gira sobre sí misma como en un remolino marino, o será engullida por el abismo?

Escribe Ángel Vallejo

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