Colossal (3)

  20 Julio 2017

La fantasía de la madurez

colossal-2La nueva película de Nacho Vigalondo supone un producto en esencia estadounidense, aunque mantiene su predilección por el juego genérico y su gusto por la nostalgia cinéfila. No obstante, aunque para su producción ha contado con la ayuda de numerosos profesionales adscritos a la estética de la televisión norteamericana, y la participación inestimable de Anne Hathaway (también como protagonista), Nacho Vigalondo ha mantenido el control creativo de la película, firmando el guion y asumiendo las tareas de director.

Es por esta razón que Colossal (2017) es un film contradictorio, que se mueve entre una acertada estética fantástica y cómica, y una trama algo insustancial. Por un parte, el talento como director de Vigalondo queda demostrado en la facilidad para introducir en la puesta en escena elementos propios de la ciencia ficción y la comedia a través de una puesta en escena sugerente. Por otra parte, esta puesta en escena no parece convivir en armonía con una narración repetitiva, que no crea ningún tipo de tensión emocional entre los personajes, desperdiciando el valor estético de la película.

El guion no consigue empatizar con los personajes, algo ciertamente contradictorio ya que, como recuerdan los numerosos manuales de guion y cursos de escritura, el personaje es el guion. Pero en Colossal el personaje de Anne Hathaway, Gloria, no acaba de alcanzar esa fuerza dramática necesaria para conseguir que la estética del film adquiera algo de grandeza. Todo parece quedarse en una broma muy larga. Ni siquiera el recurso al flashback para explicar la trama es suficiente. Todo queda en una anécdota más o menos simpática, dependiendo del gusto del público.

Sin embargo, Colossal propone un juego estético ciertamente interesante, sobre todo en su inicio y desarrollo. Vigalondo utiliza una puesta en escena donde la nostalgia, la infancia y la cinefilia se entremezclan de forma sugerente, dando lugar a unos espacios evocadores, donde la comedia y la ironía se unen con lo fantástico. Aquí, la cinefilia del director cobra fuerza al relacionarla con el crecimiento vital de los dos protagonistas. Sus vivencias infantiles afloran a través de la inseguridad de una madurez en estado crítico.

Vigalondo utiliza perfectamente los espacios cotidianos para crear una comedia generacional, o un intento de comedia generacional, al estilo de la deliciosa Beautiful Girls (Ted Demme, 1996), a la que recuerdan tanto esos planos de la cafetería de Oscar (Jason Sudeikis), donde los personajes beben evocando la adolescencia y la juventud, reinventándose de nuevo entre el sueño de la infancia y la madurez de unas vidas abatidas.

Y todo este universo estético se materializa en esa gran idea de puesta en escena que es el parque, un sitio donde lo fantástico cobra vida, en el que el juego y la parodia se convierten en algo real, un auténtico plato de rodaje donde los actos insignificantes de las vidas de los protagonistas tienen consecuencias nefastas para los habitantes de la otra parte del planeta. Es una idea genial la de Vigalondo, con los mejores planos de todo el film concentrados en esos devaneos etílicos de una maravillosa Anne Hathaway.

Sin embargo, la gracia, el gran nudo irónico del film, visualizado perfectamente al inicio del film por un Vigalondo ciertamente pletórico de fuerza creativa, se va poco a poco aflojando en el tramo final de la película. Todo se queda en algo insulso, o burdo, como esa desacertada secuencia entre terrorífica y cómica de Oscar y Gloria dentro del bar y la posterior persecución.

Al final, Colossal parece delimitada por un guion plano y falto de profundidad, donde los personajes no acaban de ser creíbles, sus actos son en algunas ocasiones innecesarios y, además, toda la película va perdiendo su fuerza irónica, su juego estético entre la cinefilia y la nostalgia.

Una lástima, ya que el film posee una coherencia estética inicial fuera de toda duda, donde las imágenes consiguen atrapar esa difícil etapa de la vida que supone el paso entre la juventud y la madurez, mediante una sugerente relación entre cine, vida y fantasía.

Escribe Víctor Rivas

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