Verano 1993 (4)

  30 Junio 2017

Comenzar una vida

verano-1993-1Maniobra cinematográfica ciertamente impresionante, Verano 1993 (Estiu 1993, Carla Simón, 2017) es un elogio de la elipsis en todo su esplendor. La fuerza poética de sus imágenes contiene el aroma de una película única sobre el crecimiento vital, un tema complejo y denso, que Carla Simón despacha con la soberbia de una gran cineasta.

No se trata sólo de convertir la historia en un relato estético sobre la ausencia, sino que la propia imagen siempre mantiene ocultos sus múltiples significados. Además, existe en la historia una duda permanente, la sombra de un secreto inconfesable, que enturbia con su recuerdo todos los planos.

Verano 1993 plantea un recorrido por la historia del cine español, por los senderos llenos de pureza de películas tan míticas como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), aunque también contiene el aliento mediterráneo de la estética pictórica del primer Miró, con esa sencillez, apabullante, para concentrar en un encuadre toda la esencia de una cultura, con sus objetos, tradiciones, recuerdos y nostalgia. Toda la película transmite una autenticidad producto de su valentía estética, subordinando toda narración lineal de una historia a una sucesión inapelable de estampas, todas ellas necesarias.

Y en el centro de esta enigmática película, un hallazgo portentoso, el de las dos niñas protagonistas, Frida (Laia Artigas) y Anna (Paula Robles), verdaderos motores del film, que con su sola presencia otorgan una gran vitalidad a cada uno de los planos. No se puede estar más cerca de la autenticidad en la actuación.

Resulta impresionante la facilidad para movernos en la cotidianidad, a la vez que todo lo que se evoca en el film es una ficción poderosa, que nos retiene con su magnetismo. Y lo consigue gracias a un recurso de inteligencia artística crucial: la utilización del fuera de campo como materia fílmica para construir la historia. Son las imágenes ausentes, los encuadres que ocultan parte de la imagen, los que resultan reveladores.

A través de pequeñas pinceladas, Carla Simón va planificando su escenografía, gracias a una hermosa fotografía, que contiene toda la esencia del verano, con esa soberbia manera de mostrarnos los días y las noches. Su puesta en escena no podría ser más acertada, al colocar cada objeto a la altura de la mirada de Frida, lo que nos permite construir su mundo, un mundo que acaba de comenzar, nuevo y terrorífico, lleno de incertidumbre.

Gracias a esta opción estética, la película construye unas vidas cercanas, de una gran humanidad, en las que la ternura y la vida afloran poco a poco, con la calma del aprendizaje. En este sentido, destaca la hermosa secuencia de Frida mirando cómo se recogen los huevos de las gallinas, que recuerda en tantas cosas a aquella otra, gloriosa, en la que Ana Torrent descubría el cine en El espíritu de la colmena. Es el instante del arrebato que produce la verdad, lo más auténtico. En este encuadre, en el que Frida ya no está ni actuando para la cámara, se concentra todo el verdadero sentido del cine.

Y, mientras nos deleitamos con la visión de cada imagen, la historia se va hilvanando ante nuestra mente. Conectamos ideas, agrupamos certezas, intuimos significados ante lo que la película nos muestra. Es decir, vamos de la mano de Frida, creciendo con ella.

La manera en la que va surgiendo el amor entre ella y su nueva madre, o ese magnífico final, que muestra toda la inseguridad y la humanidad de nuestras vidas, son muestras de un cine portentoso, de una capacidad artística deslumbrante. Para este crítico, Verano 1993 es una de las más hermosas películas que ha dado el cine español en estos últimos años.

Escribe Víctor Rivas

verano-1993-2