La casa de la esperanza (2)

  28 Junio 2017

Sobre lo lindo, lo académico y el melodrama

la-casa-de-la-esperanza-1La palabra linda/o, según el DRAE, significa hermoso, bello, grato a la vista, perfecto, primoroso y exquisito. Ninguno de estos adjetivos parece reflejar lo que en la actualidad entendemos por algo “lindo” o “linda”. Más bien, yo creo que lindo se refiere a algo que nos parece “cuqui” o “pasteloso”. Decir que una película es linda ya no tiene mucho sentido y, en todo caso, no hace que la valoración se tome demasiado en serio.

Pues bien, La casa de la esperanza (The Zookeeper's Wife, Niki Caro, 2017) es linda, en el sentido de “cuqui”, y el problema es muy importante, pero que muy importante, si tenemos en cuenta que trata sobre la ocupación nazi de Polonia y la persecución y el asesinato de judíos polacos durante la Segunda Guerra Mundial. Adelanto, por supuesto, que esta es una valoración puramente personal, y luego intentaré justificar lo que puede ser interpretado como algo insensible por mi parte.

Que la película no me parezca hermosa, ni bella, ni grata a la vista, ni perfecta, ni exquisita, aunque quizás si algo primorosa (en el sentido de consentida o presumida), es algo que tiene sentido si tenemos en cuenta cómo el cine melodramático ha ido derivando hacia productos cada vez más sofisticados, planificados, académicos y aburridos, alejados de las pasiones atemporales y las emocionantes ficciones de años anteriores. Además, el tema del Holocausto y la Solución Final siempre han sido abordados, en la mayoría de las ocasiones, desde la óptica del melodrama, y extraían su belleza de la pasión con la que narraban el horror.

Quizás el problema de una película como La casa de la esperanza venga de un estilo ampuloso, en el que toda la puesta en escena parece recordar un catálogo de decoración basado en los motivos de los años treinta del pasado siglo. Es decir, frente a cierta autenticidad temporal en cuanto a la estética, se recurre a un imaginario decorativo insulso, que simplemente muestra los tópicos de las películas de época, sin apenas dotar de sentido emocional a las imágenes.

El inicio es, desde este punto de vista, tan innecesario como horrendo, con Jessica Chastain (Antonina Zabinsky en la película) recorriendo con una alegría exagerada las instalaciones maravillosas de un zoo de ensueño. Este inicio tiene sentido porque nos encontramos ante un guion de “rodillo”, planificado en los despachos de una productora que utiliza una historia real, cruel, terrorífica, para hacer gala de unas imágenes almibaradas y falsas.

Nada parece funcionar en una trama algo insustancial, donde lo trágico no llega a ser trágico, la felicidad parece tan neutra como las fotos de unas vacaciones en Instagram, o, el doble juego con los nazis y, lo que debería ser la trama principal, la salvación de cientos de judíos de las fauces implacables del Holocausto, no llegan a significar nada. Si a todo esto añadimos una “supuesta” historia medio romántica en el medio, tenemos una mezcla algo infame para una película de semejante calado argumental.

Y todo esto se debe a una dirección académica, una producción impostada y un guion sin fuerza narrativa. Confundir el melodrama clásico con lo académico ha sido uno de los grandes errores de la historia estética del cine. El melodrama es un género de una fuerza emocional sobrecogedora, que necesita de una épica humana incontestable, donde la pasión desborda lo académico para proponer nuevas soluciones estéticas. De hecho, la aparición del largometraje de ficción fue gracias a los grandes melodramas italianos realizados en la década de los años diez del siglo pasado, copiados ininterrumpidamente durante toda la etapa clásica de Hollywood.

Nada de esto aparece en esta película, a la que sólo la salvan las apariciones de Jessica Chastain, que da vida con convicción a la auténtica heroína de la película. No obstante, su papel queda diluido en medio de una película sin fuerza, tan amable como un best seller de verano a la luz del sol del Mediterráneo: es una historia más, que olvidamos justo cuando vemos su último plano.

Escribe Víctor Rivas

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