Pieles (2)

  19 Junio 2017

Se visiona rápido, se olvida aún más rápidamente

pieles-1Existen numerosos caminos para elegir a la hora de abordar la elaboración de una película. La primera bifurcación se produce cuando el cineasta debe decidir si tiene o no tiene algo que contar. Si escoge este segundo rumbo, las ramificaciones continúan multiplicándose a medida que el realizador se extiende en su tarea comunicadora. Para poder llegar al final del sendero (si es que se puede afirmar que este tiene fin) y mantener una mentalidad sana es necesario tener unos valores muy sólidos. El problema radica cuando no se tiene principio alguno y lo único que se busca es el caos absoluto, o peor aún, no se busca nada.

Hoy en día no es fácil determinar, nombrar o describir unos límites para el contenido o las formas de la creación artística. ¿Hasta qué extremo puede llegar un director de cine para contar su mensaje? La respuesta a dicha pregunta no parece tener carácter universal, sino que depende de cada caso concreto y de las circunstancias que lo envuelven y lo completan. Podemos encontrar obras con un contenido devastador pero narradas de una forma inteligente, sofisticada y poética. Por el contrario podemos también topar con filmes cuyo molde es desgarrador, burdo y excesivamente provocador. Es en esta última situación cuando más polémica se crea en torno a dichas creaciones.

Pieles encaja en esta anterior descripción. No es una obra vacía, tiene algo que contar, sabe a qué juega. Pero ello no justifica sus formas, las cuales son vulgares, chabacanas y catetas. Es fácil escoger un tema y decidirse a exagerarlo rellenándolo de elementos grotescos y desagradables hasta convertirlo en un monstruo totalmente desproporcionado y deforme, justo como los personajes de Eduardo Casanova. Es una metodología de creación simple y al alcance de cualquiera, lo difícil es tratar de hacer precisamente lo contrario. Difícil pero no imposible, de hecho no es necesario irse muy lejos para encontrar un ejemplo del mismo tema enfocado con un proceder mucho más elaborado, poético y evocador: El hombre elefante de David Lynch.

La elección de dicho trayecto (el rumbo zafío y facilón) supone una muestra de la clara falta de inteligencia de su caminante. Si realmente se quiere enviar un mensaje las formas que se tratarán de alcanzar para hacerlo llegar al receptor buscarán calar en el mismo, es decir, afectar de tal modo a su conciencia y pensamiento que dejen poso en ellos. Sin embargo, en el momento en el que se opta por utilizar estas toscas maneras uno se expone a que su contenido quede eclipsado por ellas. Y así es: una gran cantidad de espectadores dejarán de enriquecerse de la esencia del filme al verse bombardeados por unas formas ramplonas y soeces que solo buscan provocar y que nada aportan al contenido de la obra.

Otra cosa es que lo que se persiga sea el impacto audiovisual, ser un cineasta irreverente y rompedor que critica y ataca al constructo social. Aquí la finalidad es diferente, pero aun así sigue habiendo una evidente falta de inteligencia, en esta ocasión porque se prima el ego personal sobre todo lo demás. Un “artista” de estas características deja de preocuparse por la verdadera esencia del arte, lo único que busca es demostrar su superioridad moral frente al resto de la sociedad. No importa que puedan existir gustos distintos, o estamos con él o contra él. Pero el tiempo coloca a cada uno en su sitio, y lo que es provocador hoy no lo será mañana, con lo cual ese “artista” que tan sólo buscaba su exaltación personal será rápidamente sustituido por otro más de moda.

La tercera y última situación que puede darse en este contexto es precisamente la que menos se da y por tanto la más extraña de encontrar. Hablamos aquí del verdadero artista, aquel que plasma sus ideas revolucionarias con total honestidad. A pesar de que estas mismas ideas encajen también en un perfil provocador o rompedor la intención del artista no es la de regodearse en su ego, sino la de transmitir un mensaje para el que no ha encontrado otra forma más adecuada que la de la irreverencia en todo su esplendor. Pocos son los cineastas que pertenecen a este grupo (los nombres de Buñuel, Godard y Pasolini son de inevitable evocación), y no parece que Eduardo Casanova sea uno de ellos.

Y es que si dirigimos una atenta mirada a Pieles encontraremos una película donde el cómo ha ganado al porqué, una obra donde el contenido deja de ser relevante cuando las formas son lo único que quieren llamar la atención, un filme cuyo mensaje se ahoga entre banalidades totalmente intrascendentes.

Escribe Pepe Sapena  

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