LA EDAD DE LA IGNORANCIA (2)

  19 Abril 2008
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Título original: L'Âge des ténèbres
País, año: Canadá, 2007
Dirección: Denys Arcand
Producción: Denise Robert y Daniel Louis
Guión: Denys Arcand
Fotografía: Guy Dufaux
Música: Philippe Miller
Montaje: Isabelle Dedieu
Intérpretes:

Diane Kruger,  Marc Labrèche,  Emma de Caunes,  Rufus Wainwright,  Sylvie Léonard,  Didier Lucien

Duración: 104 minutos
Distribuidora: Golem distribución
Estreno: 11 abril 2008

Irreverencia malgastada
Escribe Marcial Moreno

Encontrar películas irreverentes como ésta en tiempos de asfixiante corrección política como los que corren es, cuanto menos, refrescante. Que alguien se atreva a cuestionar ridiculeces como las que impiden llamar negros a los “técnicamente negros”, o enanas a quienes lo son, o que ose profanar la aureola de santidad con la que el pensamiento dominante ha investido a individuos de ciertos colectivos simplemente por pertenecer a ellos, al margen de la existencia o no de algún mérito añadido, hay que reconocer que resulta reconfortante. Sin reparar en daños colaterales, los huecos dogmas de nuestra sociedad van cayendo uno tras otro: los cursos de autoayuda, la así llamada filosofía laedaddelaignorancia1.jpgoriental, la higiénica lucha contra el terrorismo, la educación integradora y comprensiva, el buenismo penal... La verdad es que no queda títere con cabeza.

Este arranque predispone, por tanto, a favor de la película. El problema es que se queda ahí, es decir, que no tiene mayor interés más allá de esa declaración de intenciones. Ni un chascarrillo ni cuatro frases inteligentes bastan para salvar lo que no posee suficiente entidad por sí mismo. Y en este caso, pasada la sorpresa inicial, la historia se cae a trozos.

La idea que la preside es la misma que Denys Arcand planteó ya en sus obras anteriores, a saber, la degradación de la sociedad canadiense, apuntada por primera vez en El declive del imperio americano, y que retomó con ácida nostalgia en Las invasiones bárbaras.

laedaddelaignorancia2.jpgAquí, la tesis es llevada hasta el extremo, tanto formal como materialmente. Desprovisto de toda sutileza, el guión y la puesta en escena cargan las tintas hasta casi el esperpento. Nos muestra una situación donde las epidemias asolan los hospitales, causando cientos de muertos, los asaltos a las viviendas compiten en crueldad, el dominio de la tecnología llega a resultar alienante, impidiendo cualquier tipo de comunicación, la administración representa un equilibrado cóctel de ineficacia y sadismo, el éxito profesional se consigue a costa de la destrucción de las relaciones personales y familiares, algo así como el subdesarrollo (humano, no material) instalado en el primer mundo.

Ahora bien, como reveló Arcand en una entrevista, en Hollywood se dice que, si quieres decir algo, envía un telegrama. Pues eso, quizá un telegrama hubiera bastado, no hacía falta tanta película.

Porque, en realidad, una vez captada la idea, el director no parece tener muy claro qué hacer con lo que se trae entre manos, y, así, alarga innecesariamente la historia sin que se aprecie progreso alguno; todo hasta llegar a la secuencia de las justas medievales, la cual, además de no aportar absolutamente nada, resulta tan increíble, tan impostada, que desmerece el interés que había conseguido suscitar.

laedaddelaignorancia3.jpgAlgo similar ocurre con el desenlace. Hay un momento que resulta interesante, y es cuando la noticia de la muerte de la madre parece abortar un tímido arranque de rebeldía del protagonista. Pero, lejos de abundar en esa idea, o incluso de concluir ahí la película, la abandona de inmediato para seguir divagando hasta la redención final. Y eso es lo peor: Que se produzca la toma de conciencia de la situación y se renuncie a los sueños es, dentro de la lógica de lo que se nos está contando, insostenible. No existe un detonante que lo haga comprensible precisamente en ese momento, ni parece que el personaje tenga la suficiente complejidad para llevarlo a cabo. Convertir la huida de la mujer en la causa de la crisis, además de resultar muy poco creíble, la dota de un aire de artificialidad del que no puede desprenderse. No hay catarsis, y sin catarsis la mediocridad no puede ser vencida.

Pero que la salvación se plantee además como una vuelta a lo campestre, a la naturaleza en tanto que refugio salvador, entra ya de lleno en el ridículo, y el plano de la manzana jugosa, que luego se transforma en un cuadro a lo Cezanne, pues, ¿qué quieren que les diga? Para echar a correr.

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