Déjame salir (3)

  14 Junio 2017

Blanco humano, humor negro

dejame-salir-1Allá por 1992, contaba el personaje de Martin Lawrence en Boomerang: el príncipe de las mujeres, a propósito del billar: “Tío, es racial. Ahora verás. La bola blanca lo domina todo, se usa como proyectil contra la bola amarilla, la bola roja, y el juego termina cuando la bola blanca expulsa a la bola negra a hacer puñetas fuera de la mesa. ¿Y por qué crees que es así? La clave está en el miedo que siente el hombre blanco, de la potencia sexual de las pelotas negras”.

La vida sigue igual. De poco han servido los ocho años del primer presidente afroamericano, la gran esperanza de ese 13% de la población estadounidense.

El de Ferguson o el I can’t breath son dos de los casos en los que ha muerto un afroamericano a manos de un policía blanco. Hay zonas de los Estados Unidos en las que se multa, se detiene, se pide la documentación o se dispara en mayor medida, según el tono de piel del sospechoso. Eso sí, después les leen los derechos. Movimientos como Black Lives Matter, o etiquetas como #OscarsSoWhite son una pequeña muestra de la necesidad de protesta frente a la discriminación todavía existente.

Aún hay elementos en la sociedad que parece no haber abandonado las haciendas y los campos de algodón, cuyas pieles son tan claras que se transparentan sus prejuicios y los estereotipos raciales rebosan de sus abultadas billeteras. Envidian a aquellos que aún consideran sus sirvientes, por su portentoso físico, su virilidad tantas veces vista en mensajes de whatsapp o por las sinuosas curvas de sus hembras. El color de su piel les causa repelús pero desean sus atributos superiores. Una envidia insana, casi una necesidad.

Directa o indirectamente es este contexto de inseguridad e incertidumbre, al que alude Déjame salir, primer largometraje de Jordan Peele —mitad de la pareja creativa del programa de gags humorísticos, Key and Peele, visible en Comedy Central—. Un filme que parte del mismo sitio que Adivina quién viene esta noche —una pareja interracial va a cenar a casa de los padres de ella— y acaba emparentándose con la novela de Ira Levin The Stepford wives, llevada a la pantalla grande, entre otros, por Bryan Forbes en 1975 con Las esclavas de Stepford, o por Frank Oz en 2004 con Las mujeres perfectas.

Políticamente, la sombra del tupé de Trump es muy alargada. Un presidente que para demostrar que tenía muchos amigos negros casi tiene que pintar con betún la cara de algún empleado de la Casa Blanca. No solo el apellido del protagonista es Washington, por lo que todo lo que le ocurre es extrapolable a la capital de la nación, sino que el padre de la novia (Bradley Witford), confiesa que habría votado a Obama por tercera vez, si eso hubiera sido posible. Pero claro, como sucede en las encuestas, la gente miente.

Chris Washington (Daniel Kaluuya) es fotógrafo, especializado en fotografía en blanco y negro. La cena con sus posibles suegros le incomoda, le inquieta. Es afroamericano, y lo que es peor, fumador. Todo el filme está montado para que el espectador se meta en su pellejo, y se tense más que un miembro de la TSA (Administración de Seguridad en el Transporte) frente a una mochila abandonada. Hay que saber mirar, y no verlo todo como en la canción de Barricada, la monocromía debe ser una opción de la cámara de fotos, una decisión consciente, y no una posición forzada, inducida por una pantalla capaz de hipnotizar, o de idiotizar. Debemos mantener los ojos bien abiertos, tanto como los de un ciervo frente a los faros de un coche, para poder percibir la gran gama de grises.

Cine de terror con una buena dosis de mala leche y humor negro que ya quisiéramos para todo este tipo de cintas, y un desmadre final que deleitará a los más fieles seguidores del género. Y un esclarecedor plano secuencia de inicio —homenaje a La noche de Halloween— que ya advertía de lo que se venía encima. Un muchacho de color, de color negro, en una noche azul oscura casi negra de una zona residencial es seguido por un coche de color, de color blanco. En ese instante, como en un negativo fotográfico, el negro es el blanco.

Escribe Israel Pérez

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