Clash (2)

  12 Junio 2017

Todos somos hermanos

clash-1Parece que la llamada “Primavera árabe” comienza a tener su reflejo cinematográfico. Y en este caso lo hace, lo que a priori es más interesante, de la mano de una directora nativa. Se presupone que su visión ofrecerá inflexiones o perspectivas que resultarían inalcanzables para la mirada externa. Aunque no siempre las expectativas se cumplen.

Los carteles que abren la película nos sitúan en el espacio y en el tiempo. Egipto. Las revueltas derrocaron a Mubarak y consiguieron celebrar unas elecciones que fueron ganadas por los Hermanos musulmanes, partido islamista. Pero al poco tiempo los militares dieron un golpe de estado y derrocaron al presidente electo. Las revueltas que siguieron a este levantamiento, los enfrentamientos entre partidarios y detractores de uno y otro bando, es lo que la película va a contarnos.

Cabría esperar un relato de los hechos, un testimonio de primera mano de lo que ocurrió, pero no es así. Las primeras imágenes sientan las bases sobre las que se va a construir la narración, al tiempo que establecen los límites y el alcance de sus pretensiones.

Comenzamos con la imagen del furgón en el que se va a desarrollar toda la película. Es un lugar cerrado, claustrofóbico. Quizá remedo del propio país, encarcelado dentro de sus propias fronteras (en un momento de la película los protagonistas declaran su deseo de vivir en América) y vigilado por los guardianes. Y ahí, en ese reducido espacio, vamos a conocer a los actores de la revuelta, metáfora de la sociedad egipcia.

No es casualidad que los primeros detenidos sean los periodistas. Se impide el trabajo de quienes deberían contar lo que ocurre. La verdad, su revelación, queda amordazada. Pero además este hecho contamina a la propia película. Desde el interior del furgón, nos lo muestran las imágenes, sólo se tiene una visión de lo que ocurre, a través de las enrejadas y angostas ventanas, parcial, fragmentada. Es lo mismo que el espectador va a contemplar. No cabe esperar un reflejo certero de lo que está pasando. Nada que ver por lo tanto con aspiraciones documentales. El enfoque va a ser distinto, y esta actitud supone por una parte un reconocimiento de los límites del poder del cine que honra a la película, pero al mismo tiempo introduce una perspectiva moral que, si no se lleva a cabo con el suficiente tiento, la lastrará sin remedio.

Se trata de colocar a los protagonistas de los enfrentamientos dentro del furgón y observar su comportamiento. Pero esta observación tiene truco, está aliñada. La película no muestra, sino que crea. Es una apuesta por la reconciliación, la cual no sólo es posible sino natural. Lo forzado es lo que en la realidad está ocurriendo. Aunque la directora ha declarado que con su obra no quiere tomar partido por nadie, su compromiso es más que evidente. El voluntarismo que la guía recorre cada minuto del filme para convencernos de una solución del conflicto que además de necesaria es posible.

Y lo es porque la hostilidad es como la capa de suciedad que recubre la bondad humana, y de la que hay que deshacerse para que ésta aflore. Cuando el ser humano encuentra a otro ser humano, cuando se le da el tiempo suficiente para que se reconozcan como tales, la comunión se produce. De eso es de lo que se nos quiere persuadir a los espectadores.

Los recursos que utiliza son simples, abundantes y en muchos momentos exasperantes. Se trata de trazar la línea que va desde el enfrentamiento a la reconciliación, y para ello nada mejor que encerrar en el reducido espacio del furgón a los dos bandos y esperar sus reacciones.

Lo primero, muy significativo, es la confusión de las identidades. Da igual a quién se detenga porque todos son uno. Pero una vez identificados ambos bandos se producen las esperadas agresiones. Su mayor expresión es quizá la que tiene lugar entre los niños, quienes repiten un juego idéntico, aunque pervertido por la violencia con la que simulan destruir al adversario, y que les  hace elegir a las víctimas de manera distinta.

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Pero a partir de ahí se van acumulando los indicios de lo que en verdad subyace a la inquina. El juego del tres en raya finalmente compartido, la colaboración para repartirse el aire que entra por las ventanas, la solidaridad y enemistad que el fútbol crea por encima de las filiaciones ideológicas, la colaboración entre unos y otros, donde siempre parece que la ayuda que se necesita debe provenir del otro bando, como los alfileres que la niña ofrece aún a costa de desprenderse del velo ante los hombres extraños. O el amor, más poderoso que la convicción política, y que se sobrepone a ella rompiendo incluso una amistad. Y los chistes, claro; la risa que desactivará el odio.

Tanto es el ímpetu reconciliador que ni siquiera los carceleros pueden quedar al margen, y es así que se hace subir a un policía al furgón para que de este modo la sutura sea ya total.

La opción formal elegida impone unas limitaciones que no son fáciles de salvar. El desarrollo dramático al final está tan constreñido como los propios actores, y se traduce en una sucesión de situaciones cuyo propósito está ya establecido desde el principio. Sabemos lo que se nos va a contar, y la esperanza se limita a que los saltos en el vacío no sean demasiado flagrantes.

Por otra parte la cámara adopta para sí misma la actitud de los propios personajes. La tranquilidad se filma de manera calmada, mientras que la excitación se hace de forma convulsa. Es como si el espectador fuera invitado, forzado más bien, a ocupar un lugar en el reducto en el que acontece la acción, involucrándose de manera directa en lo que está ocurriendo.

Finalmente la unidad de lo humano tiene también su reflejo en las imágenes. Amparado por la llegada de la noche, todo se torna indistinguible. Los últimos minutos derivan hacia una abstracción que presenta una masa humana atacada sin discriminación alguna. Una manera de decirnos que el ser humano, y no éste o aquél, es la verdadera víctima del conflicto. Una conclusión entre obvia y simplista que resume de manera ajustada el propósito y los logros de la película.

Escribe Marcial Moreno  

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