La promesa (2)

  02 Junio 2017

Entre el melodrama y la tragedia

la-promesa-1En La promesa (The promise, Terry George, 2016) el melodrama vuelve a imponerse como esqueleto narrativo para relatar la épica de una historia de amor trágica, en medio de un conflicto trascendental para el devenir de la Historia como fue la Primera Guerra Mundial.

Todos los elementos canónicos aparecen aquí: el amor imposible, el enfrentamiento entre el bien y el mal y la violencia irracional y despiadada de la guerra. Sin embargo, La promesa quiere aportar algo más: una denuncia del genocidio armenio a manos de un imperio turco en decadencia, absolutista, despótico y racista. Esta línea argumental es sumamente sugerente, aunque al final no acabe de funcionar del todo.

Todo comienza con unas imágenes bucólicas e idealizadas de una Turquía anterior al conflicto, que vive un momento de esplendor cultural, visualizado a través de su capital Estambul, la cual queda maquillada a través de una planificación algo insulsa, en la que la cámara de Terry George sólo alcanza a mostrar los tópicos turísticos de una ciudad almibarada. Pero este tono está justificado por un relato de amor aromatizado con las especias y los inciensos de la antigua Constantinopla.

Nada nuevo en esta parte, donde los protagonistas se mueven en una serie de imágenes que no acaban de arrancar toda la poesía y la tragedia de un momento único, aquel que precedió al estallido de la Primera Guerra Mundial. Los personajes carecen de vida, son demasiado previsibles, meras caricaturas sin matices, o muy malos y despiadados o excesivamente maravillosos y perfectos, teniendo en cuenta que estamos en una ciudad que se prepara para la primera gran guerra europea del siglo XX.

No obstante, la maquinaria del melodrama funciona, quizás uno de los géneros más centenarios de la historia del cine. El marco narrativo es el adecuado para que se pueda trazar un paralelismo sugestivo entre los grandes relatos románticos de principios del siglo XX, a la vez que la cultura europea iniciaba el cambio dramático hacia nuevas formas de expresión, abandonando las estructuras de la novela del siglo XIX.

En efecto, hasta la primera mitad del film observamos una estructura académica, algo anquilosada, un cine sin alma. Sin embargo, la película inicia un cambio de signo estético hacia el final, cuando se enfrenta a la tragedia del genocidio armenio. Aunque nunca abandona su estética preciosista, sí que observamos cierto oscurecimiento en sus imágenes, y una mayor profundidad emocional.

Ahora todo queda teñido con el aroma de la muerte, la de un pueblo que fue exterminado por la violencia del racismo. Y aquí La promesa sí gana en altura, al mantener esa planificación inicial de los relatos épicos junto con la lucha por la supervivencia de Mikael (Oscar Isaac), quizás el mayor hallazgo de la película. Su interpretación es lo que le da fuerza a esta parte final, pues observamos como la duda, el miedo y el dolor brotan de cada uno de sus gestos, al igual que han ido brotando en las imágenes de la película, culminando con la conseguida secuencia de la matanza en el río.

Aun así, La promesa no acaba de definir bien su estructura cinematográfica al mantener en todo momento ese relato amoroso que, de alguna manera, parece entrometerse en las imágenes del film. De esta manera, no es lo suficiente poderosa su estética como para mantener la tensión del relato, pues sus planos son, a menudo, una sucesión de encuadres sin fuerza, que desentonan con la convulsión histórica de uno de los momentos más trágicos del siglo XX. Por esta razón su pretensión de denuncia del genocidio armenio no es ese grito de humanidad que necesita toda crítica de la barbarie.

Al final, de La promesa sólo se puede destacar su valor didáctico, pues da a conocer uno de los acontecimientos más sangrientos y vergonzosos de la historia de Europa.

Escribe Víctor Rivas

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