Alien Covenant (2)

  09 Junio 2017

El terror da paso a la ciencia

alien covenant-1Ridley Scott parece querer reinventar una saga parasitando sus propias ideas. Como si de una larva alienígena se tratase, el director ha introducido en su criatura elementos de otros trabajos de su propia cosecha. Así, el prefacio de Alien Covenant recuerda temáticamente a Blade Runner, tanto en el diálogo padre-hijo cuanto en la dialéctica amo-esclavo. Pero este parasitismo, si bien adecuado al leit motiv del bicho Alien, resulta un tanto ortopédico en lo que respecta a la idiosincrasia de la saga.

Lo misterioso de Alien era, entre otras cosas, lo absolutamente incomprensible de su destructivo comportamiento. Un bicho que mataba por matar, sin hacerlo para alimentarse. Su mecanismo reproductivo —única justificación de su parasitismo— era letal para el huésped, y además era capaz hasta de matar muriendo, lo que lo convertía en un enemigo temible. Su hostil tenacidad no hacía concebir esperanzas: no había escapatoria, no podía eludirse el enfrentamiento a muerte.

En las últimas entregas de la saga Alien, Scott ha pretendido justificar —de un modo científicamente acertado—, esta violencia feraz. Dado que no parecía razonable que un parásito matara a sus víctimas sin obtener una ventaja evolutiva a cambio, se postuló que había sido un organismo genéticamente modificado para adquirir rasgos de ellas y adaptarse a sus modos de vida. También que se trataba de un arma biológica que trascendía los límites de los reinos vitales, pudiendo pertenecer tanto al animal como al vegetal. Esta idea está presente en Alien Covenant, desarrollada y explicada, y con mucho constituye lo mejor de la película.

Scott parece haber querido sacrificar en el altar del cientifismo la furia irracional e inexplicable de los xenomorfos.

A pesar de todos estos aportes científicos, en contra de lo que sucedía en una película tan minuciosa como Marte (2015), acaban ahí. Todo el comportamiento de la expedición al planeta de la civilización primigenia es un absoluto despropósito: los colonos bajan al planeta sin la más mínima protección contra infecciones, se saltan todos y cada uno de los protocolos de seguridad merced a un descontrol total de las emociones —algo casi prohibido para un astronauta— y se adentran en terrenos desconocidos como si estuvieran en el salón de su casa. No queremos ni hablar de una escena de ducha donde se malgastan decenas de litros de agua en una nave espacial.

En resumen, actitudes del siglo XIX para el siglo XXII, explicaciones de Space Opera para películas pretendidamente Hard.

En un plano puramente cinematográfico, el pulso de Scott no tiembla y sigue ofreciendo momentos memorables, dotados de tensión y acompañados de riqueza visual, aunque hay que reconocer que lo mejor corresponde al diseño gráfico de escenarios y neomorfos.

No puede negarse tampoco que algunos personajes resultan atractivos: el sintético encarnado por Fassbender —esta vez por partida doble— desprende magnetismo tanto en la versión amable como en su reverso tenebroso. El primer oficial de la nave, un Chistopher Oram encarnado por Billy Crudrup que hereda su mando merced a un fortuito accidente, promete momentos de gloria gracias al dibujo de una personalidad que quiere debatirse entre las fuerzas antagónicas de la razón y la fe. Daniels (Katherine Waterston) opone la dulzura de su rostro y su aparente fragilidad a una fuerza propia de la mejor Ellen Ripley.

Sin embargo, casi todos ellos se van desdibujando a medida que avanza el metraje y el xenomorfo adquiere protagonismo. De repente, lo que había sido un escenario novedoso nos retrotrae a una nave espacial con una heroína en camiseta perseguida por un bicharraco incombustible. Algo ya demasiado visto y que no por rememorado acabará volviendo a sus mejores momentos: no tiene sentido presucitar a Ripley.

Hay que agradecer, por otro lado, que la película acabe con un cliffhanger sorprendente. Algunos no podrán evitar recordar con este al final de una entrega de la saga de Star Wars, lo que de nuevo nos retrotrae a las Space Opera.

Es cierto, sin embargo, que todos sabemos hacia dónde conduce ese gancho, y es a 1979. No tendríamos nada que objetar a este efecto Munchausen si Scott fuera capaz de entregarnos algo sustancioso de aquí a entonces. Pero hasta el momento no podemos contentarnos con artificios, más aún cuando el que nos dejó colgados al final de la fallida Prometheus se resuelve aquí de un modo totalmente insatisfactorio y probablemente, definitivo.

Scott va a tener que ofrecer mucho más que sangre, ácido y lágrimas. Mucho más que lugares cerrados y oscuros. Porque si decide ponerse a dar explicaciones, debe trabajar sus personajes e historias hasta el final. No puede prometer hasta meternos en una sala de cine y luego olvidarse de lo prometido. 

Aunque bien pensado, lleva años haciéndolo y nosotros seguimos picando.

Debe ser que llevamos el bicho dentro.

Escribe Ángel Vallejo

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