Paraíso (3)

  22 Mayo 2017

Barbarie humana

paraiso-0Para contar el horror del Holocausto no es necesario ser obsceno. Y no le quita un ápice de perversidad, más bien al contrario, el humanizar a quienes lo perpetraron. Recluir la barbarie en el reducto de los dementes en cierto modo la desactiva, pues nos sentimos excluidos de ella, no concernidos, a salvo. Sin embargo si el malvado posee rasgos reconocibles, si nos vemos miembros de una comunidad compartida, la humana, el horror se torna cotidiano, inmediato.

Algunas películas han explotado este planteamiento. Ya se sabe que cuando los nazis volvían a sus casas tras aniquilar a los prisioneros de los campos de concentración se preocupaban por los catarros de sus hijos. Y que algunos de ellos poseían la sensibilidad artística suficiente para emocionarse ante las obras maestras de la pintura o la música. Así de duro fue todo.

Es la opción que escoge Andrei Konchalovsky. Su película va a narrar la atrocidad sin regodearse en ella, con breves apuntes que la sugieren más que mostrarla, y construyendo a sus autores con la complejidad suficiente para que no puedan ser despachados con cuatro epítetos manoseados.

Tres son los personajes que, ante un tribunal abstracto, que tanto puede ser la misma humanidad como la entrada al paraíso una vez muertos, van desgranando sus experiencias. Dos de ellos pertenecen al grupo de los autores de la masacre. La otra es una de las víctimas. En los primeros el objeto de la narración es más su vida cotidiana y sus preocupaciones que la actividad aniquiladora que llevan a cabo. Vemos así cómo el colaboracionista francés está inquieto por la frágil salud de su hijo, o cómo no tiene problemas en facilitar la huida al otro bando a uno de sus compatriotas. Las inquietudes de su familia giran más en torno a la calidad de la comida que a otra cosa. Y esas quejas, enlazadas con la escena en la que la prisionera reclama el jabón que le ha sido robado, muestran con una contundencia inapelable la crudeza de lo que ocurre.

Por su parte el oficial alemán es presentado como un profesional preocupado por hacer bien su trabajo. Sus ideales son revestidos de nobleza, expresada en su deseo de construir un mundo mejor, y la referencia a Stalin, quien pretende lo mismo, sirve como desactivadora del fanatismo que pudiera atribuírsele.

Es también un hombre culto, admirador de Brahms y Tolstoi, y autor de una tesis doctoral sobre Chejov. Se mueve en el terreno de la belleza y los ideales, e intenta trasportar su labor a ese mismo terreno. Hay un momento magnífico, mucho antes del exagerado final, en el que se percibe la vacilación en su modo de percibir el mundo, su mundo. Es cuando descubre que la novia de Chejov, a quien él conocía a través de la correspondencia del escritor, fue gaseada. El breve pero evidente desconcierto que le asalta da cuenta del difícil encaje que tiene ese mundo modélico en el que cree con la crudeza de la realidad a la que sirve.

Su trabajo, además, puede entenderse, a pesar de que apruebe la aniquilación de los judíos, como una forma de atenuarla. Se preocupa por la comida que les sirven, y está empeñado en corregir la corrupción que impera en el campo, aunque ello suponga la defenestración de los oficiales. Es lo que llamaríamos un hombre honesto, persuadido de que hace lo que debe y lo mejor que puede hacerlo.

Esos breves apuntes bastan para ofrecer la auténtica dimensión de lo ocurrido. Es por ello que esa especie de toma de conciencia final del protagonista es innecesaria cuando no contradictoria. Nada aporta, y sitúa al personaje en una complicada tesitura, por cuanto lo transforma en un ingenuo incapaz de reconocer mucho antes lo podrido de su ideal, la corrupción que la materia siempre introduce en las ideas. Lejos por tanto de la imagen de hombre cultivado que se nos ha transmitido.

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Tampoco el testimonio de la prisionera hace apología directa de la violencia que padece. Su sufrimiento es contado por ella, recordado, y sólo algunos destellos, contundentes, eso sí, permiten calibrar la magnitud de la tragedia que está viviendo. Es el caso de las caricias compradas, o es el caso del pintalabios que acepta como pago en ese mundo en el que la humanidad ha sido usurpada, una manera de aferrarse a ella.

El modo en el que director nos presenta la historia es completamente coherente con lo dicho hasta aquí. La opción por el formato de pantalla utilizado y el blanco y negro, además de los efectos de imágenes proyectadas que en ocasiones utiliza, transmite la sensación de encontrarnos ante un noticiario que se distancia emocionalmente de los hechos para ofrecernos una visión objetiva, aséptica. La cámara se aleja en muchas ocasiones de lo que muestra, restando crueldad a lo expuesto.

En ese sentido la violencia, los detalles de la barbarie, están casi siempre elididos, fuera de campo. Algunos indicios apelan a ella, pero no desde la vía emocional, sino requiriendo un trabajo intelectual que retrasa el efecto pero que, paradójicamente, lo multiplica. Es el caso ya citado del comercio de caricias, o el plano de las gafas amontonadas de los prisioneros. Ese objeto tan íntimo, que en la indiferencia de su acumulación se despersonaliza por completo, invita a pensar en sus propietarios y en la suerte que han corrido, una suerte que va más allá de su destrucción física.

La manera en que el oficial alemán tiene noticia de lo que en el campo ocurre es, sobre todo, a través de las fotos, las cuales se colocan al mismo nivel que las imágenes de su verano en Italia con la condesa. Ese paralelismo introduce una frivolidad en su actuación que resulta mucho más contundente que cualquier exposición pornográfica a la que se podría haber recurrido.

Es una lástima que el director opte por un final más voluntarista que coherente. El sacrificio de la condesa, y sobre todo la salvación de su compañera con los niños (de quienes ya sabemos lo inútil de su escapada) desdice la línea seguida hasta ese momento. Es como si no acabara de estar seguro de que su posición haya quedado bien establecida y necesitara despejar cualquier duda.

Nos quedaremos con lo sucedido hasta ese momento, donde Konchalovsky ha sabido adentrarnos en el horror a través de la elegancia. Sugerir el infierno que se esconde tras todo paraíso.

Escribe Marcial Moreno  

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