El caso Sloane (2)

  17 Mayo 2017

Héroes y villanos

el-caso-sloane-01En la irregular filmografía del director John Madden, desde la ya lejana Shakespeare in Love, la película que cimentó su trayectoria en Hollywood, la presencia destacada de los personajes femeninos es una constante en muchas de sus obras.

El caso Sloane (Miss Sloane, 2016) no es una excepción y todo el filme gira en torno a la figura de Elizabeth Sloane (Jessica Chastain), una prestigiosa profesional en el mundo de los lobbys para conseguir sacar adelante determinados proyectos y leyes en el Senado norteamericano. Una lobbyst que capitanea grupos de cabildeo para influir en las votaciones de los senadores. Reconocida, independiente y obsesionada con el objetivo final: el triunfo por encima de todas las cosas.

En el presente, esta ejecutiva está siendo juzgada por una comisión del Senado debido a las dudas que hay sobre su manera de conducir los temas y la posibilidad de que haya traspasado los límites éticos y legales.

El filme avanza y retrocede en el tiempo, mezclando las sesiones del juicio con flashbacks que nos van describiendo los meses anteriores de la actividad de Sloane, mostrando los hechos que han terminado por desembocar en sus problemas judiciales. Desde el inicio el espectador observa cómo la ofuscación por la defensa de sus posiciones y la necesidad de conseguir votos del senado a las iniciativas legislativas por las que es contratada, implica que los valores positivos iniciales asociados al personaje —como son el esfuerzo por el trabajo, la dedicación máxima y la lucha sin tregua— se transforman en atributos nocivos, despojando al personaje de la mínima humanidad.

El guión detalla con minuciosidad la figura de una mujer fuerte y resolutiva que tiene que sobrevivir en el mundo masculino que le rodea (sus jefes en las dos empresas, el hombre de negocios que la quiere contratar para defender la enmienda de las armas, el senador que la juzga en la comisión, su abogado, etc.). Para ello Sloane debe ser más dura, más cínica  y más radical que los que tiene alrededor (el título original del filme, Miss Sloane, recalca esa independencia como mujer frente a la traslación española, El caso Sloane).

Contratada por la competencia, Sloane abandona su antigua empresa (que ahora se convertirá en enemiga), para ejercer su tarea de lobbyist en aras de conseguir los votos suficientes en el Senado para limitar el poder del uso de las armas, el proyecto parece una misión complicada, casi imposible. En este punto es donde el guión de Jonathan Perera (1) traza los rasgos de un personaje dominante, contradictorio, impulsivo y solitario, capaz de llevar al límite su vida profesional y personal.

Asentada en el brillante trabajo interpretativo de Jessica Chastain, el personaje de Sloane encarna los defectos de todas las personas y grupos que sobreviven alrededor de las estructuras de la democracia, parásitos, depredadores del sistema político establecido, vampiros que van dejando víctimas allá por donde pasan. Sloane, cual Drácula moderna, esconde su fortaleza bajo su aparente fragilidad física externa (delgadez, piel blanquecina, no duerme y vive prácticamente por la noche), trabajando al límite de la ética para conseguir su objetivo.

No sabemos nada de su vida particular. No tiene familia, no pierde el tiempo con romances, limitándose a contratar un prostituto para practicar el sexo esporádico en un hotel, y las escasas conversaciones personales que mantiene tienen por objeto convencer o justificar su escasa ética en el trabajo (sacrifica a su ayudante con tal de inclinar la opinión pública hacia su postura).

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En la segunda parte del filme, la estructura narrativa se inclina hacia el modelo judicial. Asistimos a una serie de peroratas legales, la actuación de los cabilderos está regulada por estrictas reglamentaciones, que en el fondo no interesan demasiado pues las argucias planteadas son el Macguffin de turno para poner en aprietos al personaje. Un personaje cada vez más acorralado tras quedar expuestos sus métodos más oscuros para atraer los votos de los senadores a su causa.

Y tras casi dos horas de narración asentando la imagen de un personaje sin escrúpulos y código ético (apenas unas pocas indicaciones sobre su toma de postura contra el uso indiscriminado de las armas), a través de una exposición centrada en la jerarquía de su trabajo por encima de cualquier cosa, un giro brusco del guión basado en un engañoso truco, revierte la situación de desventaja de Sloane.

Un relato en el que se ha ido trenzando la denuncia de las cloacas del sistema democrático, en el que esas grandes corporaciones, siempre bajo el amparo constitucional, son capaces de manipular la opinión pública, influir en las votaciones de las enmiendas y gestionar fondos económicos de los ciudadanos, sometidos a una maraña de reglamentaciones de escasa claridad, se convierte de pronto en una exposición del arrepentimiento en el que quedan expuestas públicamente la manipulación de unos y otros, de los juzgados y de los que juzgan.

De esta forma prevalece la grandeza del sistema capitalista que es capaz de detectar las posibles situaciones de corruptelas. Desde los grupos de presión, pasando por los que ejercen el cabildeo y terminando por los propios senadores, la justicia consigue ajustar las cuentas con ellos, limpiando a todos aquellos elementos perniciosos que pululan alrededor de la clase política norteamericana.

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Sloane, de enfant terrible de la escena política se dulcifica para reflexionar sobre las víctimas que ha ido dejando en su camino y con un último gesto de dignidad es capaz de dejar atrás aquello que hasta ahora ha sido su obsesión. Un sacrificio para denunciar las grietas del entramado en el que ha gestado su posición privilegiada y una condena asumida como redención para partir de cero, haciendo tabla rasa de todo lo anterior. Ella misma es la causa de su situación asumiendo en su persona la inmolación para ganar finalmente aquello por lo que cree.

Las últimas imágenes del filme, mientras van apareciendo los títulos de crédito, con el emotivo piano introduciendo las notas de la banda sonora, nos muestran a una Sloane renovada, sin la seguridad del inicio y mirando de soslayo hacia el horizonte sabiendo que nada será igual a partir de ahora. El pesimismo inicial sobre el entorno político del Capitolio se diluye para apostar por los valores positivos, haciendo que el filme pierda la carga de denuncia que se había gestado en la primera parte.

Un personaje que recorre el camino de villano a héroe es satisfactorio y  mitiga el riesgo, pero por esas mismas razones también nos conduce por territorios trillados, introduciendo una contradicción entre el planteamiento original y el resultado final. Sólo queda entonces la interpretación de la protagonista, acompañada de un selecto grupo de actores secundarios, que subsisten a un guión que se aleja poco a poco del análisis crítico para encontrar acomodo en un filme de buenas intenciones.

Escribe Luis Tormo


(1) El caso Sloane es el primer guión de Jonathan Perera. Estudiante de derecho en Londres, tras acabar la carrera trabajó para un bufete de abogados. Posteriormente se replanteó su profesión trasladándose a Asia Oriental ejerciendo de maestro en por la zona (China, Corea del Sur). Y en ese ambiente comenzó a trabajar en el guión de una mujer que arriesga su carrera enfrentándose al lobby armamentístico.

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