El Círculo (2)

  12 Mayo 2017

No todo lo que reluce es oro

el-circulo-1Si en el casting de una película figuran actores como Tom Hanks y Emma Watson es difícil renunciar en verla. Y si el filme es, además, una trasposición de una novela homónima de ciencia y ficción (o, más bien, futurista) de Dave Eggers que ha tenido bastante éxito, es imposible no darle una oportunidad.

Sin embargo, los ingredientes, aunque sean buenos, no siempre están condimentados bien y esto ocurre con esta película.

El problema es que el filme de James Ponsoldt no aporta nada nuevo, no profundiza en la historia, no caracteriza bien a los personajes y repite un concepto que ya hemos visto en la televisión con Black Mirror, serie célebre que se enfrenta a las problemáticas que surgen entre hombre y tecnología. Así que la idea brillante de la película se queda parada y no suficientemente desarrollada, ni siquiera para estar a la altura de un episodio de la serie.

La historia habla de Mae, una chica como muchas, no tan satisfecha de su trabajo, que un día de repente consigue un empleo dentro de una de las empresas más importantes de su país, El Círculo. Este se revelará un lugar que intenta, en varias formas, eliminar definitivamente la privacidad de los seres humanos, observándolos y comentándolos continuamente, a través en un asfixiante control virtual.

El resultado de esta historia, sin embargo, no llega a sorprender: todo se queda en la superficie, se contenta con lo que hay, no va más allá de la evidencia. Toda la puesta en escena de la arquitectura tecnológica y virtual de la gráfica digital, de los chats, de los correos que los empleados usan para comunicar, son casi lo más sorprendente y bien hecho del filme.

Además, el desarrollo narrativo parece ser influenciado por una lógica demasiado presurosa, como cuando nos damos cuenta de que el edificio donde vive Mae, el Círculo, en realidad es una pesadilla inquietante. Pero esto ocurre demasiado rápido y ni siquiera el director se preocupa de explicar cómo puede ser posible que los personajes, incluso Mae, vivan un cambio tan repentino, como cuando decide coger el kayak de noche: nos esperábamos un efecto sorpresa… ¿Y al final? Nos quedamos con incertidumbre. ¿Qué es exactamente lo que quería hacer?

Por otro lado, podríamos considerar otro aspecto, decir que Mae se ha quedado como si fuera un autómata, así como todos los que están dentro del círculo: parece que al principio algo no le cuadra, nos esperamos que haga algún gesto o que se desarrolle alguna acción inesperada para cambiarlo y al final sí lo hace, pero en otro sentido.

El problema es que todo ocurre en muy poco tiempo: no nos conmovemos ni siquiera cuando pasa algo dramático, porque el montaje no nos permite asimilar la tragedia, la preocupación y ni siquiera la alegría. Todo se desarrolla sin la profundidad o la intensidad que merecería y por eso no empatizamos ni con la historia ni con los protagonistas.

Al final, el totalitarismo de internet que daba miedo dentro de la novela se queda como algo que percibimos casi como normal dentro de la película, porque es un aspecto que de una cierta manera ya ocurre en la época en la que vivimos, así que no hay un elemento sorpresa que nos haga reflexionar sobre el fondo de la cuestión y con la justa importancia. Todo se queda a medias: medio visto o medio hecho.

Así que El Círculo se convierte, al final, justamente en lo que Mae —durante su entrevista para obtener el trabajo en la empresa— teme más: un potencial inexplotado.

Escribe Serena Russo

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