Swiss army man (2)

  10 Mayo 2017

Un pedo siempre hace risa

swiss-army-man-1El cuerpo humano emite más de una decena de gases al día, los suficientes para llenar lo que sería un asqueroso globo de cumpleaños. Este mismo cuerpo humano, el nuestro, puede seguir tirándose pedos tres horas después de morir, antes del rigor mortis.

No sería de extrañar que Dan Kwan y Daniel Scheinert tomaran como punto de partida para su flatulenta fiesta un par de curiosidades biológicas como estas mientras inhalaban grandes cantidades de metano, y vaya usted a saber qué otras sustancias. Aunque viendo en su web la colección de sus videoclips, ya se advierte que su interés por el cuerpo, y en particular por el bajo vientre, les viene de atrás.

Hank Thompson (Paul Dano) —más que probable juego de palabras con el nombre del protagonista de Naúfrago— es un joven atrapado, de larga duración, en una isla desierta. Está muerto de hambre, sed y aburrimiento, a punto de suicidarse. Su último deseo es que no quiere morir solo. El destino, el mar o un Dios un poco cabrón, le concede ese último deseo, un compañero, un señor Wilson que le empuje a vivir y que le ayude a mantenerse a flote, que le transporte a otro lugar con mayor esperanza de vida. En la orilla aparece Manny (Daniel Radcliffe), está cadáver pero inmediatamente muestra una particularidad, su incesante aerofagia le permite desplazarse en el mar cual fueraborda. A lomos de su pedorro amigo, Hank surca los mares en busca de tierra firme, en busca de su salvación.

Ya en una nueva orilla, Hank tratará de volver a su hogar y a la sociedad. Pero no puede hacerlo solo, es incapaz de dejar atrás a su salvador, decide cargar con el cuerpo, aunque este muerto está muy vivo. Ambos emprenden un viaje de colegas, en los límites de la enajenación. Se necesitan mutuamente: Hank enseña cosas de la vida al muerto y éste le ayuda a sobrevivir.

Asistimos a una aventura de superación y maduración, de acción y de reflexión, repleta de caídas de ritmo y lagunas humorísticas, tratando de abarcar demasiados temas. Por momentos, el filme parece un canto a la vida, utilizando al cine como método de recuperación de la memoria; y en otros instantes una reflexión sobre la falta de comunicación —con los progenitores, con el sexo opuesto—.

La relación de ambos, es la de un psicólogo que va al psicólogo con un terapeuta necesitado de terapia, ambos enseñan y aprenden al mismo tiempo; juntos superan sus miedos: problemas con el padre, con la sexualidad, pérdida de la madre, aceptación, de uno mismo y del otro. Eso sí, todas estas profundidades, entre solturas de esfínteres, chistes de pajas y máximas, literalmente, de mierda: “Todos somos sacos de mierda, feos y moribundos”.

Como no sólo de gases sobrevive el hombre, Many viene de serie con más trucos que toda la saga Harry Potter, simplemente hay que descubrirlos y saber utilizarlos según lo requiera cada situación. Este hombre navaja suiza al que hace referencia el título, está lleno de herramientas: desde dispensador de agua, pasando por una buena chispa al chasquear los dedos, o incluso una brújula que, literalmente, es la polla.

Hank se llega a preguntar: ¿Es esto algo que el cerebro inventa para sobrevivir? Ojalá. De haber sido así, y todo apuntaba en esa dirección, la resolución habría vuelto al inicio, al protagonista con la soga al cuello. A ese instante en el que tu vida pasa ante tus ojos, y siendo un post adolescente repleto de traumas y taras, esta película multigenérica con un cuasi zombi, algo de romance y humor escatológico, le venía como anillo al dedo. Pero llegados a este punto, a la pareja de directores y guionistas se les aflojan los esfínteres y se desinflan buscando un último giro que sorprenda y alegre al espectador.

Alerta: alerón de coche. Es decir: destripo argumento, anticipo desenlace, reviento trama o arruino conclusión. En lugar de dejar todo el delirio en la cabeza del náufrago dejándolo morir infeliz y solo, optan por un final feliz, un final tan incoherente como innecesario. Many no estaba en la cabeza de Hank, Many es real, existe, todos lo pueden ver. Many ha sido una nani, una Mary Poppins cuya misión ha terminado y se marcha a la búsqueda de otros niños grandes que necesiten de sus talentos y de su aerofagia para salir adelante.

Los Daniels parecen remitir a su manera, al ensayo físico-teórico y metódico de 1751 de Pierre-Thomas-Nicolas Hurtaut El arte de tirarse pedos, en cuyo prólogo, Antón Ventolín postula que: «[…] Es en el mundo social donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos, ya sea para iniciar una conversación, para hacer callar a un contertulio fatigoso o como salida triunfal en una disputa dialéctica. Hay que ser claro: el pedo es un acto de afirmación existencial solo al alcance de aquellos que han conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales».

Frustraciones ventosas que resume el protagonista como: “a la gente no le gustan los pedos ajenos”, un mal aire pensarán algunos. Y sin embargo, salvo fétidas excepciones, un pedo siempre hace risa.

Escribe Israel Pérez

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