Your name (3)

  24 Mayo 2017

Los dos espíritus

your-name-1Todo en esta película es dual y, a veces, dicotómico: la relación entre dos personajes cuyo género, extracción social y ascendencia tiende a oponerse no podría ser dibujada de mejor manera. El retrato de un Japón que florece entre el respeto a sus milenarias tradiciones y la más alta tecnología no podría resultar más acertado. La todavía significativa diferencia entre campo y ciudad no podría haber sido tratada de un modo más adecuado, sin romanticismos absurdos y sin idealizaciones groseras, mostrando lo bueno de cada mundo, pero también sus asfixiantes limitaciones.

Una de las características de esta pequeña obra de arte se nos presenta igualmente como paradójica: esa tendencia de la animación nipona al detallismo, la precisión en los caprichosos juegos de luz que bailan en un hiperrealismo que se torna, por ello mismo, mágico... y a la vez, esa insistencia en los ojos redondeados que no representan con exactitud fisonómica el rostro japonés pero que han quedado ya como icono de la mirada oriental, junto con la gloriosa resistencia a la animación digital que hace aún más llamativo el altísimo nivel de calidad de sus películas.

Your name es, desde un punto de vista artístico, una delicia más que añadir al animé. Desde el punto de vista argumental, un digno entretenimiento que no rehúsa enternecernos y a veces sobrecogernos, encontrando siempre un equilibrio entre el humor, el amor y la maravilla.

La película cuenta la historia de dos adolescentes que se "conocen" mediante la autoexploración —a veces entre impúdica y risible— de sus cuerpos, posibilitada por un inexplicable intercambio de espíritus por un lado, y la interacción discursiva, tecnología móvil mediante, de sus respectivos dueños por el otro.

Esta premisa del intercambio, tantas veces tratada con desigual fortuna en la cinematografía, no sólo alcanza en manos de Makoto Shinkai altas cotas de originalidad en su tratamiento, sino que además sirve de excusa para esconder una trama mucho más sugerente que va desvelándose a lo largo de la película, de un modo tanto sosegado como abrupto —la cadente presentación de la vida y circunstancias de los personajes desemboca en un hecho inexplicable y chocante, que replantea radicalmente el tono y sentido de la película— y que constituye la verdadera enjundia de un filme que halla, precisamente en estas dualidades y dicotomías, un espacio de deleite para públicos de casi todas las edades: la vida adolescente, la naturaleza humana y la posibilidad de catástrofe deben ser reclamo suficiente para un público muy amplio que puede encontrar en cada uno de esos elementos, un motivo para el visionado de esta película.

De este modo, como hemos señalado, se combina hábilmente y de un modo casi herético, la irrupción de lo mágico en la vida cotidiana de la sociedad digital, donde no parece haber lugar para ensoñaciones místicas.

Y decimos herético porque a pesar de esta hibridación, en la película se quiere incidir en el hecho de que Japón sigue manteniendo escrupulosamente esa cesura radical entre la tradición, sujeta a rigores procedimentales más estrictos que en occidente —no veremos a samuráis o geishas con gafas o reloj, como aquí sí vemos a romanos o falleras con móvil— y el urbanismo hipertecnologizado de la competitiva sociedad moderna, ejemplificado todo esto en la intervención de uno de los personajes principales, que llama degenerado al otro por profanar un templo y su ritual, a pesar de tener que hacerlo por una necesidad imperiosa, y en el recurso visual de puertas correderas que se cierran y mantienen alejadas ambas esferas.

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Ese recurso, repetido a lo largo de numerosas escenas, sitúa el punto de vista del espectador justo entre esos dos mundos, en una perspectiva privilegiada que permite comprender el desarrollo del filme, elemento que se soslaya incluso a los dos protagonistas, que no siempre son conscientes de todo lo que está pasando en y con sus vidas.

La habilidad de Shinkai con el montaje y construcción de la historia hace que ésta acabe siendo redonda, pero no esconde el insuficiente desarrollo de algunos personajes y la resolución apresurada de algunos conflictos. Es probablemente el único "pero" que puede ponerse a una película que emociona, tensiona, divierte y sorprende sin recurrir —al menos en exceso— a pasteleos o acción desenfrenada.

Contribuye a ello su cuidado epílogo, que no por esperado, deja de ser maravilloso. Y esto es así no porque la película acabe como debe de acabar, sino porque al esperado tópico añade una intrahistoria que casi nunca hemos visto: la del encuentro de héroes que no saben que lo son, y que por tanto no ven contaminada su posible amistad con vagos y lejanos epicismos que lastrarían cualquier relación, al constituirse en referencia única y omnipresente en su vida común.

Your name concluye dejando un muy buen sabor de boca, anticipando una exitosa —y no recién iniciada, por cierto— carrera para Makoto Shinkai, que parece haber encontrado por fin un equilibrio entre el exceso místico-imaginativo y la capacidad para contar una historia que no aburra o canse al espectador con juegos visuales. Esperemos que su fulgurante éxito se constituya en acicate y no en impedimento.

Escribe Ángel Vallejo

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