David Lynch: The Art Life (3)

  19 Abril 2017

Fascinante camino en la vida y obra del director más oscuro

david lynch 1David Lynch en toda su carrera de director ha demostrado siempre ser una persona muy reservada, no sólo respecto a su vida privada, sino precisamente alrededor de su trabajo, que ya de por sí refleja el misterio y el carácter visionario que lo diferencian. En sus pocas entrevistas también ha dejado muy poco claras las intenciones de su obra tan onírica e irracional que sólo requiere nuestra propia interpretación.

Desde Inland Empire a Mullholland Drive, donde los personajes se transforman continuamente dentro de un espacio-tiempo muy poco definido, su obra cinematográfica ha sido por fin interpretada íntimamente por parte de los directores daneses Jon Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neergaard, a los cuales se les ha permitido entrar dentro de los intricados canales de la genialidad de su trabajo.

El documental David Lynch: The Art life, presentado en la 73º edición del Festival de Cine de Venecia, resume toda la trayectoria desde su exordio en el séptimo arte con Cabeza borradora. La vida artística y la vida real confluyen hacia un mismo punto que es, según Lynch, el encontrar su propio sitio en el mundo.

Todo el arte que ha aprendido durante su vida, empezando por la pintura gracias a Bushnell Keeler, padre de su mejor amigo, ha sido la inspiración para toda su obra fílmica: “Sabía que mis cuadros daban asco, (…) pero pintar era la única manera para llegar a algo”, afirma el director.

Por tanto, el relato de esta iniciación al mundo del arte es acompañado por imágenes de repertorio presentes dentro de la cineteca del mismo Lynch, que representan ventanas que se asoman dentro de su vida y de su camino de descubrimiento personal y artístico.

Lynch “se confiesa” delante del espectador, revelando algunos aspectos que se pueden encontrar como origen del nacimiento de muchos de sus largometrajes. El director nos habla afirmando sus diferentes maneras de comunicar con sus amigos en comparación con su familia, y es en este punto donde se encuentran sus miedos y sus puntos débiles.

Además, percibimos la entrada en escena de algo o alguien que no está presente en la normalidad, sino que está fuera de su orden prestablecido y se puede reconocer como su subconsciente que se transforma en imaginación e inspiración para su obra: una especie de universo onírico donde Lynch se refugia y se protege, para que todas las partes más escondidas de su ser, todo lo que él teme, sea exorcizado. Es en esta manera que hay que ver la parte final dedicada a Cabeza borradora (la única relativa al cine en sí), en cuyo backstage el director se encerró viviendo como una especie de ermitaño, donde, él mismo afirma, ha podido construir su propio imperio de la mente, a su propia manera con poco dinero.

Este documental-viaje es, sustancialmente, un retrato íntimo, un cuadro que se mueve dentro del flujo de los recuerdos de Lynch que, entre un cigarrillo y otro, muestra su verdadero genio que sale fuera con potencia y fuerza visiva. El documental intenta dar luz a los oscuros meandros de la mente de un artista tan eclético e incomprensible, tal vez también a sí mismo.

Una de las ideas básicas de Lynch, dentro de esta obra, es que “Cada vez que creamos algo este algo es coloreado por el pasado. Siempre empezamos con muchas ideas, pero es casi siempre nuestro pasado que las reinventa y transforma”. Un camino, el de Lynch, que hasta el final del documental se convierte casi en nostalgia por un tiempo-espacio en el que creó algo increíblemente suyo, desde la hipnosis de las rayas blancas de tenebrosas carreteras perdidas hasta el imperio de la mente donde sus sueños y deseos tomaban formas impresionantes y que, hoy en día, tiene que salvaguardar como hombre y director, contra las nuevas lógicas de producción mainstream que, desafortunadamente, lo han alejado de la gran pantalla.

Un precioso recorrido físico y mental que nos permitirá entender los lados más oscuros de su personalidad humana y artística.

Escribe Serena Russo