El otro lado de la esperanza (3)

  12 Abril 2017

El revés de Europa

el-otro-lado-esperanza-1En todas las entrevistas promocionales, el director de Le Havre (2011) ha explicitado la condición de arma cargada de futuro que otorga a su último filme, un jalón más en la vía Apia ideológica —y coherente— de toda su trayectoria. También ha recalcado que no será ese apartado escatológico el que otorgue dignidad artística a su artefacto.

Así pues, Kaurismäki hace gala de una lucidez que intenta plasmar en toda su filmografía. Para ello, se ampara en una distancia brechtiana, tan marxista como marxiana, aun a riesgo de acabar pareciendo marciana. El afán de denuncia, de crítica del mundo occidental en que estamos inmersos adquiere en este su último proyecto los ropajes de una defensa sin paliativos, taxativa, del derecho de acogida que se les debe otorgar a los refugiados provenientes —en este caso concreto— del avispero sirio.

La historia, el periplo concreto de uno de ellos: Khaled, le sirve como hilo conductor desde el que desplegar su relato. El director finlandés estructura una doble narración en paralelo, a partir del desembarco de dos personajes. Por un lado, el mentado Khaled surge de la bodega de un barco anclado en el puerto de Helsinki (aunque podría ser cualquier puerto del norte de Europa), mimetizado entre la carga de una materia prima que lo tizna de negro, acrecentando su tez oscura de manera esperpéntica, circense, teatral.

Por otro lado, en uno de esos apartamentos cuyas luces llaman la atención de Khaled nada más pisar tierra europea, un hombre maduro, atildado y trajeado, está ordenando una maleta: ha decidido abandonar su hogar. La despedida de su mujer consiste en depositar su anillo de casado en el cenicero repleto de las colillas de los cigarrillos que ella está fumando. Sin palabras. Sin mediación alguna. Un personaje ha entrado por la puerta europea: el puerto. El otro ha salido por la puerta del hogar.

A partir de ahora, se irá desenvolviendo la historia particular de cada uno de estos personajes que, irremediablemente, estarán condenados a cruzarse. Toda la ternura, el sentimiento y la comprensión de la cámara de Kaurismäki serán para el refugiado. Su vía crucis particular es registrado por una distancia vigilante y emocionada: su solicitud de asilo ante la policía es el inicio del engranaje para poder ser acogido.

Su ingreso en un centro de refugiados señala el arranque del proceso de solidaridad establecido entre los propios refugiados, en particular con un iraquí que será su guía y ángel guardián en este nuevo mundo. No hay ninguna arista que empañe este hermanamiento espontáneo y sobrevenido entre refugiados.

Al director no le interesa aplicar su bisturí en ese cuerpo social. Los refugiados son los perseguidos, son los parias y a ellos les concede su piedad. Una piedad brechtiana y distanciada —que no distante— que no le haga caer en lo melodramático y en la impostura buenista, una piedad que le permite tejer un crescendo dramático que nos obliga a identificarnos con su personaje. Es más, este progresivo desarrollo del sentimiento se trasvasará hacia el otro hilo conductor, hacia la otra parte de la moneda que configura el guión.

Perfilado Khaled, el director aplica su escalpelo a la figura de Wikhström y, a través de él, a la sociedad finesa, sinécdoque de la occidental. En este segmento del guión es donde el director da rienda suelta a su vitriólico humor, a una ironía tan fría que en ocasiones pasa desapercibida; a una mirada gélida, casi glacial, en medio de cuyos bloques de hielo surge una mala leche casi buñueliana, por lo absurdo y sulfúrico de su humor.

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Lo marxista —la denuncia— se compagina con el humor marxiano —del otro Marx, el del bigote. Nuestro cincuentón finés resulta ser un viajante, un vendedor de camisas que, harto de su vida, decide empezar un nuevo proyecto vital. Vende sus existencias (una posible compradora rechaza su stock porque ella misma aspira a cerrar su negocio y partir hacia México.

Primera andanada: los finlandeses aspiran a jubilarse allí de donde proceden parte de los inmigrantes que reciben. La (in)satisfecha Europa muere por el modus vivendi de los denigrados países del Sur y, tras una clandestina partida de póker —mitad homenaje al cine negro mitad parodia del mismo—, con los beneficios de la misma compra un restaurante y a sus trabajadores.

Este apartado lo utiliza Kaurismäki para explayarse, al modo marxiano, en la explotación del capital. El antiguo propietario deja pringados a sus extrabajadores, de los cuales se hace cargo nuestro protagonista, eso sí, pagando el sueldo según convenio, ni un marco más. La comedia se adueña de la pantalla, pero tan a lo Brecht como anteriormente el sentimiento.

La puesta en escena acompaña y personifica esa reificación marxista de la que hace gala el director. El cromatismo es propio de aquella pintura titanlux, un brillo tan omnívoro como opaco, tan apagado en su esplendor que subsume a los personajes. En este caso, convierte todos los escenarios en unos lugares lúgubres, teatralizados. Unos escenarios que enmarcan a unos personajes al tiempo que los dotan de una palidez entre lunática (lo irracional y mecánico, casi robótico, de su comportamiento) y cadavérica (esos cuerpos rígidos, esos gestos hieráticos, pétreos, que parecen albergar unas almas muertas).

La parquedad léxica y expresiva son ejemplos de la caligrafía de Kaurismäki, amén de instrumentos que le permiten profundizar en esa distancia congénita a su cosmovisión. A todo ello hay que añadir un anacronismo que desrealiza y resta naturalismo al enfoque adoptado: esa máquina de escribir obsoleta con que el policía toma los datos de Khaled; ese coche que conduce nuestro vendedor finlandés, propio de los años cincuenta; esos edificios constructivistas, dignos del socialismo soviético más colectivista; esas jukebox o gramola y, por supuesto, esas actuaciones en directo de grupos musicales, homenaje a la música country y a los años cincuenta. Todo ello dota al filme de cierta ucronía.

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Otros brochazos humorísticos, más bien delicadas pinceladas, lo son la presentación del plato de la casa a un comensal del restaurante: sardinas caseras con patatas (una lata de sardinas abierta, claro); la trasformación del restaurante finlandés en otro japonés, con el disfraz de todos los trabajadores y el simulacro de comida japonesa, en una muestra de que los propios finlandeses están obligados a servir y aclimatarse a los gustos de los turistas nipones, aviso para navegantes de que nadie está a salvo en este mundo globalizado.

Por cierto, también hay, de tapadillo, todo un discurso shakespeariano, cuando nuestro protagonista Wikhström replica a sus empleados con un fragmento de El mercader de Venecia (el mismo que se cita entre bambalinas, por dos personajes secundarios, en Ser o no ser, de Lubitsch). La referencia hebraica no es baladí, pues Khaled será, en otra secuencia, agredido al grito de judío, en una secuencia que tanto sirve para explicitar la inculta barbarie del agresor como para mostrar la pervivencia en la civilizada  Europa, setenta años después, de la larvada serpiente fascista.

El encuentro entre los dos personajes protagonistas, el refugiado y el finlandés, tendrá lugar simbólicamente en medio de los desperdicios, entre los cubos de la basura, siendo los puños lo primero que intercambien. A renglón seguido, el humanismo de Khaled se contagiará a sus interlocutores, que lo acogerán y cobijarán. Este gesto de solidaridad repercutirá positivamente en los mismos acogedores, en un proceso de mutua solidaridad y progreso emocional.

La conclusión de la historia permitirá descubrir la causa del abandono del hogar de Wikhström, así como la sutura de esa herida. Habrá un final feliz, una recomposición del orden roto a causa de la enfermedad del alcoholismo, una de las que más afecta a las opulentas sociedades occidentales (sí, también hasta el final Kaurismäki sostiene el bisturí). La clausura se la ofrece, como ya le ofreció el principio, al personaje de Khaled, que contempla nuevamente las luces de la ciudad, después de haber recibido en su propio cuerpo los signos de acogida de aquellos que no sólo  no quieren recibir migrantes, sino que quieren eliminarlos.

El tabaquismo será una presencia constante a lo largo de la narración y el más tóxico signo de unión entre todas las personas y los personajes. Todos fuman como carreteros. Las volutas del tabaco, la sociabilidad del acto de fumar, facilitan el encuentro. Tal vez por eso en Europa se esté produciendo una caza de brujas contra el tabaco.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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