Últimos días en La Habana (3)

  09 Abril 2017

Bullicio y silencio habaneros

ultimos-dias-habana-1El director y escritor cubano Fernando Pérez presenta su último largometraje, Últimos días en La Habana, que llega a las salas de cine con un cúmulo de premios entre los que se encuentra la Biznaga de Oro de la Sección de cine Iberoamericano, del último Festival de Málaga.

Esta coproducción hispano-cubana se terminó de filmar en el verano de 2015 y fue bien recibida durante el 38º Festival de Cine Latinoamericano celebrado en La Habana en diciembre de 2016. Cuando se proyecte en las salas de la isla a partir del próximo mes de mayo, se verificará el efecto de esta película en la sociedad cubana y habanera.

A diferencia de otras producciones del director, más cercanas al simbolismo de la historia y la cultura, ésta se distingue por ofrecer al espectador una imagen veraz de la realidad más representativa y popular de las gentes más desfavorecidas. Huyendo de visiones folklóricas o edulcoradas, esta historia enfrenta al espectador con la compleja y controvertida vida de los cubanos que luchan por sobrevivir con un mínimo de medios.

Esta película ya está lejos de Fresa y chocolate, que tanto sorprendió en su tiempo. Con un tono más melancólico describe con eficacia las transformaciones sociales que comprenden una nueva forma de enfrentarse al mundo y la inevitable relativización de los valores éticos y morales. 

El argumento gira alrededor de dos personajes de perfiles antitéticos, recurso que permite al realizador delimitar sus comportamientos y definir sus atributos. Miguel (Patricio Wood) es friegaplatos en un modesto restaurante, oficio que le desgasta y aburre hasta el punto de hacerle parecer amargado, infeliz y agobiado. La cámara lo muestra de espaldas, con los hombros hundidos, mientras sus manos dirigen el chorro de agua hacia los platos enjabonados, cuyas gotas salpican el delantal de plástico donde se han quedado pegados viejos restos de comida. Mientras las manos trabajan de una forma desganada y mecánica, la mirada de Miguel se desplaza hacia el televisor y las noticias sobre emigración a los EEUU, su sueño.

El feísmo de la secuencia sitúa al personaje en un contexto de interiores con paredes desconchadas y exteriores con edificios arruinados y calles deterioradas. Le seguimos en su itinerario cotidiano a través de calles alborotadas y bulliciosas, donde los gritos de la gente se funden con los ruidos de motores, cláxones y bocinazos.

El ambiente callejero, ruidoso y vital, que aparece en otros filmes e historias cubanas no se encuentra presente en este filme. Miguel, más que caminar parece luchar contra todo y todos, más que vivir la vida, la soporta. Su  tarea cotidiana es cuidar de su amigo Diego (Jorge Martínez) enfermo de Sida, incapacitado, dependiente y con un carácter totalmente opuesto al de su compañero.

Ocurrente, hedonista y sarcástico, Diego aporta el toque de humor, en ocasiones bastante negro, que compensa lo trágico con lo cómico. El drama del personaje que ama la vida porque está condenado a perderla se contrapone al del otro que no valora el presente en espera de un futuro incierto y  lejano.

ultimos-dias-habana-2La dinámica de la vida en esos espacios urbanos con vocación colectiva y solidaria, llamados “solares” en Cuba, se muestra como un tapiz tejido por muchas vidas y personajes que componen un mural representativo de una sociedad que se ofrece tal cual a los ojos del espectador y del visitante.

Con una sutileza que se cimienta en la solidez del guión, la historia va discurriendo con soltura y naturalidad, deteniéndose, avanzando o desviándose de acuerdo con la planificación previa. Los indicios se van distribuyendo en el tiempo y espacio de la acción, de tal forma que poco a poco van emergiendo las biografías latentes de cada uno de los personajes, sus conflictos y luchas, sus desengaños y esperanzas.

El dúo se complementa con un conjunto de tipos que pululan por las calles y habitan las casas, configurando un catálogo de personajes que pueden parecer arquetípicos pero están sacados de la realidad: la viejecita tierna, la madura enamorada y abandonada, el  pícaro que inventa historias para sacar dinero.

Aunque está presente La Habana alegre y festiva que supera con energía vital la pobreza y el caos, no es la protagonista de la película como sucede en la anterior realización de Fernando Pérez, Suite Habana (2003). Ésta es una historia donde se imponen los personajes y el paisaje es el marco, por más que la atmósfera llegue a perturbar al espectador en unas ocasiones, o a conmoverlo en otras.

El director reitera con insistencia su intención de contar un conflicto íntimo donde confluyen diversas actitudes vitales en un proceso de transformación personal, que remite también a los cambios sociales. Quizá la precisión sobre la ausencia de intencionalidad política con una historia llena de aristas, se deba a la situación del país, aunque también es cierto que estamos obligados a tener en cuenta las palabras de Fernando Pérez  al respecto: “Me interesan las ideas más que las ideologías, porque éstas tienden a convertirse en dogmas y a engendrar todo tipo de fanatismos”.

Y es cierto que ideas hay bastantes, si bien vagas y ambiguas, como las que explicarían el pasado entre los dos amigos y el tipo de relación que han mantenido, que permanecen ocultas. Se plantea el tema de una homosexualidad rechazada por la sociedad, cuando no condenada, pero en proceso de cambio hacia una mayor tolerancia; así se observa en los más jóvenes, como evidencia Yusileidis (Gabriela Ramos), el tercer vértice de un triángulo de personajes sobre el que versa todo el argumento.

También se sugiere sutilmente el desengaño de una sociedad que luchó por un sueño no cumplido de bienestar y justicia, cuyas únicas opciones son la supervivencia o la huida. Estas son las dos Cubas, representadas por Diego y Miguel, el que se queda y el que se va.

No obstante, la última escena, donde se ve a Miguel en los EEUU haciendo el mismo trabajo que en Cuba pero en un entorno más higiénico, adquiere unas connotaciones altamente simbólicas propiciadas por el frío de la nieve en su lento descenso y por el terrible silencio que evoca el vacío y la muerte.

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Y ahí queda depositada otra idea asociada al viaje migratorio como algo que desplaza a los individuos, pero arrastra con ellos sus conflictos y su particular idiosincrasia. Y siempre permanecen la solidaridad y el apoyo colectivo como recurso para superar y seguir soportando las adversidades y fracasos de la vida. Una clase de fraternidad que a Miguel ya no le  sirve.

Se trata además de un filme donde los diálogos y parlamentos de los personajes están muy cuidados, incluso podríamos decir que es una historia donde todos —excepto Miguel— hablan mucho y expresan verbalmente sus  biografías, lo que en cierto modo aproxima la película al teatro más tradicional. Pues en algunos momentos, los discursos de los personajes llenan la pantalla sin que el plano cambie ni la cámara se mueva, de forma que el lenguaje verbal sustituye al icónico. 

En este sentido, el largo monólogo final de Yusileidis, mirando a cámara y dirigiéndose al espectador, sintetiza esta particularidad. Es quizá la secuencia donde el narrador cede totalmente las riendas del relato al personaje con la responsabilidad de clausurar la historia y atar algunos flecos sueltos. Un artificio, por otro lado, demasiado fácil.

El punto de vista se encuentra a una distancia suficiente para que el espectador no se sienta demasiado manipulado, aunque eso no quiera decir que los punteados emocionales no existan, ya que la historia transcurre en el terreno del drama sin deslizarse del todo hacia el melodrama.

El ojo de la cámara suele estar fuera y lejos aunque gusta de esconderse en los armarios y atisbar desde los huecos de las puertas entreabiertas. No hay casi planos generales, pues incluso en los exteriores aparecen las figuras humanas de forma fragmentaria, ya que se prioriza la tensión de los rostros y los cuerpos sobre la totalidad del conjunto.

No en vano se trata de una película sobre personas resuelta como un relato sobre personajes. El equilibrio entre naturalismo social y sentimiento íntimo sitúa al filme en un punto intermedio, ni demasiado ácido ni demasiado dulce, donde lo molesto queda compensado por lo emotivo. Y el bullicio que todo lo llena por el vacío del silencio.  

Escribe Gloria Benito

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