Locas de alegría (3)

  29 Marzo 2017

Patología del abandono

locas-de-alegria-1Durante la pasada edición de la Seminci, el Festival de Cine vallisoletano abandonó su impronta promocional del llamado cine de autor al decantarse por premiar películas de éxito asegurado, tanto por el público al que van dirigidas como por su rendimiento económico.

Paolo Virzi, el director de La pazza giogia (Locas de alegría), galardonado con la Espiga de oro al mejor largometraje, es un veterano director y guionista, curtido en festivales en los que ha cosechado abundantes premios, desde que estrenara La bella vita  hasta la más reciente El capital humano. Sus películas se caracterizan por una más que correcta factura y un mensaje asequible para un público lo más amplio posible. Aunque se acerca a temas de interés, como las carencias de una sociedad basada en valores  económicos (El capital humano), nunca llega a profundizar hasta el punto de perturbar al espectador.

Sin el realismo trágico de Milos Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, 1975) ni la oscuridad tenebrosa de Shutter Island (2010), la fallida versión de Scorsese sobre la novela de Denis Lehane, Virzi se mueve con soltura y eficacia por el territorio de la tragicomedia. Integrando sufrimiento y compasión en escenas hilarantes hace aflorar la crítica política y el mensaje moral.

El argumento desarrolla la disparatada huida de dos mujeres, internas en la Clínica Psiquiátrica Villa Biondi, al norte de la Toscana. Ambas arrastran traumas causantes de sus respectivas psicosis y patologías, que irán desvelándose ante el espectador mediante una acertada dosificación de indicios que evidencian sus contrastadas personalidades.

Beatrice Morandini di Valdirana (Valeria Bruni Tedeschi) actúa como una alocada, vitalista, extrovertida y parlanchina condesa, que evoca e intenta recuperar el hedonismo consumista propio de su clase. Por el contrario, Donatella (Micaella Ramazzotti) es el reverso de la moneda: abandono familiar, drogas, prostitución y abusos.

Perseguidas por los representantes institucionales, su huida hacia delante tiene mucho de road movie sin salida por una Toscana nada idílica, con homenaje explícito a Thelma y Louise. El contraste de personalidades tiene su correspondencia en dos físicos también contrapuestos: Beatrice es esbelta, elegante, rubia, simpática y camina erguida, dispuesta a dominar el mundo. Adriana es desgarbada, morena, esquiva y se muestra encogida y abrumada por un conflicto secreto.

Mediante esta antítesis, Virzi  nos habla de dos Italias, una rica y otra pobre. Y aunque ambas se encuentren igualmente avasalladas por los cambios surgidos de la crisis económica, las tropelías del BCE y el individualismo vertiginoso e invasivo, no sufren de la misma manera. Beatrice representa una idea de la felicidad basada en las diversiones y el dinero, mientras que Adriana es víctima de la penuria, la impotencia y la pérdida. Imaginativa, rebelde y decidida como don Quijote, la primera arrastra a la segunda en su delirante aventura, pero ésta —a diferencia de Sancho— no se deja  seducir por los divagantes y apasionados discursos de Beatrice.

Uno de los escasos primeros planos de la película enfrenta los perfiles de las dos mujeres, cuyas miradas expresan en silencio la soledad de sus vidas, la inevitable verdad que ninguna copa de champán podría ocultar. “¡Mentira! Tu dinero no sirve para nada”. Estas palabras, pronunciadas por una Adriana atormentada, reflejan la lucidez que se impone a la esquizofrenia de una y a la bipolaridad de la otra. Aunque  resulta tan irónico como coherente que sea el dinero burgués el que propicie un desenlace dulce y esperanzador para ambas.

locas-de-alegria-3

Como en otros filmes de Virzi, éste contiene cierta dosis de crítica política y social. Por un lado plantea discretamente la discusión sobre las diferentes terapias para tratar las enfermedades mentales, entre las que se reducen a la aplicación de leyes y fármacos, y las que proponen otras formas de rehabilitación. Del mismo modo, la culpa se distribuye entre el estado, la sociedad y la familia, a medida que se va descubriendo el misterioso hecho causante de la dolencia de Adriana.

Finalmente, todas las piezas de la historia encajan en el lugar previsto por un guión cuidadosamente elaborado, donde el sistema y el orden se imponen a la anarquía aparente de las imágenes. Pues si algo hay que reconocerle a Virzi es su maestría para distribuir planos y encuadres en función de las exigencias de la historia.

Mediante la cámara al hombro sigue en larguísimos y arriesgados travellings a uno o varios personajes, cambiando rápidamente el foco para abarcar unas veces la perturbación de los internos, y otras, la agitación tumultuosa de las discotecas. Si al rápido y continuo movimiento de la mirada se unen unos diálogos chispeantes, dinámicos, ocurrentes y llenos de sentido, el resultado es, como dijimos al principio, una tragicomedia de tono contenido, entre la hilaridad, el absurdo y la crítica.

Pero, sobre todo, el director no corre riesgos respecto a la adhesión del espectador, que disfrutará de una historia sin fisuras para la duda, la pregunta o la interpretación. Pues todo está contado y explicado, con el énfasis oportuno para cada emoción, cada sentimiento, cada idea. La combinación de entretenimiento y reflexión, debidamente puntuados, conforma un argumento que se desarrolla sin sobresaltos y culmina con un final muy gratificante para salir del cine con buen sabor de boca y una sonrisa.  

Escribe Gloria Benito

locas-de-alegria-2