Land of mine (Bajo la arena) (2)

  27 Marzo 2017

Nazis inocentes

land-of-mine-1Con algunos premios a sus espaldas, y con la nominación al Oscar para mejor película de habla no inglesa, se estrena Bajo la arena, de nacionalidad danesa y coproducida, entre otras instituciones, por la televisión pública alemana ZDF. Se trata de un alegato antibelicista ambientado en las playas occidentales de Dinamarca, donde se obligó a los prisioneros alemanes a retirar, con gran riesgo para sus vidas, las minas que previamente su ejército había sembrado.

Lo primero que llama la atención es la perspectiva adoptada. Acostumbrados como estamos a ver en los nazis la encarnación del mal, aquí son considerados como víctimas, diríamos incluso víctimas inocentes. Los primeros planos no dejan lugar a dudas. Mientras el sargento danés ejerce una violencia gratuita e incontrolada sobre unos prisioneros sin la mínima posibilidad de defenderse (vengando pasadas afrentas, entendemos, aunque esa comprensión no basta para justificar sus excesos), el contrapunto viene dado por los rostros asustados, y con los rasgos de la inocencia que confiere la extrema juventud, de los cautivos, los que van a ser utilizados en la peligrosa tarea de las playas.

Pero esto va a cambiar. No en la parte alemana, que va a mantener su candidez, alejada de todo atisbo de rebeldía, ajena incluso a sentimientos de desaprobación por el trabajo al que se les obliga y por las condiciones en las que se encuentran, las cuales, si acaso, suscitan respetuosas solicitudes a los carceleros. Esta imagen angelical pretende funcionar en un doble sentido. Por una parte situar el horror nazi en un centro irradiador que hizo de la periferia, por ejemplo ésta que aquí nos encontramos, una víctima más de su maldad, y por otra preparar el terreno para la conclusión que se adivina ya desde el principio: el hermanamiento en la bondad más allá de las diferencias nacionales.

Los alemanes, por tanto, basta que permanezcan en el lugar que desde el inicio se les asigna. No así el sargento danés, que ha de recorrer un largo trecho para encontrarse con los otrora enemigos y finalmente hermanos. Y a fe que lo hace. De manera rápida y contundente.

Era previsible. Sabíamos que tenía que ocurrir. Pero podía haberse hecho mejor. Sorprende el contraste entre la dureza del inicio y el colegueo en el que se cae. A fuerza de buscar un detonante que haga más digerible el tránsito, podría apelarse al accidente de uno de los jóvenes, con la dura amputación de sus brazos. Sería pues la sangre la que mueve a recapacitar, aunque tal efecto no aparecía ni por asomo en la derramada por el prisionero al que propina la paliza por mancillar la bandera danesa.

Aquí reside uno de los problemas de la película. Ese hombre tosco y vengativo habría requerido una encarnadura algo más sólida. Su transformación es precipitada, idílica, facilona. Como si la guerra de la que proviene no fuese sino un sueño del que de pronto se despierta, asumiendo sin problemas su carácter ficticio. Como si ya no hubiera secuelas que le recordaran la realidad.

Esta precipitación agota el recorrido de la película. Con ella se delata la escasa profundidad de su planteamiento, su raquítica estructura. Es por ello que no queda otra salida que la reiteración de los hechos. En una especie de ritornello la maldad y la bondad, la rabia y la toma de conciencia, vuelven a alternarse para concluir en el lugar en el que ya sabíamos que concluirían. La muerte del perro suscita de nuevo los peores sentimientos en el guardián, pero con la certeza de su carácter pasajero, como así ocurre. Sirve también como endeble metáfora de los malos tratos. La reacción del sargento y la posterior humillación a la que somete al soldado obligándole a adoptar la función del can testimonian la degradación a la que se somete a la condición humana, por debajo de la animal. Puede ocurrir, sin embargo, y así son los tiempos que corren, que tal metáfora no tenga todo el poder que se buscaba al establecerla. La asimilación de hombres y animales, lejos de ser un desdoro para lo humano, lleva camino de convertirse en un derecho, si no en un privilegio para los bípedos implumes. Un buen ejemplo de cómo el contexto modifica el valor significativo del lenguaje.

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La limitada y anunciada precariedad de la estructura fílmica se intenta rellenar con la tensión que el peligro debe introducir en la cotidianidad. En un primer momento funciona, de tal modo que cierta atmósfera angustiosa parece crearse. Pero también este recurso se agota rápidamente. Cuando los aprendices de desactivadores están ensayando con las minas reales se tiene la certeza de lo que va a suceder, y sólo genera interés la deliberada demora de la explosión. A partir de ahí todo es cada vez más habitual, de modo que la intriga, a fuerza de integrarse en lo esperado, acaba neutralizándose.

Y desde ahí hasta la resolución final, hecha con un descuido (la niña, personaje creado expresamente para poder ser salvada, al tiempo que ejerce una función desatascadora del agotado relato, la rebelión del sargento, ajeno a posibles represalias, la facilidad de la huida…) que no diremos que desmerece al resto de la película, sino que más bien la completa.

Una obra más sobre los buenos sentimientos, lo cual no bastó para alcanzar el Oscar al que optaba. Aunque sí que sirvió para que los alemanes, siquiera sea a través de la participación de la ZDF, se permitieran una consideración de los nazis ajena a la depravación absoluta. Cierto que tal visión juega con las cartas marcadas. Se sustenta en unos rostros imberbes y elude todo análisis del mal y la posible inocencia. Pero en todo caso su inquebrantable mala conciencia, su sentimiento de culpabilidad, parece encontrar algún respiradero.

Sin embargo tal variación del punto de vista no basta para derrotar al maniqueísmo, pues no se trata tanto de qué se dice, sino del modo en el que se dice, de la complejidad que debe subyacer a la simpleza y que aquí está ausente.

Escribe Marcial Moreno  

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