Doña Clara / Aquarius (3)

  21 Marzo 2017

Armas de mujer

dona-clara-1Doña Clara es todo un personaje, conocida y amada por cuantos la rodean. Es una excrítica musical de Recife de 65 años que vive retirada en un edificio particular llamado Aquarius. Éste fue construido en la década de 1940 sobre la Avenida Boa Viagem, uno de esos paseos marítimos que bordea el océano y que había vivido un periodo de esplendor.

Un importante promotor ha comprado todos los apartamentos, pero ella se niega a vender el suyo aunque la acosen con diferentes métodos. Doña Clara querrá entonces emprender una guerra fría contra la empresa que la acosa. La estresante situación le perturba y le lleva a pensar en su vida, en su pasado, en sus seres queridos y en la vida que le queda por vivir. Doña Clara empezará a querer vivir aún más intensamente en los años de veteranía que le quedan y no dudará en afrontar todo tipo de situaciones.

Como podemos apreciar por la descripción argumental de la cinta, la película arranca con la excusa argumental de que a Doña Clara pretenden hacerle una oferta suculenta para que abandone su amado apartamento y, en cierto modo, nos dejamos llevar por la idea de que la cinta rondará los vericuetos de la pugna inmobiliaria y se centrará en los enfrentamientos entre el personaje individual y la fuerza colectiva. Pero lejos de eso, y expuesto ya el enunciado principal, el motor de la acción pasa a ser el personaje de Doña Clara y ahí entramos en la verdadera grandeza del filme.

Si bien es cierto que en la última media hora, de un filme de casi dos horas y media, volveremos a la tiranía de las presiones y acciones inmobiliarias, entre el prólogo y el epílogo está la joya en bruto, esa joya llamada Sonia Braga, que muy posiblemente alcance aquí una de las cimas interpretativas de su carrera. Porque el principio, el grueso y el final de Doña Clara es precisamente Sonia Braga y lo que hace Kieber Mendoza Filho es filmarla con el mayor amor y delicadeza.

Una carta de amor

Desde luego, el director y también creador de este relato tenía claro que Doña Clara no iba a ser una cinta sobre litigios y fincas. Para nada. Lo que ha rodado es un bellísimo retrato de mujer, de una mujer que goza de una madurez considerable, que vive en perfecta armonía con su vida y con su soledad y que ha sido operada de cáncer de pecho y pese a ello es una mujer que sabe gozar de la vida y los pequeños placeres que ésta puede ofrecer.

Por supuesto, Mendoza Filho sabe encuadrar a Clara, sabe fotografiarla en hermosos planos, sabe ponerle la música adecuada, sabe seguirla con la cámara y sabe crearle una carta de amor que es enviada en el mismo momento en que la está filmando. Como resultado, el retrato es inmenso, como inmenso es el estar viendo el desfile de una mujer como Braga en pantalla.

Parece que el filmar y observar a Sonia Braga mimetizarse con este increíble personaje bastaría para justificar un filme de duración considerable. Es como si observar a Doña Clara en su devenir de los días, vistiéndose, maquillándose, mirando por la ventana, soltándose el pelo o tomándose unas copas de más sea suficiente para que la grandeza de esta cinta se evidencie por los cuatro costados.

Más allá de ese torrente de poder magnético que desprende el personaje principal, por supuesto Doña Clara también puede interpretarse como una suerte de pequeña parábola social sobre la degradación del Brasil contemporáneo, la brutalidad del gran aparato inmobiliario por el que el grande que se come al pequeño o sobre la supervivencia al paso de los años y el cambio de los tiempos pretéritos.

Pero es en cada gesto, en cada ademán, en cada mirada, donde la cinta revela su verdadera belleza, elegancia y sutileza. Amén de ser toda una lección de entereza, diplomacia e integridad que no solemos ver en pantalla grande con una plasticidad tan serena, tan calmada y tan sensual.

Desde luego, el nombre de Doña Clara debería permanecer con todos nosotros para recordarnos quienes hemos sido y quienes somos ahora.

Escribe Ferran Ramírez

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