El guardián invisible (2)

  15 Marzo 2017

Más eficaz que creativa

el guardian invisible-1El cine y la literatura actual se retroalimentan, quizás, mucho más de lo que debieran. Tanto que muchas novelas de las últimas décadas parecen escritas para ser llevadas a la pantalla más que para ser disfrutadas como puro texto literario. Son historias que tienen estructura, estilo, ritmo y diálogos que delatan una permeabilidad tan profunda del lenguaje cinematográfico que dejan a la adaptación pocas posibilidades de maniobra creativa. El guardián invisible es una de ellas.

La película es la adaptación de la obra homónima de la ganadora del premio Planeta 2016 Dolores Redondo, publicada en 2013 con gran éxito editorial. Forma parte de la llamada Trilogía del Baztán, que completan Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta, una serie de novelas de género negro ambientadas en este valle navarro. Todas tienen como protagonista a la inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra Amaia Salazar (Marta Etura), una joven profesional muy competente con un pasado traumático con el que tiene que lidiar mientras investiga los distintos casos que componen la trilogía. En esta primera entrega se enfrenta a un caso de asesinatos en serie de niñas adolescentes que la obligan a volver a Elizondo, su pueblo natal y lugar de origen de sus peores pesadillas.

La cualidad de “demasiado cinematográfica” de una novela no es necesariamente negativa, si no fuera porque muchas de ellas agotan su encanto en la lectura, y su posterior adaptación audiovisual no hace sino enturbiar el poso dejado en la mente de cada lector. Por eso, es función del cineasta hacer que la película funcione como obra exenta, autónoma, deslindada de su referente y conseguir, sin desvirtuar el espíritu del original, aportar algo propio para atrapar al espectador neófito, que suele ser la mayoría, y no decepcionar al que conoce la novela, aunque con éste puede que lo tenga algo más difícil.

Fernando González Molina, el experto director navarro de best-sellers como Tres metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o Palmeras en la nieve (2015), ha sido el encargado de adaptar este nuevo éxito literario con un propósito más eficiente que creativo.

Sin olvidar que una película nunca es la novela que su autor imaginó por muy fidedigna que sea la adaptación, El guardián invisible no logra en ningún momento que olvidemos el original. Seguramente porque esa es su intención. Por eso, a los espectadores que les haya gustado la novela, puede que la película no les decepcione. A los que no, seguro que sí. No porque la adaptación divague, sino porque le parecerá que la película que imaginó en su mente mientras leía ya colmó sus expectativas.

El público que no ha leído el libro se va a encontrar con un thriller ortodoxo, una trama muy ambiciosa que combina la intriga criminal con el suspense psicológico, el elemento fantástico con el drama familiar, una temática incómoda, protagonistas reconocidas —como Marta Etura, demasiado distante, o Elvira Mínguez, inmensa siempre— y secundarios a la altura, una buena ambientación, además de una realización impersonal pero efectiva, a ratos confusa, precipitada y poco profunda.

El guion literario, a cargo de Luis Berdejo, es escrupuloso y prolijo con su referente, a pesar de que ha suprimido pasajes, personajes, pensamientos… y ha restructurado las tramas principales para agilizar la narración. Nada relevante que repercuta en el desarrollo del argumento principal en detrimento de las tramas secundarias, aunque haya tenido también que forzar el desenlace. Sin embargo, los diálogos pecan de excesiva literalidad. Escritos funcionan pero en boca de sus intérpretes parecen forzados, poco naturales.

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Lo mejor de la película es sin duda su presentación. Sin ser innovadora, crea en la primera secuencia el tono misterioso y conflictivo que la historia necesita. Un inicio nocturno, de película casi de terror, con tonos fríos azulados y lluvia incesante, nos va adentrando en un bosque tenebroso, casi irreal, de atmósfera neblinosa —un lugar inquietante que tiene vida propia como descubriremos más adelante—, cuyo recorrido desemboca en el cauce de un río sobre cuyas piedras yace el cuerpo desnudo de una niña muerta. Con esta presentación oscura y ominosa, González Molina nos introduce en el clima perturbador, metáfora de una realidad aciaga e incierta trascendida por lo sobrenatural, que teñirá toda la narración.

Aquí acaba la magia y empieza lo demás.

La protagonista de la historia es una mujer seria, inteligente e intuitiva en su trabajo, cuya autoridad es difícilmente aceptada por algunos de sus subordinados masculinos. No así por su joven ayudante y más cercano colaborador Jonan (Carlos Librado) en quien encontrará también respeto y complicidad. Bajo esta aparente seguridad en su interior subyace el alma de una niña herida por un drama familiar traumático que explota en plena trama policial haciendo añicos su frágil coraza.

Debatiéndose en esta dualidad (fortaleza-vulnerabilidad) la protagonista emprende el mítico viaje del héroe, heroína en este caso, evolucionando a través de las distintas etapas y entregas de la saga —combatiendo el mal, enfrentándose a propios y ajenos, asesinos y fantasmas reales e imaginarios, supersticiones y mitos, siempre asesorada por su mentor americano—, hacia la resolución de los distintos casos y a la renovación personal definitiva, que en esta primera entrega queda en suspenso.

Sobre esta búsqueda personal y profesional planea en la historia otro viaje a las profundidades del subconsciente colectivo que conecta con un mundo invisible de criaturas fabulosas protectoras de lo natural que anidan en creencias ancestrales. Un universo fantástico incardinado en un entorno rural real, proclive a la proliferación de leyendas y supersticiones, que el texto se decanta por obviar difuminando sus contornos.

Es en este aspecto donde la película, en un exceso de celo por desvelar con nitidez la naturaleza de lo mítico-sobrenatural, disipa de forma rotunda la magia creada en la imaginación del lector-espectador. Una falta de coherencia significativa si tenemos en cuenta que no respeta la cualidad del legendario guardián al que alude el propio título. 

Escribe Leo Guzmán

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