La tortuga roja (3)

  08 Marzo 2017

Naturaleza y magia

la-tortuga-roja-1Mucho se ha escrito sobre la supuesta desaparición de Studio Ghibli del panorama de la animación cinematográfica. Sin embargo, muchos no dejamos de advertir que tal desaparición no era sino una transformación. Esta película, La tortuga roja, es la prueba.

La productora de Takahata y Miyazaki se ha lanzado a coproducir internacionalmente, hermanándose con realizadores afines, como dando coherencia al mensaje subyacente en la mayor parte de sus películas de que la humanidad es una, inseparable de la naturaleza y custodia de poderes mágicos vinculados a la creación.

No podían haber elegido para esta primera incursión a mejor colaborador que Michel Dudok de Wit; no sólo por su particular talento —que a pesar de ser notable, no siempre consigue acertar en el tono, con un minimalismo gráfico que a veces se muestra sobrecargado de lírica— sino porque las formas y la temática de sus obras coinciden con la de la mayor parte de las obras señeras de Ghibli.

En efecto, la querencia por la música clásica como acompañamiento sonoro principal, el gusto por los paisajes de sobrecogedora belleza natural, la adaptación de la línea clara a las nuevas tecnologías, sin abandonar la animación clásica de lápiz, tinta y papel, dan forma a historias de profundo calado humano y ecológico, con un trasfondo de emotividad familiar, alejado de estridencias y efectismos de gran parte de la animación estadounidense.

Dudok de Wit es conocido por haber ganado un Oscar al mejor cortometraje por Father and Daughter, una obrita deliciosa que condensa lo mejor de su cinematografía con el equilibro necesario para no resultar pedante. Hay mucho de Father and daughter en La tortuga roja: su alegoría sobre la vida, sus metáforas sobre la muerte; ese tenebrismo invertido de paisajes luminosos y sombras alargadas que son personajes en sí mismas; pero también es plenamente reconocible la impronta Ghibli en la irrupción de esa suerte de realismo mágico japonés en lo que parecía ser una simple historia de náufragos.

El resultado, por tanto, es notable en lo técnico, lo estético y lo narrativo, de manera que no podemos sino saludar esta colaboración y desear que siga produciéndose.

La tortuga roja es, como cabía esperar de una obra de Dudok de Wit, una obra minimalista, parca en acción y totalmente vacía de diálogo. Al principio sólo un personaje llena la pantalla: un náufrago que se enfrenta a la vasta soledad de la vida consigo mismo, pero que acaba por entablar un emotivo diálogo —no siempre amistoso— con la naturaleza.

De cómo se logra esta transición hay mucho y muy bueno que hablar: lo que comienza como un intento de escape de la isla que lo tiene aprisionado, va tornándose en una aceptación que es casi un enamoramiento. La isla se muestra como una entidad dual, que proporciona vida y al menor descuido puede dispensar la muerte; es ésta una dicotomía narrativa que no se abandona en todo el filme, y que le hace alcanzar las mayores cotas de tensión y ternura.

Poco a poco, tras una serie de curiosas desventuras, se hace posible la aceptación de un destino al que el que el náufrago intentaba escapar, pero que mediante un asombroso giro se muestra como necesario.

En ese momento la percepción de la película cambia, y ya no nos hallamos frente a una simple historia de náufragos. Irrumpe la consabida magia y ahora la historia se devela como parábola; una alegoría completa que adquiere sentido de principio a fin, tan elemental como la vida misma.

Es cierto que precisamente por esto la película peca de sencillez: el mensaje es muy evidente y no profundiza en conflictos que podrían haberla hecho más compleja y completa.

Hay que decir, sin embargo, que acaso esta película no alcance excelencias poéticas ni anhele sentidos herméticos, pero es indudable que su emotividad llega a casi todos los públicos y por ello no aburre a pesar de su simplicidad. Ayuda, desde luego, el hecho de que sólo dure una hora y veinte minutos.

Así, la sensación que se tiene cuando se sale del cine es la de haber contemplado un espectáculo sereno y no exento de sentido, pero sin grandes cargas teóricas. Es como contemplar un cuadro agradable que no renuncia a transmitir emociones.

Visto esto, y según los antecedentes de cada partícipe, pareciera que Dudok de Wit hubiese llevado gran parte del peso narrativo y Ghibli hubiese hecho suya la responsabilidad estética. Habiendo sin embargo mucho de ambos en cada apartado, no dudamos de que de invertirse la ecuación, el resultado quizá hubiese sido pleno.       

No obstante es un buen comienzo, un digno trabajo. Esperaremos a ver qué nos depara el futuro.

Escribe Ángel Vallejo

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