Felices sueños (2)

  21 Febrero 2017

Cercados por la muerte

felices-suenos-1Marco Bellocchio es otro de los veteranísimos cineastas que siguen fieles a su oficio. Con setenta y ocho años a cuestas nos ofrece Felices sueños, una reflexión sobre la muerte con la que, como ha declarado, la pertinaz biología le hace sentirse cada vez más familiarizado.

Basada en la novela autobiográfica “Me deseó felices sueños” del periodista Massimo Gramellini, recoge la historia de los efectos que tiene sobre un niño, y su proyección en la edad adulta, la muerte inesperada de su madre.

La manera que tiene la película de afrontar esta situación es sobre todo descriptiva, con muy pocas concesiones a una narración que transporte la historia más allá de la piedra fundacional sobre la que se edifica. Tal descripción está hecha a base de brochazos que por vía acumulativa van constituyendo el carácter que finalmente se quiere construir. Se recurre así a la descomposición del relato en pequeñas piezas que se van intercalando sin respetar el orden cronológico (tan sólo la música sirve de tenue referencia orientadora de ese paso del tiempo), de forma que la visión de conjunto que se obtiene evita un progreso lineal, acentuando la sensación de una persistencia, más allá del tiempo transcurrido, del hecho inaugural.

La muerte, a pesar de su carácter puntual, se expande en el tiempo. Massimo quedará marcado para siempre por su irrupción, y la cámara se esfuerza en escrutar los efectos que deja en su rostro, en su comportamiento. En definitiva, en su vida.

Pero es más que eso. Cuando se entra en contacto con su muerte ésta aparece por todas partes. Está en Sarajevo, por supuesto (no parece tener otra función toda la secuencia desarrollada allí), y ya la primera imagen de su estancia como periodista en aquella guerra tiene como fondo un cementerio. Pero lo está también en la vida cotidiana, como el estadio del Torino que se ve desde el balcón de su casa, y que evoca la tragedia que acabó con la vida de dieciocho de sus jugadores. El campo siempre presente, los homenajes que cada año se les tributan o el gran mural que a modo de recordatorio preside la sala de reuniones de la redacción del periódico donde Massimo trabaja son el correlato público de la íntima desolación del protagonista.

Esa carencia tiene un reflejo simbólico en su incapacidad para bailar. Esta fue una de las últimas actividades que realizó con su madre. Pero con su desaparición ya no es capaz de hacerlo hasta que parece reconstruir su vida con la médico que conoce en el hospital. No lo hace cuando visita a su amigo preadolescente fascinado por el rock (le molesta el volumen excesivo de la música), ni en la discoteca donde baila su joven novia, ni en Sarajevo, cuando sus compañeros aprovechan la tenue luz de las velas. La felicidad, la que se mostraba en el baile con su madre, desaparece por completo. Como lo hace la grandeza del equipo de fútbol, que nunca volvió a ser lo que fue. Como en un momento se dice, el accidente dejó su huella permanente en el futuro.

El resultado es una búsqueda, infructuosa, y un estado de ánimo. La búsqueda es la de la madre, insinuada en la similar fisonomía de las mujeres que se cruzan en su vida (también en la joven novia de su padre), y que se resuelve de mala manera hacia el final de la película. Y un estado de ánimo que se desprende de la atmósfera opresiva que poco a poco se va construyendo en la película. Una visión general que, a trancas y barrancas, se consigue, pero que queda un poco dilapidada por querer ofrece un cierre que resulta del todo innecesario, además de forzado.

Y es que si nos centramos en los detalles reconoceremos cómo la película abusa de las evidencias, de los acentos. La reacción del niño ante la muerte de su madre es desmesurada, no en el dolor, sino en el modo en que se manifiesta, y ahí está esa especie de discusión teológica que afronta a su tierna edad, y por donde aparece incontenible el deseo del director de establecer sus posiciones ideológicas, aún a costa de la credibilidad.

En este punto resulta muy ilustrativo comparar este pasaje con otro similar de Manchester junto al mar, de reciente estreno. En ambos casos se trata de una pérdida del progenitor, pero la película de Lonergan muestra la reacción del hijo con una sutileza y una concisión que Bellocchio no tiene, y sin por ello minimizar la dimensión del dolor. Hay una escena incluso que es casi calcada, aquella en la que el niño de Sarajevo juega con su maquinita cuando su madre acaba de morir. Pero aquí resulta tan enfática, tan artificial (la rectificación de la posición del niño para arreglar el encuadre del fotógrafo) que resulta ridícula.

Mención aparte merece la elección del actor que interpreta al padre ya viejo (?). Quizá haya que verlo como un paso más en el esfuerzo de conseguir una abstracción que anule las particularidades temporales y que reincida en la irrelevancia del paso del tiempo para el drama que se describe. Pero de no ser así nos encontraríamos ante uno de los mayores errores de casting de la historia del cine. O al menos de caracterización.

La resolución de la película presenta más que problemas. Durante toda ella se nos ha ido insinuando la manera en que murió la madre. Y todos lo hemos entendido excepto el protagonista. Y eso que su profesión es la de periodista, ocupado por tanto en indagar en la realidad. Pero la manera que tiene de averiguar la verdad, con ese recorte de periódico que siempre estuvo a su alcance, aunque no se sabe con qué propósito, llegados a este momento, es como mínimo absurda. Como más arriba decíamos, parece como si fuera necesario dar una salida al opresivo calabozo que poco a poco se ha ido edificando.

Habría bastado el mejor momento de la película, su resolución, donde de una manera elegante se nos muestra el verdadero origen del dolor. No se trata de la pérdida, sino de la consciencia de la pérdida. Dicho de otra manera: nosotros somos ese dolor, ese miedo, ese desamparo.

Escribe Marcial Moreno

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