Como perros salvajes (1)

  20 Febrero 2017

Cuando los buenos actores no alcanzan

como-perros-salvajes-1Una trama simplista y poco creativa lleva al aburrimiento. Los primeros minutos de Como perros salvajes intentan sin éxito pegarle un cachetazo al espectador para mantenerlo en vilo durante toda la película. Ese efecto, que al principio abruma por su violencia escénica,  se diluye demasiado rápido. Si a esto le sumamos planos groseramente copiados de Tarantino y Oliver Stone en Natural Born Killers, no nos queda demasiado.

Como perros salvajes es una película de chicos malos. Una banda de ex convictos que deben llevar adelante el secuestro de un recién nacido. Ese nivel de incoherencia argumental estaría bien para una comedia de dudoso gusto, como las que alguna vez hizo Schwarzennegger con Danny de Vito. El problema es que en esta película quiere ser algo serio. Ni humor, ni sarcasmo funcionan a ningún nivel en el desarrollo. El espectador debe soportar una galería de brutalidades que están lejos del gore bien entendido y demasiado cerca del ridículo.

El trío principal de actores, encabezado por Nicholas Cage, hace lo que puede con diálogos  pretenciosos y sin potencia. Si bien muchos entendidos cuestionan la calidad actoral de Cage, en este caso demuestra con su presencia en pantalla e intenta salvar lo insalvable. Lo mismo ocurre con el personaje de Willem Dafoe, de lejos, de lo mejor de la película. El conflicto interior del personaje de Dafoe es llevado al extremo, en una carrera interminable con su propio cerebro por entenderse a sí mismo. Su despliegue actoral tan variado y creíble hace pensar seriamente en que sus razones fueron únicamente económicas para afrontar semejante fiasco.

Cage tampoco lo hace mal. A título personal lo entiendo como un muy buen actor demasiado castigado por la crítica que pretende lo sublime en cada gesto. Cage no tendrá los recursos de Dafoe, pero reluce su presencia como gangster de poca monta desesperado por tener una nueva oportunidad en ese universo.

La tercera pata es Christopher Matthew Cook, casi un desconocido frente a los otros dos tanques. No desentona pero se le nota el peso de estar actuando palmo a palmo con ellos. Su personaje de gorila callado y traidor no va más allá de eso.

Éramos una familia”, dice en un momento el personaje de Cage y la pantalla cae en un flashback en que los tres grandullones juegan a apretar y echarse encima pomos de kétchup y mayonesa en la habitación de un hotel cinco estrellas, como si estuvieran en una pijamada bizarra.

Los guiños al cine negro hollywoodense de los años 20 no quedan claros, o se explican demasiado. Un homenaje de dudoso gusto a Humphrey Bogart que se asemeja más a una discoteca psicodélica en planos bien logrados, conlleva a un desenlace mediocre, como casi toda la hora y media que dura la película.

La música acompaña los momentos de acción en buena forma. El montaje es correcto y hay un buen trabajo de edición. Sin embargo la película decae en el argumento general. Algunos diálogos están bien logrados, sobre todo en los que aparece Dafoe, pero es más un mérito del actor que otra cosa.

Clubes nocturnos, disparos, drogas, dinero y cadáveres alimentan al espectador deseoso de que ocurra algo un poco más profundo. No hay nada nuevo bajo el sol en la nueva película de Paul Schrader, tan sólo una liviandad que apenas alcanza para pasar el rato.

Escribe Mariano Cervini

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