Vivir de noche (0)

  02 Febrero 2017

Gangsters sin ritmo

vivir-de-noche-1Cabe reconocerle a Ben Affleck su constancia como director. Desde la primigenia Adiós, muñeca, adiós (2007) —título de explícita ascendencia chandleriana—, pasando por The town: Ciudad de ladrones (2010) y Argo (2012), hasta la que aquí nos ocupa —la inane Vivir de noche—, su pertinacia artística ha oscilado entre la irregularidad y la mediocridad, para desembocar abiertamente y sin tapujos en la más mísera nada, pues no otra cosa es el crimen perpetrado en su última película como director (amén de protagonista y de coguionista), junto con el autor de la novela que sustenta dicho guión: Denis Lehane, con quien ya había trabajado anteriormente.

En tanto en cuanto Affleck acapara tantas facetas, ha de ser el último y principal responsable del despropósito que ha erigido. Denis Lehane también tendrá su cuota participativa pero no preferente, pues mientras que Scorsese naufragó en la adaptación de su novela homónima Shutter Island (2010), el inconmensurable e incombustible Clint Eastwood acertó de pleno en la puesta en imágenes de otra novela de aquél: Mystic River (2003).

Affleck ha pergeñado una película vintage, su particular homenaje al cine de género negro, subapartado gansteril: a James Cagney, Edward G. Robinson, Humphrey Bogart, Paul Muni, actores cuya carrera se inició en tal registro, o a directores como el inmenso Raoul Walsh. El resultado está en las antípodas de la garra, el nervio, el ritmo y la fuerza que desprendían los fotogramas de los susodichos.

Affleck ha diseñado una puesta en escena que desde el primer minuto expulsa de su película a cualquier espectador que ame mínimamente el cine. Todo en su filme es un naufragio, empezando por el casting. Nada que objetar a grandes intérpretes secundarios fogueados en mil y una historias  (Brendan Geeson, ese cíclope que aparecía en Harry Potter, o Chris Cooper, cuyo rostro —cuando se lo permiten y aquí no tiene permiso— llena la pantalla); nada que recriminar al trío de actrices femeninas: Elle Fanning, Zoe Saldaña y Sienna Miller, quienes chapotean por salvar la vida a unos personajes de cartón piedra, con los que se hunden irremediablemente en el fango sin posibilidad de colocar una frase mínimamente digna, un gesto sutilmente dramático o una seductora mirada.

Así pues, el corpulento y voluminoso Ben (qué gordo se ha puesto, está como hinchado), su omnímoda presencia actúan como una riada de lodo que arrastra consigo todo a su paso. Qué ridícula caracterización física la que traza su personaje: todo el rato con un sombrero en la cabeza (incluso cuando las normas de cortesía lo desaconsejan) que le sienta como un pecado, incapaz de disimular la falta de registro dramático en su impasible y pétreo rostro (ni el peor Marlon Brando).

Los trajes en los que se embute son tan anchos que le obligan a exhibir una naturaleza de pazguato mal vestido, sin ningún tipo de estilo, ni temple ni templanza. Está tan estrafalariamente vestido como el gran Luca Brasi de El Padrino. Este atrezzo de opereta, este vestuario de revista de modas desfasada, vetusta y rancia, está en consonancia con el resto de elementos fílmicos, principalmente con los diálogos. Provoca sonrojo, provoca un estremecimiento desopilante escuchar vomitar a Affleck sus palabras, llenas de los lugares más comunes y manidos no ya de la literatura negra, sino de la mala imitación de dicha literatura. Cuánto más habla, más huero suenan él y todos los demás, que se ven arramblados por un guión confeccionado a base de retazos, de parches.

Partiendo del tópico del protagonista enamorado de la  novia del jefe (ay, Hammett y el Ned Beaumont de La llave de cristal, o de la Muerte entre las flores de los Coen), atravesando el tema de la traición a sus orígenes (su padre es un comisario de policía), discurriendo por la inquebrantable amistad con su amigo del alma y segundo de a bordo y heredero fáctico cuando se abandone la mala vida, todo el guión es un ejemplo de lo que no debe ser un guión.

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Ni siquiera las secuencias de las persecuciones automovilísticas rinden rédito: es un mero muestrario de coches de época y de la chatarra en que se convierten al colisionar entre ellos. Lo más diegéticamente conseguido es el tableteo de las ametralladoras, cuyo ruido invade profusamente la pantalla, haciendo olvidar al espectador que allí no hay sustancia, que sólo hay whisky aguado, cerveza desventada, vino con Casera.

Es que ni siquiera nos podemos consolar con un relato vintage, con el glamour que debería desprender toda una época dorada del cine (los años veinte y treinta), con unas imágenes más o menos bellas, pues Affleck hace desfilar por la pantalla unas postales de unos escenarios tan estilizadamente falsos que hieren la retina del público. Ni el Boston más años veinte (los happy twenties y la época de la prohibición) ni el posterior traslado de la acción a Tampa, en Florida, con toda la exhibición de los pantanos y su exuberante naturaleza, logran aportar un matiz de verosimilitud al argumento.

Un argumento que fluctúa entre las luchas territoriales emprendidas por irlandeses e italianos, entre las historias de amor del protagonista (con la chica buena —Zaldaña— y con la femme fatale —Miller—), las conflictivas relaciones con su padre, que nunca abjurará del hijo, no obstante; los dos jefes mafiosos, antitéticos y complementarios, como sustitutos de la figura de su progenitor…

En fin, todo esto formaría parte del irregular discurso propio del Affleck director, pero la gota que desborda esta irregularidad para desparramarse en la geografía de lo infumable es la aparición explícita, a sabiendas, de una tesis política que embadurna todo el entramado fílmico y que, posiblemente, sea la causa ¡tan bien intencionada! del fracaso.

Ahora resulta que el leitmotiv último del escuálido relato, que el catalizador de todo este teatrillo de figurines de época, es denunciar la siniestra situación política a la que se encaminaban los USA y que, finalmente, se ha producido con la victoria de Trump. Esto es, Affleck persigue denunciar un statu quo de la sociedad norteamericana de aquella época histórica (la Gran Depresión, los oscuros años treinta, la crisis…), especie de anticipo de lo que se avecinaba —avecina— con Donald Trump. De ahí esa insistencia en recalcar el crisol de culturas, razas y religiones que constituían la Florida de la época y, por extensión, los EEUU actuales.

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Hay una secuencia en la que el personaje que protagoniza Affleck se encara con el enemigo: un blanco protestante y rico y sudista y racista y del Ku Klux Klan al que le espeta una perorata de órdago sobre los derechos civiles y la democracia y las causas únicas y verdaderas de la intransigencia wasp: no querer repartir la tarta económica con los italianos, con los cubanos, con los negros, con los ¡españoles! —¿será una mala traducción de latinos o mexicanos?—, con los judíos y con todo quisqui…

Y efectivamente el protagonista hará honor a su espíritu democrático casándose con una cubana negra con la que tendrá un cubanito-yanki afroamericano. Ni qué decir lo malos que son todos esos blancos racistas y, para más inri, unos fundamentalistas religiosos, contrarios no sólo al alcohol sino también al juego, a los casinos; contrarios a que los inmigrantes entren en América y campen y prosperen a sus anchas.

Ahora bien, debajo de su hipócrita moral (la de los blancos malos) laten pasiones ocultas, mundos turbios y Dios, su Dios patriarcal y occidental, los castigará con la muerte, el dolor, la destrucción de los valores familiares (suicidio de la hija del comisario, cuñado del jefe del Klan).

El personaje de Affleck, aún más siendo católico, deberá pagar los pecados cometidos en su gansteril existencia con la pérdida de un ser querido. Será el precio de la redención. Como consolación, su vástago morenito, con el que contemplará en el cine la materialización del cielo en la tierra (tarea a la que dedicaba todas sus energías su extinta mujer, también filántropa constructora de viviendas sociales y de acogida), pues el cine cumplirá una doble función: distracción pero al mismo tiempo mecanismo con el que denunciar los oscuros tiempos (entonces y ahora) que se aproximan: ahí es nada ese desfile de las huestes nazis frente a un soberbio Hitler-Trump, en el noticiero que antecede la proyección de la película del oeste, tan educativa y persuasiva que su hijo quiere ser sheriff de mayor para capturar a los malos.

Ah, el guionista de la película es un hermano del protagonista que ha sido mencionado, nunca mostrado, en algunas secuencias. En suma, un manipulador e interesado homenaje a un género cinematográfico, y al propio cine en sí, a una época en la que ya se estaban incubando las larvas y  los huevos de futuras serpientes. Y que conste que lo peor no es el mensaje —en su derecho está Affleck y todo Hollywood de proclamarlo—, sino la torpeza, tosquedad y falta de convicción con que lo profiere. ¡Cómo van a echar de menos a Obama!

Escribe Juan Ramón Gabriel

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