Solo el fin del mundo (2)

  20 Enero 2017

El niño prodigo

solo-el-fin-del-mundo-1Xavier Dolan, canadiense de Quebec, se ha convertido en el niño mimado de Cannes. Por niño, ya que está aún en la veintena (y siete largos dirigidos), y por mimado, consiguiendo no sólo que sus películas sean seleccionadas para el festival, sino también resultar reiteradamente premiado.

Por fin tenemos oportunidad de acceder a una de sus obras en condiciones. El estreno de Sólo el fin del mundo contrasta con las dificultades para conocer sus trabajos anteriores, a los que no quedaba más remedio que rastrear en filmotecas, festivales o caminos de dudosa legalidad. Gracias a ello hemos podido comprobar que el niño mimado es también un poco enfant terrible, con conciencia y vocación de terrible.

La película, Gran Premio del Jurado en la última edición de Cannes, toma como referencia una obra teatral del mismo título de Jean-Luc Lagarce, donde plantea, con resonancias bíblicas, aunque invertidas (el hijo pródigo que vuelve muchos años después a su casa pero no empobrecido ni para recibir nada, sino al contrario, triunfador y dispuesto a entregar su verdad más íntima, todo lo que es), el típico drama familiar que estalla con la llegada de un elemento externo (aunque en este caso el recién llegado pertenece al seno familiar, abandonado tiempo atrás), estallido que es inmediato, y que en cierto modo agota sus recursos desde el primer momento.

Lo que en una versión más clásica comenzaría con un planteamiento que poco a poco iría desarrollándose, dirigiéndose hacia un desenlace que dotase de sentido al despliegue previamente realizado, aquí parece concentrarse en el instante de su mera aparición. Lo que acabamos preguntándonos es hacia dónde nos quiere llevar la película, y para esa pregunta no encontramos respuesta.

La violencia que desde el primer momento domina la escena se presume que debe obedecer a razones que permitan explicarla, pero los esfuerzos que realiza el espectador por aprehender ese hilo resultan baldíos. El director nos abandona a nuestra suerte. Las sugerencias que creemos detectar serán responsabilidad más de quien las perciba que del autor que las haya podido diseminar. Todo el supuesto juego de miradas, toda la furia desatada, todo el diálogo, más plano que enigmático, se agota en sí mismo. La superficie no es tal porque no oculta ningún trasfondo. O porque el trasfondo se ha llevado al primer plano para poder calcular así sus muy escasas dimensiones.

Si se abandona la explicación sólo resta limitarnos a la descripción. El retrato de esta familia destruida, cada cual con sus propias carencias, con sus penurias, y con una posición del recién llegado que casi resulta angelical a fuerza de miradas tiernas, pero con quien todos parecen tener deudas pendientes. Una tarea, la plasmación de la fractura familiar, en la que Dolan intenta escapar a la sumisión teatral, lo cual sólo puede conseguirse a través de la planificación.

La incomunicación (a pesar de la continua verborrea), el aislamiento de los personajes, intenta representarse por una parte mediante los continuos primeros planos de cada uno de ellos. Pocas veces vemos un plano general, y cuando hay más de un personaje en pantalla, o bien se trabaja la posición, miradas o gestos para seguir marcando la escisión —como en el caso de la madre y el hijo menor enfrentados como si de un duelo se tratase durante su conversación, o el hermano de espaldas al principio del filme—, o bien se recurre al juego con la profundidad de campo, a la cual se renuncia desde el primer momento, de tal modo que no permanecen dos personajes enfocados a la vez, debiendo corregirse ese enfoque constantemente durante los diálogos que mantienen.

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Y así, durante noventa y pico minutos, constatamos que sí, que los rencores (¿por qué?) siguen latentes, y que el muro que levantan acaba siendo infranqueable. Hasta alguna conversación nos lo recordará, como la que sostienen en el coche los dos hermanos, donde confirman, recalcan, que se han convertido en extraños.

El recién llegado no puede anunciar su noticia. O no sabe hacerlo, o renuncia a ello, tanto da. Poco a poco se va sumergiendo en una melancolía (no exenta, adivinamos, de cierto sentido de culpa, aunque tampoco acertamos a descubrir sus razones) que conecta con una especie de conciencia del trayecto vital recorrido, balance íntimo a la hora de pasar revista a lo vivido, y que parece desequilibrado hacia el lado del débito familiar y personal.

Esa visión de conjunto descansa sobre la conciencia del paso del tiempo, de lo inexorable de su avance, de lo irremediable de su final (con la bobalicona metáfora del cuco que escapa del reloj). La presencia del tiempo recorre toda la película. Se hace presente con la repetida imagen de los relojes que pueblan la casa. Se torna nostalgia con los recuerdos de unos tiempos que se adivinan felices, más al menos que los presentes (con el hermano o el amante). Y se asume como irreversible en la imagen de la vieja casa y el polvo que cubre los muebles.

El resultado final no se puede separar de la trayectoria que este jovenzuelo ya va atesorando. De los parabienes que ha cosechado y de la imagen que con ellos ha ido construyendo de sí mismo. En 2014 Dolan y Godard compartieron el Premio del Jurado en Cannes (siempre en Cannes) por Mommy y Adiós al lenguaje respectivamente. Godard, ya de vuelta de todo (aunque en realidad siempre lo ha estado), declaró que se había premiado a un director viejo que hace una película joven y a un director joven que hace una película vieja. Dolan ante esto (no era fácil reponerse de semejante valoración) replicó que Godard no le interesaba. Y siguió regodeándose en su reconfortante fama de niño prodigio.

Es lo que tiene mimar a los niños, que se tornan unos consentidos y ya no hay quien los pare.

Escribe Marcial Moreno  

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