Desierto (2)

  17 Enero 2017

La cacería

desierto-1Desierto se hace eco de uno de los fenómenos más acuciantes que la sociedad actual tiene que resolver, de forma civilizada, en un drama fronterizo (con la inmigración ilegal entre México y Estados Unidos como marco) que enfrenta a un grupo de indocumentados al complicado reto de la supervivencia en un territorio, en todos los sentidos, hostil.

Ser inmigrante, incluso legal, es complicado en un mundo, hipócritamente solidario, que mira al advenedizo como un ciudadano de segunda o tercera clase, dependiendo de su procedencia y cualificación. Serlo, además, ilegal, lo convierte en un paria, pero no necesariamente en presa. Cuando esto ocurre es porque algo huele a podrido. Y no sólo en Dinamarca.

Este tufo xenófobo es el que subyace en esta historia que Jonás Cuarón (hijo y sobrino de cineastas) comenzó a escribir con 24 años cuando de viaje por Arizona, en el consulado mexicano de Tucson, tuvo la oportunidad de conocer la experiencia de muchos de estos inmigrantes relatada por ellos mismos.

La intención primaria de Cuarón no fue hacer una denuncia explícita de esta situación concreta, ni recrearse en el drama de estas personas, sino darle a la historia un enfoque más de acción para que pudiera interesar a un público más amplio, más universal, no necesariamente comprometido con la causa. Esa es quizás la razón por la que sobre el subtexto socio-político predomina un tratamiento de thriller fronterizo con cierta dosis de suspense limítrofe con el horror.

La historia nos cuenta cómo un grupo de inmigrantes mexicanos ilegales intenta cruzar en un camión el amplio desierto que separa México de Estados Unidos, cuando una avería del vehículo los deja a la intemperie. Mientras la policía fronteriza patrulla el contorno cada día intentando impedirlo, no siempre con éxito, un individuo solitario emprende su personal cacería de los intrusos, pertrechado con un rifle de mirilla telescópica, ayudado por un perro fiel, depredador como él, entrenado en la persecución, acoso y derribo del  furtivo.

Los personajes principales son un joven padre de familia (Gael García Bernal) que intenta volver a Estados Unidos donde vivía con su mujer e hijo antes de ser deportado, una muchacha joven enviada por sus padres a América en busca de un futuro mejor y el psicópata criminal nativo (Jeffrey Dean Morgan) dispuesto a impedirlo.

Tras un planteamiento rápido de la situación, presentación del entorno y un somero perfil psicológico de los personajes, que sitúa al espectador en el contexto, el pretexto social subyacente se desdibuja y el argumento se recrea íntegramente en la obsesiva persecución de los inmigrantes, hasta desembocar, tan precipitadamente como empezó, en un desenlace igualmente expeditivo.

Cuarón se distancia del marco social y arrastra al espectador a la acción, implicándole en ella, aunque sin intrusiones emocionales, a través del posicionamiento de la cámara, aliada hasta cierto punto, con la suerte de los perseguidos.

Sin embargo, cuando el pretexto argumental se resuelve, un significativo gran plano general cenital final aleja al espectador de la historia que ha presenciado. La cámara se desentiende del futuro de sus personajes, abandonados a su suerte ante un futuro incierto.

El desarrollo narrativo se centra en la cacería humana, un episodio concreto que abstraído del todo podría darse en cualquier entorno, cultura, lugar y tiempo. Incluso en cualquier nivel de realidad. 

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Los personajes centrales no son construcciones psicológicas profundas. Son arquetipos. Por eso sus nombres no importan. Sus vidas tampoco. Apenas están definidos por unos rasgos superficiales característicos que los posicionan. Como si de un juego se tratara. Perseguidor y perseguidos. Cazador y presas.  Roles virtuales para suplantar a personajes de carne y hueso. La función de los jugadores es “atacar” y “defenderse”. El drama queda absorbido por la inminencia del juego. Sólo hay tiempo para actuar, no para pensar.  

La reflexión viene a posteriori. Sólo cuando ha terminado la partida/película el espectador concienciado puede decodificar el mensaje encriptado y percibir el  horror. El inmigrante es una amenaza. Hay que exterminarlo. Pero no en el juego. En la realidad.  

Ese es el móvil del cazador solitario. Un individuo violento e irracional inspirado según Cuarón en la retórica del odio que hay en Estados Unidos contra el inmigrante y también en esa parte de la sociedad americana vulnerable y marginada (especialmente en los estados más pobres, como Arizona) donde se propagan mensajes xenófobos. La gente de estas zonas es muy sensible a estos mensajes racistas y cualquier día, si éstos no cesan, puede convertirse en un depredador autómata del inmigrante. Una pesadilla/posibilidad que el discurso xenófobo de Trump no hace sino alimentar.

El hecho de que el director haya preferido una forma menos crítica de denunciar este acoso es lo que resta intensidad emocional a una propuesta que de partida parecía interesante.

La historia tenía todos los elementos para sorprender. Tema potente. Narrativa minimalista. Importancia de la imagen. Pocos personajes, escasos diálogos, un paisaje árido, vacío y hostil, casi monocromo…

El desierto proporciona un marco ambiental muy significativo cinematográficamente, tiene muchas connotaciones y ofrece muchas posibilidades expresivas. Desaprovechado. El enfoque resulta demasiado abstracto, distante, un intento de articular entretenimiento y reflexión casi contradictorio, somero, artificial, lleno de cliclés y falto de emoción. Neutro.   

Escribe Leo Guzmán

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