Rogue One: Una Historia de Star Wars (2)

  15 Enero 2017

Sin fuerza

rogue one-1Disney parece dispuesta a amortizar bien los 3.125 millones de euros que invirtió en la compra de Lucasfilm en 2012. Para ello, ha considerado que lo mejor es exprimir el suculento negocio que siempre fue la franquicia de Star Wars, realizando una nueva serie de tres entregas para la saga aderezada con algún que otro spin off.

Rogue one es uno de estos últimos y, según se dice, se está preparando otro basado en la juventud de Han Solo para el interludio entre la segunda y tercera entregas de la matriz. Es decir, que no habrá tregua anual en los combates entre los partidarios de la Fuerza y los de su reverso tenebroso.

Cansancio, quizá esa sea la palabra que mejor define lo que sentimos muchos. Nos hemos cansado de esperar un resurgimiento de la saga. No lo ha habido en el episodio 7 realizado por el ungido J. J. Abrams, poco más que un remake que se avergonzaba de su propia condición, y tampoco lo ha habido en este extraño episodio que ha pretendido revivir viejas glorias de los primeros episodios CGI mediante. Quizá vaya siendo hora de asumir que no volverán los buenos tiempos, entre otras cosaS porque ya no tenemos aquella edad en que la maravilla no necesitaba revestirse de solidez científica o argumental para encandilarnos.

No, el cansancio parece haberse extendido también a los guionistas de las nuevas entregas. Parecen constreñidos por el miedo a decepcionar a los fans, una horda innumerable en la que, como sucede con toda organización que se torna masiva, ya hay corrientes de opinión suficientes como para estar seguro de que se haga lo que se haga, se decepcionará irremediablemente a unos centenares de miles de ellos. En lugar de optar por la renovación, se ha querido apostar por lo seguro, y lo seguro en este ámbito es sinónimo de lo ya visto.

Rogue one pretende basar su originalidad en el hecho de no contar, sino muy tangencialmente, vicisitudes de la familia Skywalker. No parece una mala idea, en la medida en que el universo de Star wars es tan rico que podría nutrir centenares de líneas argumentales distintas. Sin embargo, tal es el poder de fascinación de la estirpe, que irremediablemente las tangentes acaban convirtiéndose en paralelas. Añadamos a esto que la mejor escena del filme con diferencia, se centra en Anakin Skywalker, y tendremos cegadas todas las posibles vías de originalidad antes de iniciarse siquiera.

No obstante Rogue One lo intenta. Ya no es sólo una space opera virada al western con rasgos del cine de artes marciales y capa y espada orientada fundamentalmente al público infantil; además de todo esto, ahora es una película bélica con toques de espionaje, en la mejor tradición —salvando las distancias— de las películas sobre la resistance francesa.

En este sentido, los guionistas han aprovechado para incluir un subtexto de resonancias históricas: aparecen representados los distintos episodios bélicos del siglo XX y el XXI, encarnados a veces en revolucionarios de la talla del Ché Guevara o en batallas como la del desembarco de Normandía. Estas referencias son a veces muy evidentes y otras tantas están solamente sugeridas; sin embargo, no eluden las conclusiones adultas: las más de las veces las guerras tienen víctimas inocentes o inesperadas y una pequeña victoria no garantiza sino el comienzo de una cruenta y vengativa batalla. Esta entrega consigue —a pesar de ser una precuela— anudar algunos cabos sueltos del Episodio I.

Rogue one ha conseguido, también —asignatura pendiente de Lucas, que nunca fue muy afortunado en este trance— introducir un comic relief aceptable en su trama. En esta ocasión se trata de un robot imperial reprogramado que hace algo más que cometer torpezas que dificultan la vida de los protagonistas: opone el pesimismo de la inteligencia al optimismo de la voluntad con su gusto excesivo por la sinceridad, haciendo gala de un humor negro muy alejado de las presuntamente graciosas chanzas del infausto Jar Jar Binks o, por quÉ no decirlo, del propio C-3PO.

Sin embargo, los personajes reales no están lo suficientemente trabajados: el Cassian Andor de Diego Luna apunta algo así como una lucha interior, pero la Jyn Erso de Felicity Jones está bastante plana y su padre Galen (Mads Mikkelsen) aparece poco, aunque resuelve con soltura. En contrapartida, el fascinante rostro de Ben Mendelsohn (Orson Krennic) sobrepasa con mucho en fuerza a unas líneas de guión que no hacen justicia a su personaje, y la pareja de secundarios conformada por Chirrut Îmwe (Donnie Yen) y Baze Malbus (Jiang Wen), junto con el piloto Bodhi Rook (Riz Ahmed), suplen con su buen hacer algunos de los defectos de construcción del libreto.

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Fuera de los notables efectos visuales y los mencionados detalles, aquí acaban las referencias positivas de la película, porque en lo que respecta a los protagonistas, poco cabe decir del extrañísimo —e histórico— personaje de Forest Whitaker y su rocambolesca despedida.    

Rogue one tiene varios defectos que no son sino consecuencia del impostado heroicismo de otras entregas. Molesta particularmente su poco respeto no ya por las leyes de la física —algo típico e irrenunciable en la saga—, sino por la inteligencia del espectador: es absurdo pretender que no hay un solo stormtrooper del Imperio que sepa disparar, y que la fuerza de estos superequipados guerreros se deba más al amontonamiento de cadáveres que impiden el paso a los héroes que a su propia pericia bélica. De la misma manera, que todos los mandamases del Imperio sean más torpes que el más estúpido de los soldados de la rebelión. No puede comprenderse cómo un poder capaz de someter a la galaxia, haya sido capaz de hacerlo con semejante troupe.

Luego hay un problema muy grave: Gareth Edwards no consigue transmitir una sola emoción con su dirección. Creo sinceramente que todos los espectadores que dicen sentirlas en los momentos cumbre, lo hacen más bien porque en ellas se tocan resortes de la infancia, no porque que los personajes sean capaces de transmitir algo; el mejor ejemplo es la escena de Vader: la innegable grandeza de la misma reside en la capacidad del personaje para encarnar el mal sustanciado en una fuerza irrefrenable, y todo esto es así porque Darth Vader evoca una larguísima tradición como epítome del mal absoluto e inmune a la piedad. Se rumorea además, que esta escena no fue responsabilidad exclusiva de Edwards, sino de su ayudante/sustituto Tony Gilroy. Con todo, son los dos minutos más poderosos del filme y hacen subir varios enteros la calificación del mismo.

En resumen, Rogue one es una entrega que puede gustar a los adictos a la saga, que por sus propios defectos apenas emocionará a los que la desconocen y que quedará en la memoria como aquella que resucitó —sin gran verosimilitud, todo hay que decirlo, para que no insistan por esa vía— a Peter Cushing veinte años después de muerto.

Si es verdad que hay una nueva esperanza, confiemos en que en próximas entregas haya gente más capacitada para idearla y dirigirla.

Escribe Ángel Vallejo

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