Passengers (2)

  06 Enero 2017

Soledades en el espacio

passengers-1Sabemos que Hollywood ha reabierto un filón en cuanto a relatos de ciencia-ficción se refiere en los últimos años y en especial aquellos que aúnan la peripecia catastrófica con la odisea personal.

Passengers se inscribe en esta tendencia, describiendo el viaje de una majestuosa nave espacial que transporta a unos 5.000 pasajeros desde la Tierra a un planeta que se encuentra a ciento veinte años luz. Pero en el meridiano aproximado del viaje, un choque con una lluvia de meteoritos empieza una paulatina pero incesante merma del funcionamiento de la nave y una de las capsulas de hibernación sufre un fallo técnico y se despierta Jim Preston. Cuando éste despierte, se encontrará a noventa años para llegar a destino y enfrentará con horror a la soledad y la posibilidad de vivir y morir solo en la nave el resto de su vida. Ese miedo le llevará a empezar a pensar en una de las pasajeras hibernadas, a quien mitificará, para finalmente despertarla de su letargo y tener una compañera de viaje y de vida.

Si en algo no ha fallado Passengers es en la elección de Jennifer Lawrence y Chris Pratt. Es difícil a estas alturas que algún espectador ponga en duda el portentoso talento de Lawrence o que alguien sea capaz de resistirse a los modos de galán de Pratt. Juntos parecen (re)crear una de esas chispeantes e irresistibles parejas dignas de la screwball comedy en las que es imposible la disociación de uno de ellos y en las que descansa casi todo el metraje de la cinta con acertada inteligencia. Es la pareja la que nos brinda algunos momentos bellísimos en la construcción de esa incipiente historia de amor clásica del boy meets girl mixturada con elementos diferenciales que la enriquecen.

Es curioso que Passengers sea casi una historia de tebeo y que beba de tantas fuentes y temas universales consabidos y que su guión sea casi una relectura de los mismos. Está el náufrago atrapado en una isla, perdón, nave; está el relato de supervivencia y el miedo a morir solo o la necesidad de compañía; está el deseo de encontrar ese amor único y verdadero; está el relato de esa Bella Durmiente marcada por el recuerdo de su padre; está el deshoje del romance entre un chico y una chica que empiezan a conocerse; y está el componente de supervivencia e ingenio para poder salir adelante.

En este sentido, no es baladí citar algunos filmes de los últimos años en los que se daban todos los elementos que confluyen en Passengers: Náufrago (2000), Moon (2009), La vida de Pi (2012), Gravity (2013) o Marte (2015) serían las referencias más fáciles que se le pueden ocurrir a uno y a las que Passengers les debe mucho porque su construcción bien resulta ser una sinergia de elementos de los títulos citados.

Sin embargo, en este caso, el epicentro de la historia es un romance estratosférico que se justifica per se y que es el que sostiene sin tapujos ni vergüenzas la columna vertebral del relato y que casi parece un elegantísimo reportaje amoroso de papel cuché.  Pero estamos ante una mescolanza de géneros disparatada y guasona, que es la que le ha costado críticas estadounidenses tan negativas, y que tiene más méritos de los que pueda parecer a primera vista, aunque muchos de los mismos sean irregulares.

La narrativa constantemente se balancea entre la tragicomedia humana, el romance pop de dos jóvenes y guapos, la aventura espacial, el relato de supervivencia y hasta ese antedicho regusto de pulp fiction ochentero que mucho nos tememos poco público va a entender.

Cierto es que el guión de la cinta ha tardado diez años en pergeñarse, lo que implica mil reescrituras y un cierto tono indeciso que sobrevuela la cinta, pero la exquisita puesta en escena de Morten Tyldum y el despliegue de packaging de la cinta bien suavizan tales desajustes. Tanto la fotografía de Rodrigo Prieto, la música de Thomas Newman o el diseño de interiores y exteriores y de vestuario merecen mención de honor por lograr el enriquecimiento de cada imagen.

Con dos de los actores más guapos del planeta, una asombrosa nave llamada Avalon, un androide carismático, un catálogo de espacios arquitectónicos de primer orden y una historia de amor contada con las leyes de la comedia romántica, la película no logra salir completamente ilesa de los golpes que se autoinfringe un blockbuster. Si hasta cierto punto, la cinta resulta divertida, irreverente, verosímil y equilibrada, parece no conformarse con ello y explotar la pirotecnia en su tramo conclusivo, dando un volantazo a todo lo que habíamos visto y estropeando el resultado final.

Es en este último tramo del metraje donde la cinta se empeña en demostrar su holgado presupuesto e introduce las aventuras espaciales, alguna que otra secuencia espectacular de acción, la aparición de un nuevo personaje y la resolución macguiveriana del asunto, hasta llegar a un desenlace a todas luces insatisfactorio, que rompe la magia creada hasta el momento, por otro lado, emotiva y conmovedora, que no se olvida a los pocos minutos.

Escribe Ferran Ramírez

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