El tesoro (2)

  28 Diciembre 2016

Fabular con la realidad 

el-tesoro-1El tesoro (Camoara) es la quinta película de uno de los directores y guionistas más lúcidos y personales de su generación: Corneliu Porumboiu. Su mirada siempre atenta y satírica sobre la historia y la situación de su país, con su peculiar forma de incorporar lo incongruente a la cotidianeidad, no deja de aparecer en esta comedia a ratos amarga y absurda que ha vuelto a encandilar en Cannes (Un Certain Talent, 2015) rendido desde hace años a su talento.

Nacido en Rumanía en 1975 se dio a conocer en el circuito internacional con su primer largometraje, cuando ganó la Cámara de Oro en la Quincena de los realizadores del festival francés con 12:08 Al Este de Bucarest (2006), una lúcida reflexión satírica sobre los efectos de la revolución en unos héroes impostados. Después vendrían Politist, Adjectiv (2009), premio FIPRESCI y Premio del jurado Un Certain Regard, un drama policíaco que intenta equilibrar ley y conciencia, Metabolismo (O cae la noche en Bucarest) (2013) y Match retour (2014).

El tesoro tiene una apasionante historia detrás, que comenzó a partir de una situación real planteada por el amigo del realizador, el también actor y director Adrian Purcarescu, que en la película se interpreta a sí mismo. Su bisabuelo había enterrado su fortuna en el jardín de su casa antes de la llegada de los comunistas al poder y él pretendía encontrarla. Esta intriga inspiró el argumento de un documental, en el que ambos amigos se embarcaron juntos, pero la búsqueda resultó infructuosa; entonces Porumboiu decidió convertir aquel fracaso —“desventura” lo llama él— en ficción y darle forma de comedia. 

El argumento de El tesoro mantiene la idea originaria de aquella búsqueda, pero intenta darle un enfoque épico (de ahí este título tan simbólico) y a la vez cotidiano, tan metafórico como trascendente, tan fabuloso como realista. 

Costi es un joven padre de familia que vive en Bucarest. Cada noche lee las aventuras de Robin Hood a su hijo pequeño antes de dormir. Adrián, su vecino, acude a él primero para pedirle dinero y luego para convencerle de que alquile un detector de metales y le ayude a desenterrar un tesoro escondido en el jardín de la casa de sus abuelos a cambio de entregarle la mitad del botín. Costi al principio duda pero finalmente acepta y juntos se embarcan en esa extravagante aventura con motivaciones y expectativas diferentes.

Las expectativas de Adrian pasan en principio por salir de la desesperada situación económica en que se encuentra. Está a punto de ser desahuciado y necesita dinero urgentemente. Por eso acude a Costi. Como no lo consigue lo embauca con su historia sobre el tesoro.

Para Adrian, esta búsqueda es también la búsqueda de su pasado, de la historia de su familia y de la casa que ha sido testigo de la historia de su país. Una casa hoy en ruinas (otra metáfora), vapuleada por los acontecimientos. Fue residencia de dos oficiales alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, después fue nacionalizada por los comunistas en 1947 y sus dueños —la familia de Adrián— deportados al sur de Rumanía. Más tarde se convirtió en farmacia, cuadra y hasta escuela infantil, para terminar siendo un bar de striptease en 1989 antes de que sus legítimos propietarios la recuperaran en 1997, después de años de litigio.      

La implicación de Costi en esta aventura está menos justificada a nivel económico, aunque como funcionario tampoco tiene una situación boyante. Su motivación es más ejemplar, más ética. Tiene mucho que ver con su forma de ver el mundo desde su posición de padre. Pretende inculcar en su hijo valores éticos y morales solidarios para construir una sociedad más equilibrada. Por eso la figura del niño (y, por extensión de la infancia, depositaria de esos valores) es fundamental en la historia, el elemento simbólico que utiliza el director para representar la esperanza en un futuro mejor.

El tercer personaje implicado en la búsqueda del tesoro es el experto en detección de metales que funciona como alter ego del director, una figura catalizadora, superada por la tecnología, cuyos aparatos (mudos o sonoros) son utilizados también con significativo propósito. Su presencia en la trama genera conflictos y situaciones absurdas, casi cómicas, entre los personajes y con el entorno, provocando un tedioso bucle narrativo en el tramo intermedio de la película, que distancia al espectador totalmente de la historia.

Con Las noches de luna llena de Rohmer como inspiración, una puesta en escena austera, encuadres sobrios, casi minimalistas, pésima iluminación, falta de ritmo y expresividad neutra, Porumboiu encripta en un guion conceptual, bajo un pretexto argumental aparentemente simple, con planteamiento y desenlace de cuento (lo de Robin Hood no era gratuito), un entramado de referencias históricas —con connotaciones políticas, económicas y sociales—, cuyos signos convergen en un contexto complejo de ambiguo propósito.

Escribe Leo Guzmán  

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