Paterson (3)

  19 Diciembre 2016

Palabras en el agua

paterson-0Paterson es conductor de autobús en la ciudad de Paterson, New Jersey, donde nació y sigue viviendo. Admira además a William Carlos Williams, poeta nacido en Rutherford, New Jersey, y que tituló uno de sus libros Paterson. La novia de Paterson, el conductor que también escribe poemas en sus ratos libres, bromea con el ídolo de su novio y le llama Carlo Williams Carlos. Y así, en este continuo sin principio ni fin, en ese bucle que se repite una y otra vez, se desarrolla la película y se desarrolla la vida de Paterson, de todos los Paterson del filme.

Se trata de narrar la cotidianidad de estos personajes y del marco que los acoge. Una cotidianidad carente de sorpresas, hecha de repeticiones en apariencia gozosas, intentando, y digo intentando, encontrar la grandeza de lo minúsculo.

La estructura del relato resulta acorde con este propósito. Siete días, una semana completa, obran a modo de capítulos en los que se divide la película. Y en todos ellos reconocemos los mismos mojones. Paterson despierta a la misma hora, mira su reloj (su despertador silencioso, que no suena, lo cual no es óbice para que se despierte: hasta ese punto ha interiorizado la rutina, y hasta ese punto tiene confianza en que la seguirá), intercambia unas palabras con su novia, se dirige al trabajo, escribe los poemas que ha imaginado durante el trayecto, saluda a su compañero de trabajo, es escrupuloso con lo que hace, se regodea observando a los pasajeros, y al acabar vuelve a casa, por los mismos lugares cada día. Luego sacará a pasear a su perro, se tomará unas cervezas en su bar favorito y otra vez a casa. Hasta el día siguiente. Así cada día.

Aunque tampoco es todo igual. Y aquí empezamos con las sutilezas. Una de las mañanas falla su reloj interior y se despierta algo más tarde. Esperaríamos prisas, precipitación, pero nada de eso ocurre. Más bien parece como si el tiempo se alargara. Con veinte minutos menos Paterson repite la misma rutina de cada día, la misma cadencia. Nada se ha alterado. Como esa hay otras variaciones mínimas, unas variaciones que introducen en su vida una novedad que en realidad no es tal novedad. La película consigue mostrar cómo la realidad absorbe, reduce, neutraliza cualquier intento por alterarla. Los pequeños cambios que en el día a día de Paterson se producen, lejos de suponer un aliciente, son la confirmación de que nada ocurre, de que la regularidad (¿diríamos tedio?) está a salvo.

Y eso que algunos de esos cambios son significativos. Un día se estropea el autobús, y es obligado desalojarlo. Por un momento cunde el pánico. “¿Va a estallar?”, pregunta uno de los pasajeros. Nada de eso. Simplemente llegará otro autobús a recoger el pasaje y todos seguirán su camino.

En otra ocasión la situación se pone más tensa. Un amante despechado saca una pistola en el bar de siempre, ése al que va todas las noches, y amenaza con matar y matarse, lo que obliga a Paterson a intervenir. Podría haber sido una heroicidad, pero el arma estaba descargada. Balas de espuma, sentencia el barman. Más adelante el dolido y abandonado amante se encontrará en la calle con Paterson y se saludarán de la manera habitual. Añadirá aquello de que siempre hay un nuevo día. ¿Un día igual a los anteriores? ¿Un espléndido nuevo día? No es exactamente alegría lo que acompaña a sus palabras. Pero para hacernos una correcta idea de los hechos quizá habría que volver al autobús que pudo explotar pero que no explotó.

Lo interesante aquí no es la explosión, sino su posibilidad, o mejor aún, su no posibilidad, pero a pesar de ello su consideración. Cuando la mujer pregunta no es pánico lo que percibimos, o no lo es por encima de todo. Si acaso una mezcla a partes iguales de temor y expectación, cierta ilusión inconfesable. Algo nuevo, verdaderamente distinto, parece que puede ocurrir. Y eso excita, ergo lo cotidiano ha perdido, si es que alguna vez lo tuvo, su interés.

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Y aquí deberíamos presentar a la novia de Paterson. Ella, como todos en Paterson, lleva una vida tranquila, regular, pero a diferencia de los demás, o más que nadie, parece no resignarse.

Por la noche sueña, y cuenta sus sueños a Paterson, sueños que supondrían una alteración importante de sus vidas. Por ejemplo tener gemelos, algo que el conductor poeta va a proyectar (¿con ilusión?, ¿con temor?) en lo que le rodea. Y sueña despierta. Quiere triunfar en los negocios de pastelería, y quiere también ser una estrella de la música, para lo cual llega incluso a comprar una guitarra, aunque no sabe tocarla. Es, además, una artista. Su vida se dedica a transformar lo que le rodea con un estilo muy personal. Y en esto la película es sutil y cruel a la vez. La originalidad del estilo de Laura se va extendiendo tanto, impregna ya un espacio tan extenso, que se convierte en un nuevo estándar, en una nueva regularidad. Una manera muy delicada de condenar al personaje, de dinamitar sus ilusiones.

Laura no es una excepción. Otros muchos sufren su mismo mal. Alguna pista tenemos ya desde el principio. Por ejemplo cuando Paterson observa a esos dos pasajeros que se cuentan sus cuitas amorosas, y cómo relatan que pudieron, mejor aún, dejaron escapar una inmejorable oportunidad de ligar porque… al día siguiente tenían que levantarse temprano. Esa conversación es un ejemplo magnífico del tono que empapa toda la película, de su línea directriz. La ilusión truncada, la incapacidad de hacer algo para que esa ilusión se materialice, incluso la reclusión de las ilusiones en el estricto ámbito de la imaginación.

Hasta el propio Paterson muestra esta inquietud. No es que se desespere. De hecho es alguien que parece amar la regularidad. Sus gestos se repiten y su actitud lo confirma. Cuando llega al bar el primer día su amigo le saluda recordando su puntualidad. Y cada vez que llega a casa recoloca en su sitio el buzón caído. Su inclinación al orden es coherente con la vida que lleva.

Pero también posee una válvula de escape: La poesía. Se trata sin embargo de un escape limitado, discreto. Sus poemas no versan sobre grandes anhelos o mundos maravillosos. Al contrario. Escribe poesía sobre su realidad más próxima, sobre aquello que le ocurre, intentando extraer belleza de lo en apariencia vulgar. Es como si Paterson, asumiendo que su realidad es la que es, ineludible, forzosa, quisiera encontrar en ella un brillo que la hiciera más amena (¿más soportable?).

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Cuando ocurre la tragedia, una tragedia mínima, como mínimo es todo en esta película, pero no por ello menos dolorosa, por cuanto cierra la ventana por la que entraba el oxígeno que Paterson —acabamos sabiéndolo— necesitaba para respirar, éste se siente abandonado. Los lamentos de su novia los aplaca él mismo quitándole importancia a lo ocurrido. Aquello no eran más que palabras en el agua, es decir, sin ninguna consistencia, fugaces, inservibles al fin. Lejos de rebelarse la resignación es su modo de responder. Como moderno Sísifo sólo le restará volver al inicio, seguir con esas frágiles palabras en un nuevo cuaderno en blanco cuando todo, una vez más, una semana más, recomienza.

Jarmusch ha acentuado el continuo inquebrantable que la película construye a través de las rimas internas que va desperdigando por toda ella. La primera la que enlaza ese mismo recurso estilístico en los poemas de la niña con las que se esconden por todos lados, en un gesto metalingüístico que todo lo abarca. Y junto a ella la conexión entre la estatua de Costello, la foto en el bar y el cartel de una de sus películas en el cine.

O los colores de Laura (nombre también de la musa de Petrarca, por quien ella pregunta) y su prolongación en el pantalón y los guantes del rapero, incluso en el propio rostro, en la fisonomía de la muchacha. O la caída del agua del poema que la niña le lee con la cascada del pueblo y la foto de otra caída de agua en casa de Paterson… Todas ellas conexiones que tejen una especie de red de la que no es posible escapar. Casi una condena.

El general alborozo con el que ha sido recibida esta película ha hecho hincapié en una lectura que la reduce poco menos que a un cuento de hadas. Es como si la película mitificara ese fragmento de vida que nos cuenta, el que todos, nos damos cuenta de repente, estaríamos encantados de vivir. Y al hacerlo ha ignorado el fondo oscuro, la raíz oculta de la que brota lo que la pantalla nos ha mostrado, y que acaba desvelándose como un personaje, una ciudad, un mundo menos radiantes de lo que aparentan.

Paterson, con su aparente ingenuidad, es una carga de profundidad de la que no podemos salir indemnes.

Escribe Marcial Moreno  

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