La comuna (2)

  17 Diciembre 2016

Amigos, familia y matrimonio

la-comuna-1La crítica cinematográfica supone un medio de expresión y pensamiento excesivamente urgente, sobre todo en la actualidad, donde cada semana se renuevan las proyecciones en los cines y las películas apenas duran más de un mes en cartelera. ¿O esto no es del todo cierto? Para ser totalmente justos, en las primeras décadas del cine, allá por la época de entreguerras (1914-1939), también los estrenos eran numerosos y las carteleras se renovaban constantemente, sin que una película durara más de varias semanas en los cines y teatros de las principales ciudades europeas.

En fin, que la crítica cinematográfica de los estrenos siempre ha sido una actividad fundamentalmente periodística, una más de las diversas formas que adquiere la noticia, más cercana a la información instantánea que al artículo de opinión o reportaje reflexivo. Pues bien, después de ver La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg) y comenzar a escribir, a las escasas horas de su visionado, esta crítica, he de confesar que no sé muy bien que decir sobre ella. Bueno, no es del todo cierto, sí que sé que escribir sobre ella, pero no tengo clara su valoración.

Desde el punto de vista formal, con una planificación mediante el constante bamboleo de la cámara y un gusto por la textura apagada de colores cálidos, el film mantiene una coherencia estilística con la puesta en escena que ha desarrollado Thomas Vinterberg a lo largo de su filmografía. También es cierto que este estilo ya ha influido en Europa lo suficiente como para que lo encontremos en otras filmografías, al margen de las del director danés. En mi opinión, la película no desmerece en el apartado de la expresividad de la imagen, pues su estilo plástico es adecuado al tono de comedia familiar que adopta el film.

En el aspecto del relato, de la historia y del guion (todos estos términos son sinónimos, desde mi humilde punto de vista), La comuna es un hábil intento de mostrar la frescura de la amistad, de las ventajas de compartir y de la necesidad de vivir en una comunidad, sin aislamientos. Esta celebración del espíritu anarquista de los años setenta se muestra de forma cómica, distendida, sencilla y, por supuesto, necesariamente utópica, acompañada de una excelente banda sonora.

Pero la historia que transciende a toda la trama, es decir, la historia que yo como espectador me he armado en mi cabeza (insisto, mi historia), no acaba de convencerme, pues la película aquí me parece insustancial y forzada. La historia es la de un matrimonio quebradizo, que se va agrietando y que sufre, a lo largo de la película, una honda crisis.

Reconozco el valor de la película al mostrar el proceso por el que el matrimonio va desapareciendo, pero no acepto la mayoría de la trama, basada en infidelidades estereotipadas, en un machismo egoísta, egocéntrico y destructivo por parte del protagonista; y en una frágil estructura familiar basada en la amistad y el amor, donde apenas se pasa del tono de caricatura.

Al final, La comuna no consigue emocionar por completo, ni siquiera con la portentosa facilidad de Vinterberg para filmar las crisis emocionales. La mostración de la festiva y anárquica vida comunal se queda en una anécdota, en la que no se profundiza, y de la que apenas quedan secuencias para componer, eso sí, un estupendo videoclip. A su vez, la crisis matrimonial y familiar vuelve a ensalzar las opresivas redes culturales del patriarcado contra las mujeres, convertidas en víctimas de unos hombres débiles, coléricos y desafiantes.

Es por esta razón que lo mejor de la película es la magnífica interpretación de Trine Dyrholm en el papel de Anna, un personaje enigmático. Lástima que al final la película glorifique y perpetúe la cultura machista del patriarcado otorgando todo el triunfo a Erik (Ulrich Thomsen), un personaje misógino, caprichoso, aburrido y violento, convertido en el auténtico vencedor del film.

Escribe Víctor Rivas

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