El faro de la orcas (4)

  16 Diciembre 2016

…Y del mar

el-faro-de-las-orcas-2Y de Tristán… De todos, porque un faro se parece a un guía —sin parecer— ya que nos va mostrando las posibilidades que los horizontes nos ofrecen. Sí, en plural, debido al entorno donde nos encontremos: bien en el exterior de la naturaleza —agreste, nevada, plácida, marina—; o en el interior de nosotros mismos, con nuestros sentimientos, deseos, frustraciones, ideas, ambiciones.

Nos parece que este breve preámbulo, es una más que necesaria introducción a una de esas películas que se va construyendo secuencia a secuencia, plano a plano, desde los inmensos acantilados de la Patagonia argentina, hasta el corazón y el entendimiento, y los deseos y las necesidades, de todos y cada uno de los protagonistas, que siempre tienen enfrente al llamado, y en este caso concreto muy bien llamado, océano Pacífico, porque a ellos les proporciona la paz que tanto necesitan.

Sí, porque las orcas que lo surcan, recalando en la orilla para darse un sosiego a tanta inmersión marina, o sea estos delfínidos nos ofrecen su particular visión de la existencia: no es otra que no les gusta que las toquen, y menos ser atacadas, aunque ellas sí saben aprovecharse de las ballenas para alimentarse y subsistir: las sabias contrapartidas de la naturaleza. Por tanto, y como sabiendo que están protegidas, dejan que las admiren, que les hablen, que se les acerquen…

Eso hace desde su faro Beto —muy auténtico Joaquín Furriel—, que incluso ha salido en programas casi educativos de las televisiones. De esa manera es como entablará contacto y conocimiento con Tristán —mucho más que creíble y admirable Quinchu Rapalini al incorporarlo—, el niño autista que viene a cumplir su sueño no expresado: acariciarlas, porque agitó sus manos hacia la televisión en cuanto las vio.

Lola, su madre —muy bien Maribel Verdú— le dice a Beto que así le dijeron unos médicos españoles: que estar cerca de ellas, verlas en su ambiente, incluso poder tocarlas, le ayudaría en sus difíciles relaciones con el entorno. Y allá que se fueron, sin permiso paterno ni nada. Eso sí, con la ilusión de que lo visto en aquel programa televisivo pueda ser una realidad tangible, sirviendo para ayudar a Tristán en su relación con los demás, naturaleza incluida.

Inspirada en hechos reales, su director Gerardo Olivares ha sabido armonizar el descubrimiento de la naturaleza con los sentimientos que provoca en los demás, sobre todo por el giro que toman sus vidas cuando Tristán, de la mano de Beto, en su barquita, logra posar sus manos en la piel escurridiza de las orcas, que se acercan a las palmadas que da Beto en el Pacífico, porque éste es amigo suyo hace ya tiempo…

De una manera u otra, Olivares ha sabido plasmar en bellas imágenes, como queda apuntado, no sólo la realidad de unas gentes y sus circunstancias, sino conseguir que sus historias nos interesen, que formemos parte de ella y, sobre todo, quedemos cautivados ante la belleza natural del Pacífico y su entorno, y la veracidad que imágenes, música e historias nos van mostrando.

Recomendamos a todos que no dejen de ver y recrearse en El faro de las orcas, porque nos servirá para saber un poco más sobre nosotros mismos y la naturaleza que nos alienta y nos impulsa. Y aunque no estuviese basada en hechos reales, tendría el mismo valor; porque películas así son algo más que necesarias. Son casi imprescindibles para bien del cine, de quienes lo hacen y de quienes lo vemos. Muchas gracias a todos los que hicieron posible que este faro pueda guiarnos.

Escribe Carlos Losada

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