Tamara y la Catarina (3)

  03 Enero 2017

La miseria invisible

tamara-y-catarina-1A finales del mes pasado se presentó ante la prensa la última película de la directora mexicana Lucía Carreras, Tamara y la Catarina. Este es el segundo trabajo de dirección de esta joven realizadora tras su inicio en 2011 con Nos vemos, papá, una historia de fantasmagóricas relaciones paterno-filiales e intimistas emociones.

Su solvencia en el oficio de contar lo demostró como coguionista en el proyecto del director Michael Rowe Año bisiesto (2010), cuyos méritos se reconocieron en la 63ª edición del Festival de Cannes con el Premio Cámara de Oro. Esta producción, aunque estadounidense en su patrocinio, es una película de ubicación mexicana (Oaxaca) y temática femenina, una dualidad que se mantiene, con matices, en sus posteriores propuestas cinematográficas.

Del análisis psicológico de los traumas amorosos y sexuales de una mujer encerrada entre las paredes de su apartamento, que se observa en Año bisiesto, Lucía Carreras parece haber pasado a interesarse por la problemática de la mujer en un contexto sociocultural complejo y hostil. Este nuevo enfoque se evidencia en su colaboración, junto a Ana V. Bojórquez, en la dirección de La casa más grande del mundo (2015), coproducida por México y Guatemala. En la película se muestra un universo femenino, solitario y solidario, donde las mujeres sobreviven en la selva guatemalteca sin otros recursos que los propios, ya que los hombres han migrado hacia un mundo  aparentemente mejor.

También Tamara y la Catarina  relata una historia de mujeres que luchan por la vida en una cotidianeidad rutinaria que les permite subsistir como individuos en una megaurbe como es México DF. Tamara (Ángela Cruz) es una discapacitada de cuarenta años, con dificultades motoras, lingüísticas y cognitivas, que diariamente acude a trabajar a un pequeño y humilde cafetín del centro urbano. Doña Meche (Angélica Peláez), de setenta años, vende quesadillas, encurtidos y tortillas rellenas en su humilde puesto itinerante. Ambas habitan en un barrio marginal situado en las laderas de la gran ciudad, donde las infraviviendas son el paisaje y los servicios brillan por su ausencia.

El abandono —tanto por su familia como por el Estado— en que se encuentran los dos personajes remite a un sistema económico y político cuyos gobiernos no resuelven los problemas de los ciudadanos a los que supuestamente representan.

Por un lado, el filme denuncia sin estridencias la invisibilidad de los discapacitados y los mayores, cuya problemática existencia desaparece y se diluye entre las masivas poblaciones las grandes ciudades. Los marginados económicos son las víctimas individuales que simbolizan la injusticia social propiciada por el desigual reparto de la riqueza. Como afirma la directora, el sistema neoliberal y el Tratado de Libre Comercio han traído la pobreza y el desaliento a unos pueblos condenados al círculo vicioso de la miseria. 

Pues es esa invisibilidad física y moral de Tamara, perdida en una sociedad que la ignora, la que se convierte en el motivo narrativo desencadenante del conflicto central del relato. Cuando aquella recoge a un bebé, una niña que no llega al año, como si fuera un juguete similar a las lagartijas que cuida en su casa o las rojas mariquitas de plástico o felpa que colecciona, las implicaciones penales de tal hecho desatan una serie de acontecimientos que se  articulan alrededor de la línea narrativa vertebradora del argumento.

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El personaje de Doña Meche, representante de una cultura matriarcal aún vigente, actúa como agente reparador de las deficiencias del de Tamara, de forma que opera como su complementario. El conocimiento de la primera compensa la ignorancia de la segunda; la solidaridad se asocia con la compasión y la ternura en esta historia ficticia de íntimas soledades, contenida en el espacio social que le sirve de marco.

El carácter especular de las respectivas orfandades de los dos personajes funciona como activador de la acción, ya que en ese universo de seres que nadie ve, es la mirada de Doña Meche la que percibe y enfoca el problema de Tamara haciendo avanzar la historia  hacia su final.

En este filme, que algunos han relacionado con Los olvidados de Buñuel (por aquello de mostrar la miseria económica y moral de los desheredados, única e irrelevante coincidencia) aparece un conjunto de contenidos secundarios, que conforman el fondo paisajístico en que se desenvuelven las vidas individuales de las dos protagonistas.

Así, la ineficaz burocracia que aplica de forma mecánica reglas y activa protocolos inservibles mientras ahoga al ciudadano en sus irresolubles problemas; así, la corrupción de medio pelo que cobra “mordidas” a los pobres mientras distribuye droga entre jóvenes y desocupados; así, la irónica denuncia del estúpido racismo del policía que llama negro al indio, siendo él también moreno. Pues aunque no se muestra de forma directa el problema de la violencia machista y sus feminicidios, ni la del narcotráfico imperante en la sociedad mexicana, sí que se sugieren como  elementos configuradores del panorama social  que evidencia la película.

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Como afirma la directora del filme, “el problema de México es que actualmente se aceptan el narcotráfico y sus consecuencias con tal naturalidad que ha pasado a formar parte de la vida de la gente. La narcocultura es una realidad, como lo son los narcocorridos y los narcolíderes que tanta difusión encuentran en los medios de comunicación”.

Desde el punto de vista formal, un gran plano general de la ladera de uno de los cerros que rodean la gran urbe con su abigarrada acumulación de infraviviendas y luces, permanece como fondo ligeramente desenfocado de la acción que sucede en un plano más cercano, donde se revela la historia y se articula la trama. Este horizonte panorámico y difuso de la colectividad social queda así metafóricamente individualizado en la ventana cercana que abre y acerca al espectador la vida de las dos protagonistas.

Son significativos los tres espacios en que se desarrolla la acción: el interior de la precaria casa de bloques de hormigón, sin agua ni puertas; el exterior de calles y plazas del centro urbano y sus heterogéneas y multitudinarias aglomeraciones; y las empinadas rampas del barrio, un obstáculo más para los mayores y discapacitados.

La luz también configura espacios y aporta significados y connotaciones, pues el día acompaña a los personajes en la gran ciudad que los engulle, mientras la oscuridad de la noche envuelve la desesperanzada pobreza de los marginados. Un simbolismo bastante tópico para un relato sencillo que se cimienta en unos encuadres muy cuidados, resultado de un guión sólido, en el que se nota la supervisión de veteranos expertos como Vicente Leñero y Javier Rebollo.

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Con un ritmo deliberadamente lento, la morosidad parece conferir a la historia una engañosa monotonía en la que parece que ninguna acción sobresale sobre las otras. Lucía Carreras explica los motivos de este estilo, cercano al documental, que parecería más interesado en mostrar que en narrar, ya que lo que se ofrece es una sucesión de escenas, más que de sucesos causales. Este rasgo se asocia al rodaje de algunas secuencias con cámara oculta o al hombro, con la intención de aportar objetividad y verosimilitud al relato.

Pero lo cierto es que el conflicto y los acontecimientos que suscita se muestran sin subrayados ni explicaciones. No se intenta analizar el interior de los personajes sino mostrar sus actos, dejando así al espectador el espacio necesario para que realice su función de intérprete.

El hecho de encadenar los hechos sin disquisiciones psicológicas, podría hacer creer que estamos ante un relato plano, frío y homogéneo, pero no es así, pues el dinamismo narrativo del filme se deriva de una meticulosa planificación, que mantiene en todo momento la tensión dramática en un ámbito emocional sin excesos. Así lo confirma el final abierto de la historia con el plano de la casa vacía como anticipo del término de la proyección, pero no de la conclusión de la narración, que el espectador debe sellar si lo desea.

En el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, la película fue premiada con el Colón de Plata a la mejor dirección y a la mejor actriz, galardón que no tuvo equivalencia en las salas de cine donde pasó desapercibida.

Escribe Gloria Benito

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