Hasta el último hombre (2)

  12 Diciembre 2016

Cantar de gesta contemporáneo

hasta el ultimo hombre 1El género bélico clásico y menos clásico nos ha dejado películas inolvidables, ambientadas en distintas contiendas, épocas y lugares, en todas las cuales se manifiesta esa gran lacra que es la guerra: Senderos de gloria (1957), El puente sobre el río Kwai (1957), El cazador (1978), Apocalypse Now (1979), Los gritos del silencio (1984), La chaqueta metálica (1987), Salvar al soldado Ryan (1998),  En tierra hostil (2008)…  

Dentro de ellas las que tratan el tema de la Segunda Guerra Mundial forman un subgénero aparte y, en ese contexto, las que se centran en el enfrentamiento entre americanos y japoneses otro. Películas como Destino Tokio (1943), Treinta segundos sobre Tokio (1944), Infierno en las nubes (1951), Tora, tora, tora (1970), La batalla de Midway (1976) (*), La delgada línea roja (1998), Pearl Harbor (2001), Banderas de nuestros padres (2006), Cartas desde Iwo Jima (2006)… son algunos desiguales ejemplos, tanto en calidad como intenciones, que contemplan episodios concretos, batallas determinadas, reflexiones antibelicistas… o hazañas personales basadas en hechos más o menos reales.

Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge), la última cinta de Mel Gibson, no es una película estrictamente bélica, aunque empiece y termine en una batalla. Dividida en tres partes, sólo la última podría considerarse así. Si bien todo el metraje anterior está pensado para conducirnos a un contundente final, que representa, con descarnado realismo, tanto la proeza de un hombre singular como el salvaje y terrorífico infierno en que se produce.   

La guerra es horrible, una aberración practicada y justificada por los hombres, con distintos argumentos, ante la que incluso sus más íntegros detractores claudican. Por eso, que un muchacho sencillo, religioso y obstinado de Virginia, Desmond Thomas Doss (1919-2006), desafiara al poderoso estamento militar norteamericano para afirmarse en sus convicciones pacifistas, aún a costa de su integridad física, la mofa de sus compañeros y el descrédito general, es sorprendente. Pero que además pudiera exhibir en el campo de batalla sus valores éticos y morales, demostrar su coraje, llegando a convertirse en un héroe nacional, y sobrevivir, sin coger un arma, es una excepción extraordinaria.

Desmond Doss era un individuo peculiar, adventista convencido y un joven íntegro que había nacido en un pueblo de Virginia en un entorno familiar complicado. Se alistó voluntario en el ejército en 1942 como médico militar pero se negó a matar y a llevar armas. Una postura  que casi le costó un consejo de guerra y que le expulsaran sin honores del ejército, pero resistió y consiguió su propósito.

Armado únicamente con su fe (en la película lleva siempre la Biblia a cuestas), su pacifismo y la profesión médica como vocación consiguió durante la Segunda Guerra Mundial servir a su país y salvar la vida de muchos de sus compañeros, en la batalla de Okinawa, sin derramar una sola gota de sangre. Como premio a su labor fue condecorado en 1945 por el presidente Truman con la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos, siendo el primer objetor de conciencia en conseguirla.

La historia de Doss tenía todos los ingredientes necesarios para ser llevada al cine pero la intención de su protagonista de llevar una vida tranquila y sencilla alejada de la fama ha sido la causa de que sólo poco antes de morir permitiera que su gesta se contara, hace unos años en el documental The Conscientious Objector (2004) y ahora en la ficción.

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Una película de encargo

Como si de un cantar de gesta se tratara, Mel Gibson entona con desigual armonía, pero experimentado oficio, la epopeya real y contemporánea sobre este héroe de carne y hueso anónimo y humilde, que nunca quiso figurar. Gracias al empeño de un productor obstinado (Bill Mechanic) que le propuso el proyecto hasta en tres ocasiones (2002, 2010 y 2014) hasta que aceptó.

A Gibson le gustan las historias intensas, heroicas y cuanto más épicas mejor. A lo largo de su carrera como director se ha atrevido con un héroe medieval, el declive de una civilización y hasta con la mismísima muerte del hijo de Dios. Todos ellos proyectos muy ambiciosos y personales en los que se ha implicado también en otras tareas.

Sorprendió a todos con la coherencia narrativa y el equilibrio entre acción, emoción y  espectáculo (una fórmula que ha seguido aplicando) de la oscarizada Braveheart (1995, que también produjo e interpretó), la historia del héroe independentista escocés Sir William Wallace, rodado a la manera de los grandes clásicos de aventuras de Hollywood pero con el estilo visual descarnado, violento y crudo de Gibson. El mismo que exhibió sin pudor en la controvertida La pasión de Cristo (2004) o en la abrumadora Apocalypto (2006), y que en esta ocasión tampoco escatima.

Hasta el último hombre es una película de encargo y se nota. A pesar de su declarado compromiso con la historia le falta la garra narrativa, el ritmo y la coherencia interna y externa de sus anteriores proyectos.

La película es un extenso flash-back que dura todo el metraje. Nos traslada desde el campo de batalla en el acantilado de Maeda, en Okinawa, en 1945, donde Desmond (Andrew Garfield) es herido y evacuado, a dieciséis años atrás cuando era solo un niño que vivía con sus padres y su hermano en una granja de Lynchburg (Virginia). Su padre Tom (Hugo Weaving), un superviviente de la Primera Guerra Mundial, es un hombre aún traumatizado por la guerra, que no ha superado el horror allí vivido ni la pérdida de sus amigos de la infancia en el frente. Ese dolor ha hecho que su religiosidad se resienta (“Si sobrevives no le darás las gracias a Dios”, le dice a su hijo en cierto momento cuando decide alistarse) convirtiéndole en un detractor acérrimo de la guerra y un alcohólico violento irrecuperable que aterroriza a los suyos siendo un mal ejemplo para sus hijos.

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En ese período y en ese contexto familiar tan especial, un episodio cainita entre los hermanos es el pretexto argumental utilizado por Robert Schenkkan y Andrew Knight (guionistas de la película) para situar el inicio del pacifismo inquebrantable de Desmond y la firmeza de su fe y sus valores.

Una elipsis de quince años hacia delante nos lleva a otro momento clave de su vida: su alistamiento en el ejército, contra la voluntad de su padre y cuando conoce a la que será la mujer de su vida, la enfermera Dorothy Schutte (Teresa Palmer). En este tramo se enamora, se afianzan sus principios y demuestra su perseverancia soportando el escarnio y el acoso al que se ve sometido, durante su entrenamiento militar, para que desista en su empeño.

Hasta este momento la película tiene una realización tópica y típica de melodrama convencional clásico, de tinte psicológico-existencial, con un toque romántico y algo de acción. Música de fondo y hasta algún resquicio de humor. A partir de aquí empieza una película diferente, un fragmento con entidad propia que no encaja en el todo.

El cantar de gesta llega a su apoteosis en este tramo final. La acción nos sitúa en el campo de batalla, al lugar donde Doss realiza su hazaña. Un escenario infernal con una puesta en escena estentórea, en todos los sentidos, que no da tregua al espectador.

Es entonces cuando aflora el auténtico estilo Gibson, una forma visceral propia, narrativa, dramática y técnicamente efectiva, de mostrar la barbarie, pero de una deshumanización abrumadora. Un difícil equilibrio, de confusión de contrarios, entre violencia (forma) y pacifismo (contenido) difícil de digerir, pero milimétricamente calculado para incidir tanto en las retinas como en las conciencias.

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Son escenas sórdidas, salvajes, de una crudeza inusitada —que Gibson acentúa prescindiendo, en lo posible, de los efectos digitales en favor de los especiales para conseguir, incluso, mayor verismo—, en las que se muestra con claridad la verdad de la guerra con un hiperrealismo extremo, casi gore, que de puro exceso trasciende la verdad para adquirir una dimensión morbosamente escópica ajena a la propia realidad.

Una opción tan contradictoria con el espíritu del protagonista como visualmente espectacular y emocionalmente efectiva, porque consigue que o bien odiemos la guerra, más allá de admirar la gesta que intenta reproducir, o quedemos noqueados de pura sobredosis.     

No es la primera vez que vemos este exceso de visceralidad. En el recuerdo, episodios igualmente sobrecogedores como los de la secuencia inicial de Salvar al soldado Ryan, durante el desembarco de Normandía o las matanzas de Soldado azul (1970), durante la guerra de Secesión americana, especialmente la última en el poblado Cheyenne, un pasaje que no existe en la novela original y que el director Ralph Nelson incluyó de motu propio para denunciar la matanza contemporánea de My Lai en la guerra de Vietnam.

Cuando termina el flash-back, el círculo narrativo se cierra. Entonces un epílogo documental nos muestra imágenes del verdadero Desmond Doss y algunos de sus viejos compañeros supervivientes recordando aquella época.

El resultado es una película desigual, entre el homenaje y la denuncia, dividida en tres segmentos vitales y realizada con dos estilos visuales, que aunque intencionados, no se engarzan con demasiada fortuna ni creatividad, quizás por aquello de la confusión de los contrarios, que Gibson, como juglar experimentado que es, entona con personal estilo pero donde se nota que el trovador es otro. 

Escribe Leo Guzmán


Nota

(*) De esta película hay un cortometraje documental de 18 minutos del mismo título dirigido por John Ford en 1942, con imágenes reales de la batalla, que consiguió el Oscar a Mejor documental en 1943.

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